Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 4 2
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Capítulo 4 2

Lina Dimettri

Doce horas y media después aterrizamos en Indiana. Es una suerte que en casa tengamos una diferencia horaria de seis horas porque si no en vez de las seis de la mañana sería mediodía y mi plan de dormir hasta el mediodía se habría ido a pique.

El equipo se va separando y me oculto bajo mi gorra para salir del aeropuerto sin ser vista.

Es entonces cuando alguien me coge de la chaqueta y me obliga a frenar. El olor a limón me alcanza y me intoxica antes de que me dé la vuelta siquiera.

He utilizado todas las horas de vuelo para convencerme de que no necesito nada de este hombre, pero mi cuerpo lo ha tirado todo por tierra demostrándome en un segundo que solo soy un imán y que de lo único que tengo ganas es de estamparme contra el suyo.

—¿Tienes cómo volver a casa?

—Pensaba coger un taxi.

Sacude la cabeza y baja la mano hasta mi muñeca, entonces procede a tirar de mí.

—¿Qué estás haciendo?

—Te llevo.

—No necesito…

—No está abierto a diálogo.

—¿Pero tú quién te crees que…? —No termino la frase, porque se para en seco y se gira para que pueda estamparme contra su pecho.

—Puede que mi presencia te resulte desagradable, pero vas a dejar que me asegure de que llegas bien a casa. Tu cara empieza a ser reconocida y no quiero que te subas a un coche, sola, con un tío cualquiera. Te llevo yo.

La firmeza con la que lo dice ya podría estar sentenciando que íbamos a casarnos que lo único que iba a salir por mi boca es un gran «sí quiero».

—¿Puedes soltarme al menos? —me hago la dura—. No soy una niña, no necesito que tires de mí.

Retrocede y se dedica a darme espacio todo el camino hasta su coche. Nunca he sido fan de los que no son monoplazas de carreras, pero el suyo me encanta. ¿Principales razones? Es suyo. Huele a él. Y es suyo.

NECESITO. SALIR. DE. AQUÍ.

—Madre mía.

La voz que está siempre en mi cabeza, *la suya* rompe el silencio y tardo unos segundos en percatarme que Alasdair ha hablado de verdad.

—¿Qué?

—¿Tan incómoda estás? —un deje dolido acompaña su mirada que va a parar a mi cinturón, el que estoy apretando con las dos manos.

—No, no. Para nada. Solo cansada —miento, él sabe que miento, lo que probablemente no sepa es lo mucho que quiero echarme a llorar.

—Puedo ir a buscarte a tu casa en un par de horas. Fingir que el vuelo venía con retraso.

—¿A mi casa? —pregunto con un nudo en la garganta.

De verdad que intento no mirarlo, pero las pausas que hace entre frase y frase me lo ponen difícil. Sí, es el hombre más guapo que has visto en tu vida, Lina. Y sí, ya lo sabías antes de trabajar con él.

Curiosamente, ahora lo veo un millón de veces más atractivo que nunca.

—Verás, Darcy me llamó ayer. Ella y Keira te han preparado una pequeña sorpresa para celebrar tu podio.

Se me sacude el corazón.

—¿Una sorpresa?

—Una fiesta.

De Darcy me lo podría esperar, ¿pero de ella?

Lo que sé de Keira es que está locamente enamorada de Alek Sant Delphi, que tiene una mala relación con su familia, que le han pasado cosas muy duras que casi la alejan del atletismo y que le gusta la vainilla.

Ah, y que tiene el pelo blanco. Me gustaría conocerla más, pero no sé cómo acercarme a ella porque se la ve muy reservada.

Estoy acostumbrada en tratar con hombres mayores ocupados y con ceños fruncidos, una categoría en la que esta chica no encaja para nada.

—¿A mí? —pregunto incrédula.

—Sí, a ti, campeona. Yo… no iré —dice dándome a entender que estaba invitado, pero no quiere molestarme más.

Porque cree que es eso lo que hace. No tiene ni idea que aquí el problema soy yo.

No puedo más. No puedo con esto.

—Para el coche, Alasdair —digo sin aire.

—Estamos a pocas calles de tu casa. Déjame llevarte hasta la puerta, estás agotada. Sé que no duermes bien en el avión.

—Para el coche, por favor —repito con las lágrimas a punto de desbordarse y él lo hace.

Sé que espera que salga corriendo y sí, es una opción, pero la intensa presión que me está aplastando el pecho sin miramientos se vendrá conmigo.

—Lo siento.

—No tienes nada por lo que disculparte, Lina —otra vez la máscara.

Esa que va a estar para siempre entre nosotros si no arreglo esto. Quizá incluso aunque lo intente, ya no tenga arreglo. Porque la he jodido.

—Yo… —intento, pero me siento cada vez peor, más pequeña—. Koven, me…

—¿De verdad vas a empezar a llamarme Koven? —interviene.

Era solo un intento de mantener cierta distancia de mis emociones puesto que ya siento su apellido como algo mío. Pero no lo es, no me pertenece en lo más mínimo.

Mamá tenía razón cuando dijo que mis constantes viajes no eran la razón por la que no tenía amigos. Soy una persona difícil. Ella lo sabía y yo también lo sé.

Vuelvo a disculparme antes de salir del coche y huir sin mirar atrás.

Sant Delphi

—¿A qué viene esto? Ha ganado y no ha tenido ningún encontronazo con nadie —digo mientras le llevo la sopa caliente al comatoso.

Bueno, comatoso del todo no está, solo retorciéndose de dolor en su cama. El tío sufre todas sus emociones a través del estómago.

—No es nada.

—Y una mierda. Le he dicho a mi mujer que iba a por algo de desayuno, ¿y tú me lo pagas con falsedades?

La verdad que eso no es del todo cierto.

Mi mujer preferiría que se lo ocultara antes de ponerla en una situación donde ella tenga que ocultarle algo a su mejor amiga.

Así que eso he hecho. Y en honor a la verdad, también voy a llevarles el desayuno.

Ambas se quedaron fritas en el salón preparando la fiesta para Lina y aunque debería odiar a Darcy por robármela tan a menudo, no puedo sino agradecer que la quiera tanto como lo hace.

—Siento que la fiesta se retrase. Lina necesitaba un poco de descanso.

—Un poco está bien, pero te advierto que mi mujer ha inflado unos montón globos con forma de coche de F1 y nadie va a desilusionarla. Ahora cuéntamelo todo.

Lo hace y veo con claridad lo jodido que está. Está en la cama, retorciéndose de dolor por culpa de la preocupación de que Lina no vaya a estar a gusto trabajando con él en Leik-GP.

—¿Por qué mierda sonríes, gilipollas? —pregunta entre gruñidos.

—Estás pillado, pero bien.

—Esto era mucho más divertido cuando era yo el que me burlaba de ti —gruñe más.

—Joder, tío, respira un segundo o acabarás con una úlcera. —Le obligo a tomarse la sopa y a calmarse, pero no obedece.

Ojalá fuera uno de mis alumnos y pudiera amenazarle, no sé, con suspenderle el curso.

—Te buscaba a ti para celebrarlo. Y también en el aeropuerto.

—Pero no quiere estar conmigo, está tan incómoda. Ni siquiera he podido dejarla en su casa. ¿Y la telemetría…?

—Ya, ya, porque os hace falta hablar del tema —empujo la sopa hacia él, dudando si me va a salir el tiro por la culata.

He leído en internet que el calor puede tener efecto calmante. Si me vomita encima demandaré a la página.

—Nunca debí acostarme con ella.

—Dice el tío que vendería un riñón para volver a hacer precisamente eso.

—Le he estropeado su primera victoria.

—A ver, capullo, deja de decir eso. Te buscaba a ti, y solo a ti, porque era contigo con quien quería celebrarlo. No le has estropeado una mierda.

Nada de lo que le digo parece calmarlo.

Koven tiene un aguante increíble para mantener la mente fría y serena en los momentos de mayor presión. Por no hablar de lo que supone para él soportar haber vuelto a la F1 después de jurarse a sí mismo que no lo haría. Es un tío fuerte de cojones y no me gusta verlo así de mal.

Dimettri, más te vale arreglar esto pronto.