Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 6 3
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Capítulo 6 3

Lina Dimettri

Los días en Amsterdam pasan muy rápido y antes de que me dé cuenta el jueves ya se nos ha echado encima. Falta muy poco para Nochevieja y si me preguntas a mí, es una suerte que caiga en domingo, día de carrera. ¿Qué mejor manera de cerrar el año?

«—No puedes encontrarte mal, ¿sabes? —pregunto a sus labios antes de chocar contra ellos en un puñado de besos rápidos—. Es decir, estoy perfectamente y además soy una campeona.

Alasdair asiente y me estrecha entre sus brazos, y casi me creo que vaya a borrar de su mente todo lo ocurrido en aquel hospital. Pillarle en los baños del restaurante al que hemos ido a comer todos juntos, ha sido una idea de-li-cio-sa. La de arrinconarme en una esquina ha sido toda suya.

—Estoy bien.

—¿De verdad? Porque yo también lo estoy —y no me fío un pelo de que tú me estés engañando y la idea de que te encuentres mal y me lo ocultes es como un puñal oxidado en la garganta.

—De verdad, Dimettri, pero si vuelves a abalanzarte así sobre mí no te soltaré hasta que te tiemblen las piernas».

Ufff, qué calor de repente. *Carraspea*. Como iba diciendo…

Keira y yo nos hemos asegurado de no perdernos en los brazos de los hombres que nos enloquecen y de que Darcy lo pasara muy bien.

Eso se traduce en que la hemos dejado escoger nuestra ropa, que hemos tachado todos los destinos de su lista navideña y, en definitiva, que la hemos convertido en la hija favorita y mimada de dos matrimonios.

Después de lo que ha hecho por nosotras, es lo mínimo.

Hoy nos hemos pasado la mañana haciendo turismo y luego parte de la tarde en Vondelpark, solo volvemos al hotel para adecentarnos y salir a cenar. La de hoy va a ser más temprana que el resto de días porque mañana Alasdair y yo tenemos trabajo, pero a nadie parece molestarle la idea.

¡No me puedo creer que mis amigas vayan a verme correr! Estoy intentando lidiar con el entusiasmo en secreto para no parecer una pringada total, pero estoy muy ilusionada.

Por si fuera poco, mi cabeza no puede parar de recordarme lo que ha pasado esta mañana. La forma en la que mi coach ha decidido despertarme. Llevo anhelando su contacto desde entonces, mojada, incapaz de dejar de sentir el recuerdo de su lengua en lugares muy vulnerables.

No tenía ni idea de que me iban esas cosas, pero dios, ya lo creo que me van.

Aunque, por algún motivo, el resto del día ha estado castigándome con algún que otro beso casto y nada más.

La peor parte ha sido ir a la habitación del hotel a cambiarnos de ropa, empezar a desnudarme para tentarlo y Alasdair yéndose al baño en vez de, no sé, follarme contra la mesita del café con violencia.

Me tiene muy mal acostumbrada.

Supongo que unos días me deseará más que otros y no pasa nada.

Llegamos a la recepción antes que nadie y dos aficionados a la F1 nos interceptan. Parecen de mi edad, universitarios

—Venimos a ver la carrera desde Irlanda —dice recolocándose el gorro granate de pescador—. Llevábamos mucho tiempo esperando un buen fichaje por parte de Leik-GP. Tienen suerte de tenerte.

—Nos morimos de ganas de verte correr mañana. Hiciste un gran trabajo en Hungría. —El chico de ojos verdes ladea la cabeza y me mira desde las alturas con mucho interés.

—Sois muy amables. Fue un buen trabajo de equipo —miro a Alasdair, pero ellos no, así que no ven la seriedad de su rostro, ni lo que intimida.

—Eres mi piloto favorita.

—La de ambos —puntualiza el de ojos verdes—. No queremos robarte mucho tiempo, solo idolatrarte unos segundos.

—Sí, no vamos a obligarte a jugar al Mario Kart con nosotros ni nada. Fijo que te lo piden un montón.

El comentario me hace reír y siento la mirada de Alasdair taladrándome la mejilla. Me piden hacernos una foto y estoy a punto de hacérsela a ellos dos, qué toooonta.

Nos despedimos y me quedo con una sensación preciosa en el pecho, como de que el mundo es un lugar bonito o alguna chorrada así. Ni siquiera soy consciente de que Alasdair tira de mí hacia el ascensor hasta que me mete dentro y pulsa el botón de la última planta.

—Perdona si eso ha sido un rollo. Quizá podría ponerme una gorra y tratar de no…

Sus dedos se cuelan más allá de mis pantalones y mi ropa interior. Encuentra mi centro y me los mete sin la más mínima piedad. Llevo todo el día empapada y lista para él, así que resbalan sin freno.

—¿Qué estás…? Dios, Alasdair.

—¿Te ha hecho mucha gracia lo que ha dicho ese tío? —su pulgar se mueve en círculos mientras sus dos dedos entran y salen de mí.

Se aleja al tiempo que las puertas se abren en la última planta y entonces pulsa el botón de recepción. Sé que se me saldrá el corazón por la boca si intento decir algo.

—Bien, ¿por dónde íbamos? —se cierne hacia mí cuando las puertas se cierran.

Antes de que pueda contestar me mete la lengua hasta la campanilla y retoma sus deseos de masturbarme en el puto ascensor. Sus dedos entran y salen de mí con más rapidez. Los curva y empiezan a temblarme las piernas.

He perdido totalmente la cabeza porque busco su cinturón pese a que solo quedan ocho plantas. Siete.

—¿Crees que podríamos…? —miro su erección y parece que le arranco diez años de vida del cuerpo.

Alasdair aprisiona mi mano contra la pared del ascensor con la única que tiene libre y se mete todavía más dentro de mí. aún más profundo. Grito. Me empapo en un fuego ardiente que sale de dentro y me quema.

—Juraría que te he oído reírte tres veces —me mete un tercer dedo y rozo el cielo.

Empiezo a correrme. Es como una avalancha. Empieza despacio y luego es puro caos descontrolado. Siento cómo le empapo los dedos mientras me besa de la forma más obscena que puede.

Mi orgasmo se alarga como un chicle. Alasdair sale de mí tres siglos antes de que yo quiera que lo haga, pero presiona mi clítoris con fuerza y siento que me corro otra vez.

Quizá no he dejado de hacerlo en ningún momento.

La pura verdad es que no entiendo del todo a mi cuerpo desde que estoy con él.

Separa las manos de mí lo mínimo.

—No tenemos tiempo para más —dice jadeante antes de robarme un beso rápido con la boca bien abierta.

Las puertas del ascensor se abren y mientras me cubre con todo su cuerpo, se dedica a lamer sus dedos hasta dejarlos limpios. No ayuda mucho a que recupere el aliento, que digamos.

—Ahora vas a salir ahí y fingir que aquí no ha pasado nada.

—¿Cómo…? ¿Cómo voy a hacer eso? ¿Por quién me tomas?

—Por una campeona —se inclina y me besa la mejilla. Me da la vuelta y me pone delante suyo para ocultar la tremenda tienda de campaña en sus pantalones—. Camina.

—Se me ha olvidado cómo se hace.

Puedo ver su irritante sonrisa sin necesidad de verle la cara. La siento muy adentro. Y también siento otras cosas.

—Darcy se va a dar cuenta. Dios, y Keira. Me conocen —digo tapándome la boca con la mano.

Nuestros amigos han debido bajar por el ascensor del otro extremo de la recepción porque ya están ahí.

Alasdair tira de mí. Se apoya en una pared como si fuéramos nosotros los que están esperando y de paso, me pega contra su pecho.

—¿Tenemos que fingir que no les hemos visto? ¿Que estamos esperando?

—Deja de jadear.

—Hace tres segundos que me has…

—Llevas todo el día volviéndome loco.

Esa confesión es lo que le faltaba ya a mis pulmones, vamos.

—¿Por eso estabas tan distante? —Sonrío—. Qué tierno.

—Deja de hablar.

—Deja de darme órdenes. —Muevo el culo hacia atrás y gruñe cuando me rozo contra su erección. Le miro por encima del hombro—. Te recuerdo que no estamos en Leik-GP y que ahora eres tú el que me necesita a mí.

Su mirada arde con sed de venganza y creo que me voy a arrepentir de haber dicho eso.

—¡Ahí estáis! —Darcy llega trotando y está tan guapa que tengo que tomarme un momento para apreciar el mono turquesa de pelo y las botas brillantes que se ha puesto.

Parece una Monster High, una Bratz y un Labubu, con lo mejor de los tres mundos. Estoy segura de que sabe que es la tía más alucinante que hay.

—Darcy, eres empática, inteligente y comprensiva, pero una parte de mí considera un desperdicio que seas psicóloga.

—El mundo no está preparado para asumir tanta belleza, es mejor así. Bonito colorete, por cierto —desvía la mirada hacia arriba, muy arriba—. Aunque este no pienso pedirte que me lo prestes.

Me atraganto con mi propia saliva y los dedos del culpable se clavan en mis brazos. Alasdair me ha dejado hecha un desastre, así que busco una excusa para subir arriba.

—Ten-tengo que ir un segundo a mi habitación —comento cuando Keira y Alek Sant Delphi llegan hasta nosotros—. Me he dejado el móvil.

—No necesitas el móvil —dice el hombre a mi espalda propinándome un beso en la mejilla antes de salir de detrás de mí y entrelazar su mano con la mía con fuerza—. ¿Nos vamos a cenar?

—Eh, sí lo necesito —gruño por lo bajo cuando el resto echan a andar.

Alasdair frena nuestros pasos, me coge la cara con ambas manos y se inclina hacia mí para decir en un tono de voz que solo yo escucho:

—Quiero saber que tu entrepierna está llorando por mí, ¿puedes hacerme ese favor?

No me muevo ni un milímetro.

—¿Y p-por qué iba a hacer eso?

—Porque tú más que nadie, Lina, sabes que un duro trabajo trae consigo una gran recompensa.

Todas las posibilidades de «recompensa» llueven sobre mi cabeza.

Soy fácil de convencer. Demasiado fácil.