Capítulo 3 8
Lina Dimettri
Empieza a llover en la décima vuelta de carrera y complica la visibilidad una barbaridad a partir del sector dos. Es bastante irregular, así que solo afecta a parte de la pista. Menudo otoño estamos teniendo.
Me gustaría achacar a eso mi cuarta posición, pero no sería verdad. No estoy arriesgándome donde debería, no estoy atreviéndome a tomar las decisiones que mi equipo necesita que tome.
—Cambio a intermedios, Lina. A boxes. Repito, a boxes —pide JJ cuando estoy a mitad de la quince.
—Recibido.
Siento cómo me hierve la sangre, pero no de enfado. Es enfermizo que me cueste respirar solo por la puta proximidad. A duras penas estoy tres segundos y medio en boxes, joder.
Salgo a toda velocidad con la sensación de que no hay distancia suficiente para que pueda respirar con normalidad. La adrenalina hoy se ha multiplicado por mil y me está matando.
—Verxen tiene los neumáticos lisos y tiene que entrar a boxes —la voz de Alasdair me incendia las células porque no me la espero—. En el sector dos puedes adelantarle y quedarte con su posición.
—¿Por qué sigue con lisos? —tomo la curva y casi parece que los dos segundos que me separan de su F1 se alargan.
Es una sensación angustiosa y frustrante, voy todo lo rápido que puedo.
—Está apostando a que no vaya a más, pero en el sector dos está lloviendo más fuerte, lo va a pasar mal. Aprovéchalo.
El sector dos de Silverstone incluye una secuencia brutal de izquierda-derecha que a alta velocidad y con lluvia es casi suicida llevando neumáticos lisos.
—Si tú lo crees, yo también. Confío en ti.
No tengo la seguridad de los lisos en seco, pero mis intermedios se agarran a la pista cuando se lo pido.
El corazón se me va a salir por la boca.
Aquí fue mi primera carrera, en Silverstone.
Aquí fue donde me inicié en la F1 y no puedo describir lo mucho que me hizo sudar.
Hoy tengo peor visibilidad y lo que viene ahora parece un ataque personal.
—Te recuerdo que no tienes el DRS disponible —informa JJ, por la lluvia, pero no me hace falta.
Llego a las tres curvas más peligrosas de Silverstone bautizadas como Maggots, Becketts y Chapel.
«Si dudas un segundo, estás muerta, no lo olvides», dice mamá en mi cabeza.
Entro en Maggots y alcanzo a Adam Verxen.
Nos movemos como gemelos idénticos por la pista, en paralelo, pero al salir de Becketts acelero aprovechándome de mi ventaja técnica.
En la salida de Chapel, Verxen patina, probablemente por primera vez en su vida, y me brinda la oportunidad que necesito.
No me lo puedo creer.
Paso a tercera posición y entro en el podio. ¿Eso acaba de pasar?
Darcy
Indiana, EEUU.
—Key, no quiero flipar antes de tiempo —digo cuando estamos llegando a la vuelta número cincuenta.
—¡Me estás cortando la circulación de la mano! —dice dándome golpes en la pierna, no para que la suelte, sino de pura euforia.
Dos Fórmula 1 la siguen tan de cerca que en cuestión de segundos podría pasar a estar quinta. ¡¡No quiero ni parpadear!!
—¿Sigue tercera? —pregunta Sant Delphi entrando en el salón de su casa, con más bebidas.
Viene seguido de Kobra y Dante, los preciosos dóbermans que están listos para ver a su tía ganar. Vale, puede que todavía no sepan que Lina es su tía, pero cuando lo sepan, la van a amar.
—¡Sí! —exclama Keira.
—¡Va a ser su primer podio desde que ha vuelto, estoy tan orgullosa! —lloriqueo cabreada con las lágrimas que no me dejan ver el momentazo.
—¡Pero Verxen y Dubois están al acecho, no le dan tregua! —dice la corredora que todo lo que sabía de la Fórmula 1 meses atrás era que había coches implicados en el asunto.
—¿Llego tarde? —Irith, la hermana de Alek irrumpe en la casa, atrayendo una avalancha perruna en su dirección.
—¡No, aún no es tarde! —exclama Keira—. Venid, ¡rápido! ¡¡Y silencio!!
Su marido se carcajea por lo bajo mientras nos apelotonamos todos en el sofá. Vuelta cincuenta y uno.
Quiero tatuarme este momento. Nunca he estado más eufórica.
—¿No deberíamos grabarlo? —pregunta Keira al borde del sofá.
—Creo que ya lo están haciendo millones de personas —dice Alek con cariño—, vosotras disfrutad del momento.
—Madre mía, ¡es una pasada! ¿Habéis visto cómo ha cogido esa curva? —pregunta Irith.
Pero yo no puedo ni hablar.
No, hasta que la vuelta cincuenta y dos empieza y acaba, y le dan a mi queridísima amiga el reconocimiento que se merece. Entonces me dejo la garganta gritando.