Capítulo 4 8
Koven Alasdair
Todo ocurre muy deprisa, en la primera vuelta. El piloto japonés Tonoke Izumiya choca contra ella. Él sale airoso. Lina reacciona rápido y no pierde apenas segundos en redirigirse.
O en intentarlo.
El coche queda destrozado. Lina pierde la quinta posición que consiguió ayer en la clasificación. Uno a uno, todos los coches la adelantan y la dejan atrás. El pit wall se queda en silencio bañado en incredulidad. El director de Leik-GP que aún no se había ido al paddock es quien toma el relevo.
—Se acabó, Lina, ven a boxes. —Lucian se revuelve, paladeando la derrota, firmando la sentencia de todos.
Noto el corazón latiéndome en las sienes. El sudor frío en la espalda.
—¿Se…? ¿Se acabó? ¿Q-qué quiere decir que se acabó? No.
—La carrera ha acabado para ti. Ven a boxes.
—No, no, no. Lucian —La voz de Lina suena tomada a través de la radio, rota—. La carrera acaba de empezar. Ha sido la primera vuelta.
Las imágenes que nos llegan son descorazonadoras.
—Tienes el coche destrozado.
—No, solo el alerón delantero y una… una de las dos ruedas delanteras, ¡pero se puede arreglar!
—Lina, ven a boxes —repite.
—Voy, pero no tires la toalla todavía. Dios, ¡solo es el principio, Lucian! Tenemos que arreglarlo, ¡la carrera es muy larga! —grita con angustia.
El F1 de Lina se mueve jodidamente despacio, perdiendo más y más segundos. Es como ver a un pirata perdiendo el tesoro que ha buscado toda su vida. Moneda a moneda. Lenta, pero inexorablemente.
Me bajo del asiento en el pit wall y busco a Lucian.
—Quiere correr. Déjala.
—¡Por favor, Lucian! —la voz de Lina me sacude el corazón—. Puedo hacerlo, ¡estoy preparada! ¡Déjame demostrártelo!
—Es solo la primera vuelta, jefe —dice JJ, fuera de la radio, igual que yo.
—El coche podría dar la talla —se suma Brutus.
—Mikel ganará puntos por los dos, va sexto —dice Lucian en tono comprensivo—. Estas cosas pasan.
Mientras tanto, Lina, que no oye nada, sigue suplicando con impotencia y rabia.
—¿Me has traído aquí para ignorar mis putas sugerencias? —gruño apretando los puños.
—¿Has visto el coche? ¿Lo has visto? ¿Qué mierda quieres que haga cuando casi va una vuelta por detrás de todos los demás?
—La conozco mejor que tú. Si ella dice que puede correr, es que puede correr.
La mirada de odio de Hendrix es desmedida, no le gusta que lo rete delante del equipo. Su ego no podría sudármela más.
Y estoy a punto de convencerlo a puñetazos.
—Lina, ten cuidado y no mates a nadie cuando entres a boxes —le dice.
—Déjame correr, por favor, no hemos perdido la carrera. ¡Por favor, Lucian!
—Sí, vale. George haz lo que puedas con ella.
—¡Todos en posición! —George moviliza al equipo de mecánicos más rápido que nunca y están listos cuando Lina llega. Me va el corazón a mil. La parada en boxes dura veinte agónicos segundos. Una puta eternidad, pero ella sale disparada como un cohete. Un misil que sabe muy bien a dónde se dirige.
—Gracias, ¡gracias! Os quiero. No os voy a decepcionar, lo juro. ¡Gracias!