Capítulo 4 4
Lina Dimettri
Aparca frente a mi apartamento y no me envía ningún mensaje, solo aguarda. Como si pudiera esperarme toda una vida. Cálmate.
Salgo de casa de forma tan apresurada que casi me dejo la bolsa de viaje con lo que necesito llevarme a Bélgica.
Respira. Entro en el coche y ni siquiera me saluda, solo hace un gesto con la cabeza.
Se ha dado una ducha y aún tiene el pelo mojado, pero en lo que más me fijo es en que tiene mala cara.
No puedo evitar pensar en lo que me dijo JJ.
—Hola.
—Hola.
—Alasdair, quiero disculparme y no me digas que no tengo motivos —me adelanto cuando abre la boca.
—De acuerdo.
Exhalo y agradezco su expresión paciente. Tiene tanta conmigo.
—Me críe sola con mi madre. Ella quería que fuera una mujer independiente y fuerte, y se lo agradezco. Pero fue difícil a veces. En ocasiones… —carraspeo intentando deshacerme del nudo que aparece en mi garganta, incómoda y rara por mostrarme vulnerable.
—¿Qué? —me invita a seguir en tono suave, dulce, cuando me hago pequeña en el asiento.
—Puede que en ocasiones necesitara ayuda de verdad y que cuando se la pidiera me…
me hiciera ver que debía apañármelas sola.
Quizá te parezca una tontería, pero lloraba a menudo por sentirme indefensa —suelto una risita incómoda odiando las ganas que tengo de llorar—.
Eso ha provocado que ahora, de adulta, me cueste mucho pedir lo que más deseo.
En parte es como si al enfrentarme al rechazo volviera a ser esa niña pequeña que no puede tener lo que necesita porque no hay nadie que pueda dárselo.
—Lina —me acuna el rostro y me ablanda de un modo aterrador.
Tanto, que me suelto el cinturón y de paso, le suelto a él toda la verdad.
—Me gustas, Alasdair, horrores y me da pánico que me rechaces, que quieras espacio. Así que había pensado en dártelo yo primero, pero quiero ser valiente. Aprender poco a poco a lidiar con los rechazos.
Koven Alasdair no me estaba dando ningún espacio, pero la cosa mejora todavía más cuando sella sus labios con los míos, casi logrando que mis lágrimas desaparezcan del todo.
El beso es lento y profundo, sentido, como si me necesitara para respirar. Hunde la mano en mi pelo atrayéndome tanto hacia sí como puede. Me subo a su regazo y le rodeo con los brazos. Él mete las manos bajo mi ancho jersey así que cuando me abraza, lo siento en todas partes.
—Te he echado tanto de menos.
—Te busqué tantas veces en Silverstone —digo llorosa—, solo quería celebrarlo contigo.
Sus ojos se vuelven piscinas profundas de calidez azul y perturbadora belleza cabreada.
—No quiero espacio.
—¿No?
—Joder, Dimettri, no tienes ni idea, ¿verdad? —me coge de la cara para que le mire y lo veo guapísimo incluso a través de las lágrimas—. Mataría por ser la persona a la que acudes cuando necesitas ayuda.
Esta vez soy yo quien le besa. Me deshago contra sus labios y la necesidad de tenerlo más cerca. Dudo que se dé cuenta de que me está curando heridas que no me ha hecho él.
Sube la temperatura del coche como si no fuera noviembre. Aquí dentro parece verano. Me besa con desesperación y frotarme contra él no es suficiente.
—Sé que es un mal momento para decir esto, pero no podemos follar ahora —digo y él me mira con ojos brillantes.
Dios es tan guapo. Tiene que dolerle la cara—.
Tengo que ir a ver a mi doctora antes de ir al aeropuerto.
Se empeña en hacerme revisiones casi cada semana y Hendrix me ha tenido de arriba para abajo con las entrevistas, los directos y, bueno, lo cierto es que he tenido que darle plantón a mi médico unas cuantas veces.
Puedes irte al aeropuerto, si te parece un coñazo venir.
—Lina…
—Pero me gustaría que me acompañaras.
Coge mi mano y me besa el dorso con mimo dándome ganas de chillar. *Adrenalina made in Alasdair*. No tiene nada que envidiar a la F1.
—No sabes lo feliz que me hace que me lo pidas —dice y cuando consigo despegarme de él, arranca el coche y me lleva al hospital.