Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 4 6
48%

Capítulo 4 6

Lina Dimettri

Sábado, Spa-Francorchamps, Bélgica

—Te entiendo, Lucian. No quería saltarme la rueda de prensa, es que estaba indispuesta. Ha sido una clasificación dura.

—¿Muy dura? —susurra Koven Alasdair en mi oído antes de morderme el lóbulo de la oreja.

Tiene la mitad de su polla metida dentro de mí y puedo jurar que ya no hay más puto espacio. Tengo el tiempo justo de mutear la llamada antes de soltar una ristra de gemidos.

He descubierto que Lucian se retroalimenta cuando echa la bronca y no necesita mucho más que algún «ajá» o «lo entiendo» de vez en cuando, sin olvidarnos por supuesto del mítico «tienes toda la razón». Lo cual ahora me viene muy bien…

—Tienes un coño perfecto, Dimettri.

Esa manía nueva que ha cogido de pronunciar mi apellido con acento italiano me está volviendo l-o-c-a.

Me mezo sobre su regazo y sacudo la cabeza sintiéndole hasta en el ombligo. Sus dedos están por todas partes, igual que su lengua, su enfermiza posesividad que me derrite el raciocinio y…

—¿Lina, me estás escuchando?

—Eso, ¿le estás escuchando?

Me acerco a su boca y le muerdo con fuerza el labio inferior hasta que gruñe. Su polla da una sacudida dentro de mí y la siguiente embestida me la da con deliciosa rabia vengativa. Vuelvo a coger el teléfono.

—Sí, por supuesto. Estaba pensando en lo que has dicho.

Mi voz suena del todo profesional, pero la sonrisa de Alasdair me deja atontada.

—Que no vuelva a pasar —pide Lucian, quien parece querer escuchar «me aguantaré la indisposición la próxima vez, jefe».

—Haré todo lo que esté en mi mano —juro mientras el demonio que estoy cabalgando amasa mis tetas con una mano, como si fueran su mayor tesoro, y con la otra me acaricia el clítoris hinchado y sensible con mimo.

Me empieza a palpitar tan rápido que a duras penas puedo pronunciar palabras de despedida antes de que Lucian cuelgue.

Echo un vistazo a la pantalla para asegurarme de que estamos solos y apenas tengo dos segundos, porque Alasdair me tumba sobre el colchón, me abre tanto las piernas como le es posible y me embiste desde un ángulo distinto que me lleva al puto paraíso.

Este hombre tiene la llave a un nivel de placer del que mi cuerpo me había estado privando. Debería odiarle. Debería pedirle que se dé más prisa.

—Dios, Lina… joder.

Gruñe y yo grito su nombre contra su hombro mientras le clavo los dientes y hago lo mismo con las uñas en su espalda.

Me corro contra su erección de piedra y él me observa mientras me hago trizas.

Un segundo después de que recupere el aliento ya me está follando contra la pared como si quisiera que la atravesáramos juntos.

—Cualquiera diría que me tenías ganas.

—你他妈根本不知道.

—¿Acabas de…? —me arden las mejillas y no puedo luchar contra el orgasmo que se me viene encima.

No te haces una puta idea.

Acaba de decirme no te haces una puta idea en mandarín.

Koven, incansable, me alza una de las piernas y me embiste hasta que no me queda más remedio que romperme. Su orgasmo llega segundos después y lo siento derramarse hasta en el último rincón de mi cuerpo.

Creo que en algún momento, debería confesarle que, aunque me haya acostado con otras personas antes, estoy bastante segura de que se ha quedado con mi virginidad.

Es tarde cuando me arrastra a la ducha.

Le rodeo la cintura con las piernas y me aferro a él como un koala mientras me lleva al baño y abre el grifo con el agua caliente.

El baño de la habitación de hotel es casi tan grande como todo mi apartamento, pero no lo comento.

Tampoco el hecho de que llevo tiempo acomplejada por mis cicatrices, pero la forma que tiene de tocarme, incluso cuando no trae cola de nada sexual, me hace sentir preciosa.

Alasdair me deposita en el suelo con delicadeza y se asegura de que el agua caliente me empape el pelo.

—¿Qué haces?

—Lo que mejor se me da —dice llenándose las manos de champú.

Empiezo a gemir cuando las yemas de sus dedos me masajean el cuero cabelludo.

Me curva las comisuras de los labios cuando intenta apartar su evidente erección de mí. Llevo una de mis manos hasta él, pero enseguida mis muñecas acaban aplastadas contra el mármol negro. Acabamos haciéndolo frotándonos el uno contra el otro compartiendo besos que no llegan a serlo.

Estoy sexualmente más saciada que en toda mi vida y aun así muy hambrienta de él todavía cuando me envuelve en una esponjosa toalla blanca, se coloca una alrededor de las caderas y luego procede a secarme el pelo.

—No hace falta.

—He leído por ahí que tener el pelo mojado mucho rato puede ser perjudicial.

Se me escapa la risa.

—Lo has leído. ¿Dónde?

—Por ahí —se inclina y me propina un beso en el cuello.

Miro nuestro reflejo y no me reconozco. Nunca me he visto así de feliz. Saco el bote de pastillas del neceser y tras coger cuatro, una de cada color, lleno un vaso de agua bajo su atenta mirada.

Me pide que le enseñe la mano para ver el cuarteto mágico y durante unos segundos las estudia, antes de asentir como dándome el visto bueno. Siento una serpiente enroscándoseme en el estómago. Debo estar incubando algo. Me las tomo y vuelvo a encararle.

—¿Se te olvidan alguna vez?

Sacudo la cabeza.

—Es la parada en boxes de mi cadera.

Esquivo su mirada cuando se vuelve demasiado dulce.

Mientras él hace lo suyo, casi me quedo dormida contra su pecho. Sobre todo cuando apoyo la mejilla a la altura del latido de su corazón.

—¿Tienes hambre? —pregunta en tono bajo e íntimo cuando me saca del baño.

—No, solo sueño. Me has robado la energía a base de orgasmos.

Su risa rebota por todo mi cuerpo.

—Pues vamos a dormir.

—¿Te…? ¿Te quedas? —pregunto adormilada e ilusionada.

No contesta. Me quita la toalla y me congelo de repente.

—Ehhh —me quejo.

—Dimettri, no voy a poder pegar ojo si te tengo desnuda a mi lado. Por favor, sé buena conmigo —dice y le señalo el cajón donde he puesto la ropa interior.

Doy gracias por haber elegido algo bonito. Me lanza una mirada al ver que es un tanga.

—Tendrá que valer.

—La alternativa a mí me vale —muevo las cejas, insinuante.

Él se muerde el labio inferior y me mira como si fuera su maldición favorita.

—¿Una camiseta para dormir? —pregunta rebuscando entre mi ropa como si fuera algo frágil y delicado que no quiere romper.

Es TAN adorable.

—La tuya —señalo el borde de la cama donde la hemos dejado antes y sus ojos resplandecen como si alguien hubiera encendido una hoguera en ellos—. Así será como si me abrazaras.

—Puedo abrazarte toda la noche, si es lo que quieres —me da un beso en la frente.

En cuanto la tengo puesta, la huelo retorciéndome del gusto. Madre mía, un orgasmo olfativo total. Mientras tanto, él se pone los pantalones de chandal que traía, pero ahora sin nada debajo. Vaya vistas. Qué sed tengo, así, de repente.

—Íbamos dormir —gruñe en tono cariñoso.

—Claro, claro, sí, eso —me dejo caer en la cama, observándole sin saber muy bien qué hacer.

En dos zancadas Alasdair llega al otro extremo, se mete bajo las sábanas y me atrae hacia su pecho.

—¿Cómoda?

—Mucho. No me puedo creer que quieras quedarte a dormir —admito en susurros cuando apaga la luz y la oscuridad me da una falsa sensación de seguridad.

—Te sorprendería todo lo que… —carraspea y sus dedos se aferran más a mi cuerpo—. Buenas noches.

—Dilo.

—No quiero asustarte.

Trepo por su pecho hasta su rostro. Puede que entre poca luz a través de la ventana, pero la luna me basta para encontrar sus ojos.

—Dilo.

—Me gustaría no tener que separarme de ti, Dimettri, ni siquiera cuando conduces.

Es una suerte que no vea cómo me pongo roja.

Escondo la cara en su cuello y deposito unos cuantos besos mientras enredo mis piernas con las suyas. En algún momento mientras nos amoldamos el uno al otro, nos quedamos dormidos.