Capítulo 5 2
Lina Dimettri
La espalda de Alasdair es una cordillera. Músculos y más músculos. Anchos y kilométricos. Unos deliciosos que quiero recorrer con la lengua.
Las luces del pasillo son tenues y todo está en silencio, pero mi corazón late tan fuerte que va a despertar hasta el último de los huéspedes. Y no es lo único que me palpita. «Podría follarte en el suelo si me lo pides». Santo dios.
Sé que ha estado conteniéndose conmigo cuando me enjaula contra la pared de la habitación y empieza a follarme sin que mis pies toquen siquiera el puto suelo. Libera su erección y me tortura con ella.
Está fuera de sí. Su polla encuentra nuevas formas de llevarme al cielo. Entra en mí guiado por su instinto animal y lo hace de una sola sentada. Toda de golpe. El grito me raspa la garganta.
—¿Bien? —gruñe en mi boca.
—M-más —es lo único que consigo gemir antes de que salga de mí y vuelva a embestirme haciendo que me tiemble hasta el corazón.
Mi coño se amolda a su grosor, a su largura, como puede, pero creo que voy a correrme ya. Empezar a tomar pastillas anticonceptivas ha sido la mejor idea de la historia. No sé si va incluso por delante de la de volver a la F1. Bueno, sí lo sé.
—Quiero sentir cómo te corres dentro de mí.
Cuando le he dicho que podíamos follar sin condón casi se cae al suelo de rodillas, pero la cara que acaba de poner ahora tampoco tiene desperdicio.
Me siento halagada y bien follada, qué puta combinación.
Alasdair gruñe veneraciones salvajes mientras nuestras caderas se mueven en sincronía letal. Le araño el cuero cabelludo mientras me penetra más profundo, más rápido, más fuerte.
—Dios, Lina…
—Me voy a correr.
Casi no termino la frase y ya estoy cayendo por el precipicio.
El muy capullo me da todo cuanto necesito para que el climax dure hasta matarme.
Es tan odioso. Tan insoportable. El orgasmo me deja atontada, pero no lo bastante como para que no sienta el momento exacto en el que se aferra a mí con el alma.
Parece que se le rompen todos los huesos del cuerpo y que eso le encante.
Siento cómo su calidez se derrama en mi interior y algo en mi pecho estalla.
No le he dicho que nunca había hecho esto con nadie, pero creo que lo sabe.
Después de que Alasdair me folle hasta dejar su huella impresa en mis santas venas, me lleva a la ducha. Es lógico que, cuando me arrodille, crea que es porque mi cuerpo ya no puede más.
—Estoy donde quiero estar —digo cogiéndole la polla a punto de demostrárselo.
Su estómago se pone más duro, igual que su miembro.
—Lina, no tienes por… hostia puta.
El sabor salado de su punta es delicioso y se me endurecen los pezones. Creía que era una burda falacia de los dark romance spicy que he leído y puede que lo sea, puede que el único hombre capaz de gustarme tanto sea él.
Oírlo gruñir es una de las cosas más eróticas del mundo así que empiezo a excitarme… y eso que todavía no lo he llevado al fondo de mi garganta.
Me saco su erección de la boca solo para lamer toda su longitud, ayudarme con las manos, jugar con él mientras el agua caliente de la ducha nos cae encima.
Nunca he tenido mucho interés por las mamadas, pero en esta no podría tenerlo más. He leído que si succionas en la parte inferior del miembro…
—Hostia puta —el sonido gutural que sale de Koven hace que mi clítoris hinchado y sensible palpite sin control.
Hay tanto que quiero hacerle con las manos, con la lengua, la boca, los pechos… No va a dar tiempo a todo. Alasdair se aferra a mi pelo y las caderas empiezan a movérsele solas.
—Qué puta barbaridad, cariño. Eres increíble. Dios.
Una ristra de sonidos de placer incontrolables salen de mí al tiempo que se me llenan los ojos de lágrimas y un ardor aparece en mi garganta. Me encanta que me halague. Me vuelve loca complacerle.
Sus embestidas se vuelven torpes, descontroladas, y palpito con fuerza. Me froto con mis propias piernas perdiendo la cabeza. El orgasmo burbujea a mi alrededor y ni siquiera me estoy tocando.
Tenso las mejillas generando un vacío alrededor de su miembro y sus dedos tiran aún más de mi pelo. Me encanta. Quiero que me use a su gusto. Quiero que siga diciendo lo preciosa que soy incluso cuando apenas puede respirar.
Succiono con fuerza sin darle alternativa. Alasdair se desmonta, me da todo el control de la situación y se pierde hasta correrse. Su orgasmo es como un huracán, pasa a través de mí mientras me llena la boca.
Cuando se aleja me mira con los ojos brillantes. El calor de la ducha no es lo que empaña las paredes, sino nosotros. Siento la piel ardiendo cual lava volcánica.
—Enséñamelo —pide acariciando mi mejilla con posesividad y cariño.
No opongo resistencia, ¿por qué iba a hacerlo? Sus ojos resplandecen con una oscuridad demoledora que me habría dejado de rodillas si no lo estuviera ya.
—Trágatelo.
Cierro la boca y lo hago. Parece que está a punto de correrse otra vez. Se le hunde el pecho como si le hubieran dado un puñetazo y se le tensan los abdominales. Recorro mis labios con la lengua para no desperdiciar ni una sola gota.
—Eres increíble.
—¿Te ha gustado? Puedo probar otra vez. En unos minutos —sonrío de lado echándole un vistazo.
Me levanta y entierra la boca en la mía.
—¿Qué voy a hacer contigo? —pregunta con las mejillas coloradas mirándome con pura devoción—. No vas a dejar nada de mí.
—¿Qué quieres decir?
Me coge de la cara con determinación y me aplasta contra los azulejos húmedos del baño.
—No vamos a fingir que no sabes que me tienes comiendo de la palma de tu mano, Dimettri —baja por mi cuerpo, me abre y se mete entre mis piernas.
—¿De… de mi mano? Quizá de otras partes de mi cuerpo sí —me burlo y él me propina un mordisquito en la cara interior del muslo.
Me faltaba tan poco para correrme que apenas tiene tiempo de atacarme el clítoris antes de que me rompa en mil pedazos como putos fuegos artificiales.
Al salir de la ducha, lo hago en sus brazos y las palabras «mi campeona» rozándose contra mi sien.
Definitivamente, hoy ha sido un gran día.
Varias semanas después…