Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 3 5
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Capítulo 3 5

Lina Dimettri

No sé cómo he acabado sentada en su cara, pero ahora estoy bastante segura de que quiere que lo mate, que lo asfixie. Quizá enviarme a la cárcel sea su verdadero castigo.

Alasdair no me suelta hasta que me deja hecha un desastre, me limpia y vuelve a repetir el proceso. Creo que me ha licuado el cerebro cuando me aparto de él y me caigo sobre la cama. Dice no sé qué sobre lo deliciosa que soy y entonces se levanta.

Me lo quedo mirando, incrédula cuando tiene toda la pinta de que va a marcharse a su habitación.

—¿De verdad vas a irte? —repaso su cuerpo con la mirada, centrándome en el bulto en su pantalón—. ¿Así?

—Si es lo que quieres, claro. —Su voz gutural reverbera por mi piel.

Alasdair se apoya en la pared y vale que sea un gesto sexy a rabiar, pero lo que me hace no es ni medio normal. No hay ni un pulso que te gane. Eres t-a-n odioso.

—No quiero que te vayas —admito y sacudo la cabeza para más énfasis—. Puedo ser la menos orgullosa de los dos, no importa.

—¿Crees que te pido que me supliques por orgullo? —en un par de pasos ya está a mi lado, mirándome desde las alturas y cogiéndome una mejilla con cariño—. Tienes diez años menos que yo y hay una infinidad de razones por las que esto está mal.

—No es verdad.

—Tengo mucha más experiencia que tú.

—Irrelevante —tiro de él, pero no se mueve.

—Soy tu entrenador, se supone que una figura de autoridad para ti.

—No cuando estoy desnuda, no —tiro más de él hasta que cae sobre mí.

—Tu carrera depende de que yo me quede a tu lado.

La vulnerabilidad de su tono y de sus ojos me abren grietas en el corazón.

—¿Crees que hago esto por miedo a que te vayas?

No contesta, pero por primera vez en toda mi vida veo duda en el rostro de Koven Alasdair.

—Has llevado a la cima a muchos, y eso hace que la piloto que hay en mí te admire. Pero esa no soy yo. Aquí no soy más que Lina. —Me aferro a él rodeándole la cintura con las piernas—. Tú y yo somos un equipo dentro y fuera de todo eso.

Respira con dificultad.

Me aprovecho de que no tiene pinta de saber qué narices decir y le doy un beso lento, profundo, intenso. Hasta que despierto a la bestia que hay en él.

—Dios, Lina…

Vuelvo a besarle por miedo a que se aleje. Le quiero justo donde está o más cerca. Y más desnudo, eso sí. Alasdair se separa de mi boca para besarme el cuello y gruñir un:

—¿Puedo follarte?

—Estoy dispuesta a suplicar, sí.

Poco después ya estamos los dos desnudos y solo puedo decir una cosa.

LA HOSTIA.

¿Por qué iba a tener él tantísimos músculos? ¿Es un deportista olímpico? Venga ya, ¿y todo ese mar de tatuajes? ¿En serio? Esto es abusar.

—Deja de mirarme así o este va ser el polvo más decepcionante de tu vida.

Sonrío. No tiene ni idea, ¿verdad?

Acaricio la quemadura de su antebrazo y deposito un beso en la piel rugosa. Él me mira como si quisiera hacer alguna barbaridad de esas bonitas y cursis que te hacen curvar los dedos de los pies.

Por suerte, se contiene.

Caemos en la cama y un preservativo después el ambiente se vuelve húmedo, sensual, intoxicante. No puede ser que cada roce me excite, que solo con que su glande separe un poco mis pliegues el placer me ciegue y esté a punto de correrme.

Debería tenerle miedo, pero segundos después paso a estar en shock. ¿Por qué? Muy fácil. Es enorme y yo no.

—Dios santísimo —jadeo con la primera embestida.

—¿Estás bien?

Mueve las caderas con el arte de un puto bailarín.

—Me… me vas a partir en dos.

—¿Quieres que pare? —frena el movimiento de su cuerpo y casi lo insulto.

—No te atrevas.

—Entonces deja de mirarme así la polla.

No quiero preguntar a qué se refiere con «así», pero justo antes de que le diera por charlar, estaba dudando cómo narices va a caberme eso en la boca.

Alzo los ojos hacia los suyos y veo diversión en ellos. Se me pone rojo hasta el cuello.

—No me había fijado en nuestras diferencias corporales hasta ahora. Nada más. —Tiene casi la mitad de la erección dentro de mí y mi vagina no da más de sí.

Me acaricia el clítoris con movimientos circulares despiadados.

—¿Cómo que no? ¿No eras tú la que había dicho que la tenía gruesa y larga?

—No te hacía… jus-ti… justicia. —Una sacudida de placer se derrama en mi sexo y me hace palpitar con violencia.

Me aferro a las sábanas, le clavo las uñas en los hombros. Cabrón es la única palabra que se me ocurre. Vale, se me ocurren otras más. Desgraciado. Capullo. Animal. Mi cerebro deja de funcionar cuando oigo su risa.

—¿Puedes dejar de disfrutar tanto de esto? —gimo sintiendo el placer hasta en la parte posterior de la columna, hasta en el último rincón de mi cabeza

—Entonces deja de mostrar tanta desesperación, Dimettri —me besa la sien con cariño—, no voy a ir a ninguna parte y quiero que me dejes tomármelo con calma.

—¿Calma? ¿Es que se te ha ido la olla? No quiero calma.

—No pienso hacerte daño —sentencia con aplomo.

No me queda más remedio que sentirme halagada. El muy capullo…

Hacemos que funcione, aunque nos cuesta un rato.

¿He dicho ya que es enorme y yo no? Pues eso.

Nuestros besos se vuelven mucha lengua y poco de lo demás.

La fricción me eriza la piel, me vuelve codiciosa.

El hambre amenaza con hacerme perder el juicio mientras su polla me dilata centímetro a centímetro.

—Dios, Lina —gruñe mi nombre con aspereza como si estuviera rindiéndole pleitesía.

Empiezo a no entender dónde acaba su cuerpo y dónde empieza el mío. Me embiste como si me odiara. Me encanta. Creo que voy a desmayarme. El placer es una droga que me agudiza los sentidos solo para torturarlos.

—Alasdair, voy a…

Nunca he visto a un hombre tan entero y estoico perder de verdad el control como a él cuando me corro y no tiene más remedio que seguirme. Sus gruñidos son la guinda al pastel de excitación más delicioso que he probado en la vida.

Me doy cuenta solo entonces de hasta qué punto le deseo más allá de su cuerpo. Y alcanzo un nuevo nivel de terror.