Capítulo 4 5
Koven Alasdair
El malestar que lleva conmigo todos estos días ha desaparecido en cuando Lina ha abierto la boca.
¿Espacio yo? Pfff, ni terapeuta ya me dijo que tenía graves problemas para expresar lo que siento, que es un mecanismo de defensa de los ermitaños cerrados como yo. Pero nunca creí que pudiera darle la impresión a ella de que podía quererla lejos.
Joder, la quiero encima. Debajo. En la boca. Estar dentro de ella es la máxima distancia que puedo permitirme.
—¿Alasdair?
—Dime. —Solo entonces soy consciente de que estamos parados en un pasillo cualquiera del hospital cercano a North Star y que un enfermero joven con el pelo de colores está mirándonos expectante.
—Tienes que soltarme la mano para que pueda entrar a la consulta.
¿Debería ser sincero con ella? ¿Que no quiero soltarla? ¿La asustaré si lo hago?
—En cuanto estemos con el equipo tendremos que mantener las distancias. —Aprieto un poco más mi agarre—. ¿De verdad tengo que quedarme aquí?
Sonríe de oreja a oreja y sus mejillas adquieren un carmesí que lanzan una descarga de placer a mi polla.
—Puedes entrar, si quieres. Claro. —Lina se gira hacia el enfermero—. No hay problema, ¿verdad?
—Ninguno, bombón. —Él le guiña el ojo y entramos todos a consulta.
Conozco a la doctora Ferrinol, una mujer muy amable a la que le debo mucho por haber cuidado de Lina desde el principio. De camino aquí Lina me ha contado algunas cosas sobre ella, sobre que Ferrinol la venía a ver cuando no tenía a nadie que le hiciera compañía.
Le debo mucho, pero no puedo evitar sentir un cabreo recriminatorio cada vez que pienso en los dolores crónicos con los que vive Lina. Sé que soy muy injusto porque la medicina no funciona así, pero aunque me convierta en un idiota, es lo que siento.
Ferrinol mira nuestras manos unidas y una sonrisa cálida se dibuja en su rostro cansado.
—Me alegra ver que estás bien acompañada. ¿Te tumbas en la camilla, cielo? —le pide y sí, me muevo con ella.
No voy a soltarla a menos que me lo pida explícitamente. Lina me lanza miradas tímidas mientras ambos profesionales se dedican a sacar unos cuantos aparatos que no he visto nunca y algo similar a unos electrodos.
—Según me han dicho has conseguido una medalla de bronce, campeona.
—En la F1 son copas, ¿no? —interviene el enfermero.
—Sí, exacto. Tercera en Silverstone —comenta con brillo en los ojos.
—Cuánto tengo que aprender de vosotros —Ferrinol se pone manos a la obra y cogiendo un tobillo distinto cada vez, le hace hacer algunos movimientos. La estudia y yo la verdad que también—. ¿Has tenido más episodios de lo habitual?
—No han sido unos días buenos, no —Lina carraspea y suelta una risita nerviosa quitándole hierro al asunto.
—¿Más de uno por día? —pregunta sorprendida.
—A veces sí.
¡¿QUÉ?!
—¿El trabajo te ha permitido tomarte los calmantes? —pregunta y cuando no contesta, Ferrinol se pone más seria—. Lina, acabarás…
—Lo sé, lo sé —la corta ella.
—Nadie puede aguantar un dolor tan intenso indefinidamente. Te dije que podrías perder el conocimiento y si eso pasa, será más fácil que sea recurrente. Por no hablar de todos los riesgos que implica que te saltes dosis de medicación. ¿Hace falta que te los recuerde?
—No. Te prometo que no son tan intensos como antes, doc.
Joder, ¿no? Yo la he visto. La destrozan. ¿Qué cojones le hacían antes?
La idea de que haya tenido una crisis sin estar yo presente me cabrea. ¿La idea que haya tenido un puñado de ellas? Eso hace que la furia me hierva la sangre. La admiro por lo fuerte que es, pero esto ya es abusar.
Le hacen una ecografía nerviosa-muscular. Con un ecógrafo miran el nervio femoral, la cadera y la inflamación. La electromiografía viene después.
—Sirve para ver si los nervios están irritados o dañados —me explica Ferrinol—, dañados ya sabemos que están, pero como estamos haciendo muchos experimentos con la medicación de Lina, queremos ver su estado concreto actual. El grado.
—Entiendo.
—Vamos a seguir haciendo pruebas hasta conseguir dar con la manera de que no la molesten tanto.
—Suena bien. —Tengo que soltarla cuando se desviste.
Es preciosa, besaría hasta la última de sus cicatrices, pero cada una es un puñal en mi estómago. Nunca he visto el vídeo de su accidente por segunda vez, pero ahora siento que debería verlo cada día. Cada noche. Aunque me joda vivo.
Lo que le pasó no puede estar solo en su piel, yo también debería cargar con ello.
—Están un poco más irritados que la última vez que viniste —explica el enfermero.
—No pasa nada —dice Ferrinol, positiva—. Vamos a volver a la medicación anterior al último cambio y a raíz de ahí te voy a subir la dosis complementaria poco a poco.
Dejo de oír a la doctora cuando mis emociones hacen demasiado ruido, gritan demasiado alto.
Quiero formar parte de esto. De todo lo que tenga que ver con ella.