Capítulo 5 9
Lina Dimettri
Entro en el salón y veo a Alasdair hablando con Brutus de espaldas a la puerta.
En cuanto lo hago, todo el equipo dirige sus ojos hacia mí a la vez y me mira como si fuera la mismísima Galadriel entrando en el salón comedor. Como si hubiera vuelto de entre los muertos. O como si fuera su artista Kpop favorita y hubiera hecho el mejor comeback de la historia.
Me vuelvo a poner roja. Vaya mañanita.
—¿Cómo te encuentras? —Loïuan se levanta de su asiento y se me acerca a toda prisa con un trozo de pan con mantequilla en la mano.
Un par más del equipo de boxes, con quien no creía tener tanta afinidad, también vienen corriendo con consternación en los ojos. Y George. Y JJ, por supuesto. Digamos que hay mucha gente de pie.
—Estoy bien.
No los tranquiliza.
—No tenía ni idea de que pasabas por eso.
—Pobrecita.
—¿Te hicieron muchas pruebas ayer?
—Dicen que te pasa a menudo, ¿cada cuanto, Lina?
—No debiste sufrirlo sola.
—¿Es muy doloroso?
Pronto, tanto interés y las preguntas que no tengo oportunidad de contestar, empiezan a ser un poco abrumadoras.
—¿Y si dejamos que coma, chicos? —propone George regalándome una cálida sonrisa.
De todas las cosas que me dicen con la que me quedo es la Brutus. En un tono solo para mí, me pone la mano en el hombro y me suelta que la cicatriz que tengo en el lateral de la pierna derecha se parece a Italia y que debió salirme por genética.
Quiero mucho a esta gente.
El hotel es un bufet libre del tipo todo-me-apetece-que-pena-que-mi-estómago-no-sea-el-de-un-elefante, versión húngara.
Me acerco a Alasdair con disimulo. Está paseándose frente a las bandejas de comida.
En cuanto llego con un plato vacío, se dedica a llenármelo con fruta sin miramientos.
Voy a quejarme de su invasión platil, pero me ha puesto piña y fresa, que da la casualidad que son mis frutas favoritas.
—¿Y si decimos que salimos juntos? —susurro.
—No —responde con rotundidad alejándose de mí.
Le persigo como una stalker y llegamos a la zona de café.
—No me gusta la unilateralidad de tu tono.
—No voy a hacerte eso, Lina. Esa conversación no está abierta a debate.
—Todo está abierto a debate.
—De eso nada. Esto es una dictadura.
—Sí, pero creía que era mi dictadura.
Me mira. Hace eso de pasarse la lengua por el interior de la boca intentando no sonreír. Y luego se larga de vuelta a la mesa, no sin antes mencionar algo sobre unas tortitas altas en proteína.
Es un monstruo.
Horas después, cuando me acerco al monoplaza, le rezo a todo lo que existe. Lo acaricio con mimo mientras JJ pasea el volante por el box y agradezco a quien escuche de poder correr una carrera más.
—¿Estás bien? —pregunta Alasdair en tono neutro.
Me preocupan sus ojeras, lo tenso que está y lo que pueda pasarle mañana cuando nos separemos. De repente, irme a Países Bajos con mis amigas me parece muy egoísta, sobre todo sabiendo el empeño que tiene su cuerpo en llevarse las cosas a lo personal. ¿Se encontrará mal cuando me vaya?
—Preocupada por ti.
—Me refería a tu cabeza.
—Sé a lo que te referías.
Me mira dejándome claro que si estuviéramos solos ya me habría puesto contra la pared. Ojalá estuviéramos solos.
—El jefe está preocupado —dice Loïuan por lo bajo pasando de largo, recordándonos sin querer lo muy acompañados que estamos.
—Mi cabeza está genial.
—¿Me lo prometes?
—Sí. No me duele nada salvo el oído después de hablar con Ferrinol. La tía grita mucho cuando insulta —sonrío y él también curva la comisura de los labios sin poder evitarlo.
De verdad, de verdad, que me gustaría mucho besarle.
—Me alegra. Yo también estoy bien.
—Más te vale, te necesito entero para que me vigiles. Y luego para que me entrenes. Puedes dejar lo de ponerte enfermo para cuando termine la temporada —ya me buscaré otra excusa llegado el momento.
Sus ojos brillan y menos mal, lo echaba de menos.
—Me ha faltado tiempo en el paddock.
Se me corta la respiración.
«—¿Y qué pasa cuando te eche de menos? —pregunto.
Alasdair se gira despacio hacia mí en la ducha y casi suelto un “lo retiro” cobardica.
—¿Cuando me eches de menos? —se acerca a mí y me acaricia con mimo mientras el agua nos cae encima—. ¿Vas a tener tiempo?
—Me refiero a cuando estemos en público y deseemos no estarlo.
Alasdair levanta las cejas y yo me muero un poquito más.
¿POR QUÉ LO HE INCLUIDO EN ESA FRASE, JODER?
—No digo que tú desees…
Me interrumpe con un beso y, dios, no es un beso cualquiera. Es una sentencia. A mí ya no me puede salvar nadie.
—Cuando me muera de ganas de arrinconarte… —susurra y se inclina hacia mí oído mientras se roza contra mí—, besarte o tenerte así… Te diré que me ha faltado tiempo en el paddock».
—¿Cómo dices? No te he escuchado bien.
—He dicho que me ha faltado tiempo en el paddock.
—Sí, a mí también mucho —admito con el corazón galopando a toda velocidad mientras me pongo los auriculares de la radio y el casco, como si nada.
—Ten cuidado, Dimettri. —Es lo último que dice antes de marcharse a la pit wall.
Siempre.