Capítulo 5 7
Lina Dimettri
Lo primero que siento al abrir los ojos es que me han dado una soberana paliza. Entonces lo recuerdo. Mi episodio, las cámaras, el equipo descompuesto y sin saber qué hacer, el hospital, Alasdair con ganas de romperle la cara a los médicos y sobre todo a Lucian, las pruebas… dios, las pruebas.
Sacudo la cabeza intentando alejarlas de mi recuerdo. Alzo la barbilla y veo al hombre que me estrecha entre sus bonitos y musculosos brazos de Sr Montaña. Se me curva la sonrisa sola. Me subo sobre su pecho y empiezo a repartir besos por su mandíbula.
Debe estar en mitad de un sueño profundo, porque no se despierta. Solo me acaricia la curva del culo, algo que tengo comprobado que puede hacer en sueños. Su erección se endurece un poco más y mi sexo se humedece, salivando por tenerle.
Entonces lo recuerdo.
«—Eres mi sueño. Eres más de lo que podría desear y aun así estás aquí… No… No me creo que sea yo la que puede tenerte. Tú, Koven Alasdair… —cierro los ojos perdiéndole el pulso al cansancio—, eres mi maldita pole position».
OH DIOS MÍO.
¿YO DIJE ESO?
¡¡¡Seré bocazas!!!
Un segundo. El cerebro me pica con algo más. Algo borroso.
«—Si yo fuera piloto, no correría para ganar carreras. Lo haría para llegar hasta donde estés tú. —Siento sus labios en mi frente, tan suaves que el beso apenas existe—. Te quiero, Lina».
Dejo de tener pulso. Oxígeno. Mis neuronas dejan de funcionar. Litros y litros de adrenalina se vierten en mis venas.
Entonces Alasdair abre los ojos.
Frunce el ceño al ver mi cara de pánico.
—¿Qué?
—Nada, el desayuno. Deberíamos ir antes de que se acabe. El hotel tiene horarios. Voy a quitarme de encima —digo a la carrera, en tono agudo y estrangulado.
Su mano no abandona mi culo, pero su otro brazo rodea mi espalda antes de que pueda darme a la fuga. No me aprieta, es una jaula la mar de delicada.
—Primero déjame asegurarme de que, tal y como creo, no te encuentras mal.
—Estoy bien.
—Eso no puede ser verdad después de lo de ayer.
—Estoy cansada, un poco dolorida, pero con un buen desayuno estaré bien. ¿Me sueltas ya?
—¿Puedes darme un segundo? —pregunta y antes de que pueda responderle su mano llega hasta mi pelo y acomoda mi cara contra su cuello, abrazándome con todo su cuerpo—. Repíteme eso de que estás bien.
—Repíteme tú eso de que me quieres.
Al principio ninguno de los dos se mueve. O respira.
Alasdair se mueve hasta que estamos cara a cara.
Me mira… no como si se arrepintiera o entrara en pánico, *dos reacciones la mar de válidas tras haber dicho algo en la vulnerabilidad del momento* .
Él sonríe de lado y le brillan los ojos.
La emoción y el miedo zumban por mis venas como una carrera a trescientos cuarenta, con pista mojada y neumáticos lisos.
La muerte está asegurada.
—Mírate, tan asustada. Qué preciosidad —me acerca a su boca y solo puedo rendirme a su beso.
Llegados a este punto, su erección es dolorosamente evidente y yo ya he dejado claro que quiero desayunar. Me rozo contra él ignorando las punzadas de dolor al hacer ciertos movimientos. El placer es mucho mayor a cualquier otra cosa.
—Lina, no puedo follarte bien después de lo de ayer. Dame un par de días.
—Te doy un par de minutos. —Esperaba que su risa reverberara por mi cuerpo, pero ni siquiera sonríe—. Lo siento. Y siento haberte pedido que te marcharas.
Me aparta el pelo de la cara y me mira de tal forma que las mariposas de mi pecho y mi estómago salen escopeteadas al resto de mi cuerpo. Me duele el corazón de lo mucho que…
—Tranquila, no pasa nada —dice y no parece que se refiera a lo de ayer.
Más bien a lo que no soy capaz de decir.
Nos levanta con cuidado y me besa el hombro antes de depositarme a su lado en la cama. Una vez más, está sin camiseta y no puedo sino admirar el regalo para la vista que son sus muchísimos músculos.
Alguien que ame el arte debería pintarle un cuadro a las venas que se marcan en sus bíceps. Es lo mínimo. Quiero meterme bajo su piel y quedarme ahí debajo, protegida.
Busca su camiseta, pero no la encuentra. Al parecer, se la ha quitado en mitad de la noche y a diferencia de mi ropa, no estaba colocada con mimo en la silla, sino en el suelo.
—Nunca me has hablado de tus padres. Tú sabes la historia de los míos. —Me abrazo las rodillas con tal de no abalanzarme sobre él, dudando si habré sido tan sumamente pesada con el romance de mis padres como imagino—. No me parece justo.
Sé que su madre fue una gran coach, que le enseñó desde pequeño todo cuanto hay que saber y que por eso es tan alucinante. Pero no sé nada de ellos en lo personal.
—Eran muy cariñosos. Puntuales hasta lo odioso. Creían férreamente en ser responsables de sus actos. Y también eran abiertos de mente. Les parecía que ir a terapia era algo que la mayoría de gente normal debería hacer.
—Hablas de ellos en pasado. —Me acerco a él, como un perrito dispuesto a suplicar a su dueño que no se vaya al trabajo todavía.
—Eran mayores cuando me tuvieron. Mi madre falleció hace seis años, mi padre hace cinco.
No lo sabía. ¿Cómo pude no enterarme de lo de su madre? Era alguien importante en la F1. Se me abren grietas nuevas en el corazón.
Un segundo, eso significa que cuando ocurrió lo de Marcus hace cuatro, Alasdair ya era huérfano.
—Voy a irme primero, ¿vale? —pregunta—. Te esperaré abajo frente a la sala del desayuno. Así nadie sabrá que he dormido aquí.
—Alasdair.
—¿Sí?
—Te quiero.
Se le hincha el pecho con una inhalación que no exhala. Se acerca despacio y su mirada es de-mo-le-do-ra.
—Repítelo —la palabra intenta ser una orden, pero viene vestida de preciosa vulnerabilidad.
—Venga ya, «eres mi maldita pole position» no es como que deje mucho a la imaginación. Ya revelé mis cartas —resoplo, roja como un tomate anhelando su contacto hasta que sus manos me encuentran.
—Por favor —pide.
Exhalo, derrotada y con el corazón en la garganta.
—Te quiero, Alasdair.
Traga saliva con dificultad y sus dedos llegan a mi cintura, apretando para asegurarse de que estoy aquí, pero no tanto como lo harían si ayer no hubiera existido.
—¿Vas a decir algo?
—No.
—¿Por qué no? —inquiero.
—Podría asustarte.
Joder. Mi cara alcanza nuevos niveles de color. Me muerdo el labio con fuerza.
—Prueba.
—Cásate conmigo.
—Estaba hablando en serio —resoplo.
Me mantiene la mirada un segundo. Y otro. Y otro más.
Empiezo a quedarme blanca y él sonríe. Me besa la frente y luego los labios, pero apenas respondo. Se marcha de la habitación y yo me quedo ahí, en el mismo sitio. En shock.
—No acaba de proponerme matrimonio, ¿verdad?