Capítulo 6 2
Lina Dimettri
Lunes, las doce de la mañana del día de Navidad.
Tengo un sueño algo peculiar. En este, me encuentro en una habitación similar a la del hotel en el que me acosté, con la diferencia de que esta cama no está formada de tres unidas.
Es una única, redonda y grande. Y unos dedos largos y hábiles rozan la curva de mis pechos y me endurecen aún más los pezones.
Alasdair.
Mis hormonas están tan perdidas en él que siento el sabor de su lengua en mi boca incluso en sueños. Sus manos acarician mis curvas, me queman y me hacen retorcerme como una lagartija sedienta de más.
Las cortinas están echadas, así que la habitación está bastante a oscuras, pero no tanto como para no permitirme ver las indecentes hendiduras junto a sus caderas. *Gracias pantalones caídos*. Tampoco las dunas de sus abdominales marcados.
Eres el hombre más guapo con el que he soñado nunca.
—Gracias.
Doy un respingo. Lo he dicho en voz alta. Y él lo ha oído.
Alzo la vista para encontrarme con unos ojos azules profundos como un abismo y brillantes como diamantes de nieve. El corazón se me encoge dentro del pecho.
—Dios mío, este sueño es muy realista.
Me muerde el labio con la fuerza justa como para que grite y me dé cuenta.
—¿Estás aquí de verdad? —jadeo—. ¡No puede ser!
—Darcy me dijo que viniera. Y que trajera conmigo a Sant Delphi. Está ahora con Keira.
—Dios santísimo. Es la mejor amiga del mundo.
Y tú… tú has volado hasta aquí. Por mí. Para verme.
Me lanzo a sus brazos y Alasdair suelta una risa grave y melodiosa cuando pierde el equilibrio y cae sobre la cama. Míomíomíomío. Ruedo sobre él. Alasdair me estrecha entre sus brazos afianzándome en su regazo, oliéndome el pelo y besándome el cuello.
—Tenía tantas ganas de verte, joder —gruñe—. Ni veinticuatro horas aguanto. Estoy enfermo.
Mi corazón se salta un latido y sonrío como una idiota porque yo siento lo mismo. Le deseo tanto que me cuesta hasta mirarle, como si temiera que fuera a ver a través de mis emociones. Es tan intimidante. Me coge de la mejilla con firmeza y me obliga a hacerlo.
—Me da que yo estoy contagiada de lo mismo.
Nos besamos como si lleváramos un mes muriéndonos de frustración sexual reprimida.
—Pensaba que los regalos estaban prohibidos, así que iba a esperar hasta tu cumpleaños.
Al principio no entiendo lo que dice. Estoy atontada por el efecto que causa en mí. Entonces noto algo en mi muñeca. Bajo la vista y veo la pulsera de plata con un casco de F1 en miniatura en el que se puede leer «mi P1».
—Alasdair…
—La he hecho yo.
—Cállate —gimo.
Me ha hecho una pulsera. Él. A mí. Mi corazón entra en un cortocircuito peligroso. Él sonríe mientras a mí se me llenan los ojos de lágrimas.
—¿Quieres que te la ponga?
—Por favor —pido con la voz estrangulada, pensando en que no pienso quitármela por nada.
Le ataco a besos. Es la única manera de explicar la forma en que me muevo encima suyo. Meto la mano entre nosotros y acaricio su erección guiada por el deseo de tenerle.
Me aparto de él lo justo y me arrodillo en el suelo, apartando su pantalón de mi camino.
—¿Qué estás haciendo, cerebrito? —su voz es tan áspera y grave que me eriza toda la piel.
—Celebrando tu visita. Eso hago —libero su polla y, despacio, recorro el glande con la lengua.
Cojo su gruesa erección con una mano y la acaricio repetidas veces hasta la base. Le succiono hasta que gime y está a punto, sin llegar a darle lo que anhela de mi boca.
—Dios, Lina. —Recoge todo mi pelo en su puño para quitarlo de en medio.
—Haces que quiera portarme muy mal solo para que puedas torturarme.
—¿Quieres que te castigue? ¿Que te convierta en una buena chica?
Asiento y él me desviste con la boca. El dominio de la situación cambia de manos bastante rápido.
Mi pijama acaba en el suelo y yo apoyada sobre mis rodillas, con la cara hundida en la almohada y el culo demasiado expuesto. Siento su aliento en el clítoris y tiemblo de pies a cabeza.
—Dios, qué mojada estás ya. ¿Me dejarías despertarte así?
Antes de que conteste Alasdair me succiona, comiéndome como se le antoja. La idea me deja ardiendo y su lengua me pone los ojos del revés.
Me aferro a lo que puedo, a la vida, a mi llanto suplicante de más mientras su lengua se cuela en mi coño sin piedad. Entonces se aleja y chista la lengua.
—Te he hecho una pregunta, ¿o no? —me propina un mordisquito en uno de mis labios, cuando estoy palpitando tan rápido que estoy segura de que voy a correrme ya.
—S-sí —gimo mientras acerca su polla a mí, se roza con mis piernas y mis glúteos.
—¿Sí qué? —Su punta húmeda recorre mis muslos, se roza contra mí dándose placer y de paso, torturándome.
No importa las veces que lo haya tenido dentro. Se me encoge el estómago de la impresión solo de verlo, cada vez.
—Quiero que me despiertes así. —Muevo las caderas para intentar, no lo sé, tentarlo—. Por favor, Alasdair…
Me premia con una embestida. Es lenta, tanto que grito, pero es certera. Me penetra un poco más, me usa como quiere.
Centímetros y centímetros de gruesa y larga tortura. Qué bien lo hace el muy insoportable.
Me quedo sin respiración cuando tira de mí hacia él hasta que me yergue. Y esto sin salir de mí. Gruñe en mi oído mientras el escaso espacio en mi interior que había para él se reduce todavía más y mi clítoris tiembla sin control.
—Más… más —gimo mientras sus embestidas se vuelven más rápidas.
Su mano se cruza por mi vientre y sus dedos alcanzan uno de mis pezones, volcando más litros de cálido placer en mis venas. Con la siguiente embestida no puedo hacer otra cosa que romperme. Me desmonto en sus brazos. Tiemblo mientras me sostiene y no quiero que pare. Nunca.
—Eso es, empápame la polla, cariño. Qué puto regalo de Navidad.
DIOS.
Las sensaciones explotan en todas direcciones y dejo de ser persona. Soy un amasijo de placer, humedad y satisfacción. Lo único en lo que puedo pensar es en que le quiero, el resto de mi mente es un lienzo en blanco.
Cuando recupero el aliento, está todavía más duro dentro de mí y la siguiente embestida la noto en el ombligo, en cielo de la boca, en la puta alma. Me hace un chupetón en el cuello, marcándome como quiere. Me folla como si me odiara, y no podría gustarme más.
—No íbamos a vernos en unos cuantos días. ¿Pensabas tocarte pensando en mí?
—Es lo único que me hace soportar no tenerte cerca.
Gruñe y yo inclino el cuello para darle mejor acceso, pero la tentación de su boca es demasiado grande y acabamos compartiendo un beso apasionado.
—Quiero verlo.
—¿A-ahora?
—La próxima vez que lo hagas —me acaricia el clítoris pasando una mano por mi vientre—. Quiero que lo grabes y me lo envíes.
Nunca he hecho eso, pero no tengo oportunidad de comentarlo. Su polla entra hasta la base y estoy bastante segura de que he perdido la cabeza.
—Agárrate al cabecero.
Obedezco sin dudar. Me alza las caderas, me separa las piernas y se cierne sobre mí.
El nuevo ángulo le hace algo raro a mi coño, algo que provoca que cada vez que se desliza a través de mis pliegues y se entierra con la rabia con la que yo conduzco, mis sentidos tiemblan y veo lucecitas por todas partes.
Qué santa barbaridad. En algún momento el sexo debería volverse aburridísimo.
En algún momento esta burbuja estallará.
¿…Verdad?
Debería haberlo pensado mejor antes de ceder a mis impulsos. Habérmelo pensado mejor antes de ser valiente. Ser solo Lina otra vez, cuando él se canse de mí, va a doler horrores.