Capítulo 4 7
Lina Dimettri
Domingo, día de la carrera.
En cuanto me separo de Alasdair tempranísimo, me vibra el móvil.
Keira L. Sant Delphi
Keira L. Sant Delphi
Hola, soy Keira, la chica de North Star, espero que no te moleste que te escriba.
Solo quería desearte suerte.
Nada, me da que por mucho que intente evitarlo, esta chica va a robarme el corazón.
Lo mejor será dejar de resistirse, ¿no?
Lina Dimettri
Muchas gracias, Keira.
Darcy me dio tu número hace tiempo.
Quería escribirte pero me daba corte.
Sé que te quiere mucho y no quiero cagarla contigo.
Si te soy sincera, no soy muy experta en esto de tener amigas.
Keira L. Sant Delphi
Tranquila!!! Yo tampoco.
Darcy es la única que sabe.
Pero no pasa nada, como en el deporte, todo es prueba y error, ¿no?
¿La asustaría si le dijera que ya la quiero?
Supongo que sí.
Lina Dimettri
Es una buena manera de verlo, sí.
Cómo estás?
Keira L. Sant Delphi
Muy bien!!!
Dime, ¿te gusta la vainilla?
Digamos que la nerviosa y rara conversación con mi nueva amiga, es el último gramo de buena suerte que tengo el resto de la mañana.
A la sesión de telemetría, *nuestra* tradición del día de la carrera vienen Lucian y Brutus por un tema del coche y unas mejoras que están estudiando para que vaya todavía más rápida.
Me quieren subir en un cohete. Que nadie me malinterprete, por mí genial, pero que me quiten mi tiempo a solas con el demonio tatuado de chupa de cuero ya me gusta un poquito menos.
Por si fuera poco, algunos de los más jovenes del equipo, incluido mi querido Loïuan, se han unido al entreno de esta mañana, temprano. Así que no hemos podido ni darnos un mísero beso desde que hemos salido de la habitación del hotel.
Incluso el tiempo que estamos en el paddock estamos tan rodeados de gente que ni siquiera me ha dirigido una mísera palabra. Las seis horas previas de la carrera hoy se me están haciendo condenadamente eternas.
Es tan distante conmigo cuando estamos en público que si no fuera porque todavía siento el fantasma de sus besos en mi piel creería que me lo he imaginado todo.
Y no es por nada, pero que sea tan atractivo es un fastidio.
Si tuviera la mandíbula menos afilada, oliera como un ser humano y no un anuncio, no estuviera tan guapo cuando se concentra y frunce el ceño…
digamos que las cosas serían más fáciles.
Pero no, el muy cretino tenía que ser el Thor moreno de las motos.
Sé que está cuidando de mí, que es mi reputación la que podría salir más escaldada, pero al final, cuando ya estamos en el box y faltan cuarenta minutos para la carrera, me pongo de morros.
Solo hace falta que nos crucemos tres veces más y que no me mire ninguna de ellas para que pase.
Acabo de enfurruñarme cuando pasa por mi lado y dice «Lina» nada más que eso.
JJ me lanza una mirada de «¿te va a echar bronca antes de la carrera? ¿En serio?», y yo camino enfurruñada hasta la sala donde me espera. Eso sí, arrastrando los pies y cejijunta.
En cuanto la puerta se cierra su cuerpo me aplasta contra la pared. Mi corazón salta de alegría, pero soy una chica dura. Lo cual se traduce en que él me besa, pero se lo pongo difícil porque sigo de morros.
—¿Esto qué es lo que representa? —pregunta y su instinto de supervivencia no debe estar en su mejor momento, porque sonríe que no veas.
Es una sonrisa encantadora, carismática y que me calienta más que el puto sol.
—Vale que no quieras darme un beso de tornillo en medio del box porque las malas lenguas creerían que me he ganado el pan y el hueco haciéndoos ese tipo de trabajillos a ti y a Hendrix, ¿pero tienes que ignorarme hasta el extremo y ser tan frío? Parece que ves a través de mí.
—Sí —me coge de la mejilla con posesividad y me inclina la cabeza para que le mire a los ojos—. Tengo que ser tan frío.
—Pues vale —me pongo más de morros.
—¿No entiendes que no puedo pensar de las ganas que tengo de besarte? ¿Que Brutus me ha pedido si podía traerle una herramienta de la sala de motores y he ido tres veces, y me he vuelto sin nada?
Se me escapa una risita.
—Encima vas y te pones así de guapa.
—Pero si voy c-como siempre.
—Pues eso —junta su frente con la mía y cierra los ojos con fuerza, como si estuviera esperando a que pasara la tormenta.
—Me gusta ver que no soy la única a la que esto le afecta.
Abre los ojos y el azul se ha vuelto aún más claro.
Tira de mí y ocupa una silla solo para sentarme en su regazo.
Pierdo la camiseta y el sujetador, y esta sala ni siquiera tiene pestillo.
Será por eso que su pierna está contra la puerta.
La milagrosa boca de Koven Alasdair acaba rodeándome un pecho.
Le cabe uno entero en la boca y creo que debería empezar a subestimar mi capacidad de estarme calladita.
Me mueve como quiere, me arrastra sobre sí hasta que estoy abierta sobre una de sus piernas. Mi clítoris se roza de lo lindo contra él y más todavía cuando me inclina y me obliga a mecer las caderas.
—No hagas ruido —pide cuando no paro de hacerlo.
—Pues no lo hagas todo tan bien. —Le muerdo el labio inferior con rabia y frustración sexual acumulada, y a él se le dilatan más las pupilas.
Luego su mano llega hasta mi boca y me acalla mientras acelera el ritmo contra su pierna. Abro mucho los ojos demostrando lo que me parece su idea, pero el placer vierte litros de dopamina en mi interior como quien vacía un bidón de gasolina, y lo único que puedo hacer es arder.
Gruñe mi nombre contra mi garganta mientras mi coño palpita contra su pierna como si me tuviera desnuda en sus manos. Estoy a punto y él me suelta porque en el fondo está tan loco como para querer oírme. Busco su boca, pero no está dispuesto a abandonar el pezón que no deja de succionar y yo… yo…
—No puedo más —gimo.
Convulsiono y me corro mientras el orgasmo hace conmigo lo que quiere. Igual que él. Siento un «clic» en el cerebro y dudo si estoy a punto de desmayarme, pero el placer llega a todas partes.
Pasan segundos, minutos, puede que años, yo qué sé. ¿Dónde estoy? ¿Cómo me llamo? ¿Cuántas capas tiene nuestra atmósfera?
—Alasdair —jadeo en su oído cuando recupero la respiración. La bestia que tengo amarrada al cuerpo no parece dispuesta a soltarme—. ¿Puedo devolverte el favor? ¿Por qué no te pones contra la puerta y me metes la polla en la boca de una vez?
Llevo semanas muriéndome de ganas. Años. Me coge del pelo y me da un tirón que me eriza las terminaciones nerviosas.
—No te lo mereces.
—¿Per-perdón?
—Que nos pillen, no te lo mereces. Nos oirían seguro.
Seguro, sí. ¿Pero es una mala idea? Mi cerebro habla tan bajito ahora mismo que apenas le oigo.
—Lina, si no te vas… —me mira el cuerpo, y me toca, como si fuera el infierno tentándole a pecar con todos sus deseos más oscuros—. Dios, no sé qué me estás haciendo, pero sí sé lo que me gustaría hacerte yo a ti.
—Lo mismo te digo.
Se levanta y estoy a punto de poner pucheros otra vez. La primera ha funcionado de maravilla.
—Vete.
—¿Y cuándo vas a correrte en mi boca?
—Lina, por dios.
Qué tierno, está tan empalmado que parece que mis guarradas podrían darle el empujoncito que necesita.
—No me gusta deber favores.
—No me debes nada.
—Me he corrido y tú todavía no.
—Lo que te he hecho también ha sido un regalo para mí.
—Tienes que dejar de hablar así —digo sin oxígeno, porque en lo único que puedo pensar es «¿a quién le importa mi reputación?».
Estoy a punto de pedirle que me deje arrodillarme para él cuando se aleja.
—Vete. —Cada vez se aleja más de mí.
Ahora está aferrándose a la mesa con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos, lo cual es todo un contraste con la camiseta negra de manga larga ceñida al cuerpo de dios que tiene.
—Vale, me voy. Pero mantengo mi promesa. Mi boca quiere saldar esa deuda que dices que no tengo.
—Dimettri.
—Sí, sí, ya. ¿Mis mejillas están muy rojas? —pregunto y él me estudia con el ceño fruncido, tan serio que me encoge el estómago.
—Estás preciosa.
—No sé para qué pregunto, todo lo que sale de tu boca son litros de gasolina echados a un puto incendio —murmuro jadeante.
Salgo hecha un desastre y me tiemblan los dedos al girar el pomo, pero digamos ahora ya no tengo ganas de estar de morros.
Alasdair tarda cinco largos minutos en salir de esa sala y sé, sé, que no voy a ser capaz de aparentar normalidad.
«—¿Qué es eso? ¿Qué suena? —pregunto cuando trepo por sus piernas y escucho un crujido de papel.
—No es nada —dice sin dejar de acariciarme la espalda.
Entonces lo recuerdo, eso que le he visto guardarse en el pantalón una y otra vez.
Saco el sobre y se lo enseño. Echo un vistazo en su dirección y al ver que no me frena, lo abro.
Son recortes de periódico de aquel día. Todos tienen que ver con la noticia de la muerte de Marcus Torrent, el piloto de F1.
—¿Por qué llevas esto?
—Es mi ancla.
No es un peso con el que tengas que cargar. Me lo quita de las manos con suavidad y vuelve a guardárselo».
Nunca dejaré de preocuparme.
Decido salir a tomar el aire antes de que mi cara acabe descubriendo todo el pastel y es entonces cuando me encuentro con H. D. Antonov. Me sorprende porque no le he visto antes en el paddock.
—¿Tú y tu equipo seguís guardándome rencor por lo que pasó en Austria?
Sonrío. No sé cuántas veces lo hemos hablado ya.
—Claro que no, ya les he dicho que con nuestros mayores hay que tener manga ancha. Nunca sabes cuál podría ser la última discusión.
—Muy graciosa, ¿y tus pañales donde están, niñata?
Sonrío y le choco el puño cuando me lo ofrece. La adrenalina y expectación por la carrera ya vibra por mi piel. Esto está a punto de empezar.