Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 3 3
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Capítulo 3 3

Lina Dimettri

Silverstone, Reino Unido.

El viernes en los entrenamientos, la cosa está tensa. No tenía ninguna intención de contarle a Alasdair que he ido a ver al equipo de Antonov con tal de aclarar malos entendidos y dejar claro que no hay malos rollos.

Digamos que no me han recibido con los brazos abiertos, precisamente. Han mencionado algo sobre Alasdair estando demasiado cómodo con las amenazas.

Antonov no ha dicho mucho más que un escueto «está todo bien, Lina». Lo mejor es que cuando he vuelto con mi equipo, Alasdair ya se había enterado.

—Mira, me duele la cabeza y no me apetece que vuelvas a echarme el sermón.

Veo cómo se le caen las ganas de abroncarme hasta los pies. ¿Está mal que sea súper mentira lo del dolor de cabeza y que haya usado mis dolores crónicos para librarme de esta? ¿No? Estupendo.

Volvemos con el equipo.

—JJ, ¿qué haces con los mandos? —pregunta Brutus.

—Pasearlos por el box, trae buena suerte.

—¿Qué chorrada es esa? ¿Desde cuando?

—Desde que llegó Lina.

La sonrisa me llega de oreja a oreja. Miro los dulces que he traído hoy, italianos, haciendo honor a la familia de mi padre y que están haciéndole compañía al pastel de árbol Baumkuchen de George.

Me siento parte del equipo. A gusto. Ahora tengo una familia ambulante y otra en North Star, qué suerte.

De repente miro mis zapatos feuchos de trabajo y hecho de menos todas las tardes que he pasado con Darcy en la biblioteca del ala de psicología de la universidad de North Star, fingiendo que prestaba atención a mis libros de derecho.

«Con los apuntes abiertos y la una al lado de la otra, miramos TikToks en los que aparece un Koven Alasdair furiosísimo.

—Perdona que te lo pregunte, ¿pero cómo narices te concentras?

—No es mi tipo.

—Claro, claro, puedo fingir que te creo. ¿Estás interesada en las mentiras piadosas y las pantomimas?

—Altamente interesada.

Darcy suelta una carcajada y nos llueven un montón de “shhh”.

—Hay miles de posts de vuestra discusión.

—¿Qué discusión?

—La que el público se imagina que tuvisteis cuando te lo llevaste de allí a rastras para que no matara a H.

D. Antonov. Están mezclando imágenes con las de aquella vez que te pidió que frenaras para quedar última en la Q3 y tú saliste del F1 con ganas de quedarte con su cabeza.

Os han apodado el estoico y la rebelde. Os emparejan en todas partes.

Van a empezar a salir fanfics vuestros cualquier día de estos.

Me froto las sienes.

—Ay, madre mía…

—Uy, ¿y ese tono? ¿Ha pasado algo que no me hayas contado? ¿Cómo te atreves?

—No es nada. Solo que no me paran de llegar mensajes asquerosos diciendo que he conseguido entrar en el mundillo gracias a mis habilidades para arrodillarme, y que debo hacer muy bien las mamadas.

—Es típico que un hombre con la polla diminuta se sienta amenazado por una mujer poderosa como tú y acuda a esos desesperados intentos con tal de sentirse mejor. No hagas caso, el resto del mundo estará alucinando con tu talento. ¿Qué ha dicho Koven?

—No hemos hablado del tema.

—O sea que se lo estás ocultando.

—Sí, me da la sensación que es una de las cosas que le preocupan —y no quiero que se aleje de mí—. Ahora entiendo por qué era tan distante conmigo cuando estábamos en público. Tan diferente.

Una parte de mí pensaba que bajaba la guardia conmigo y que solo a mí me permitía ver su lado más dulce. Me hacía sentir especial. La verdad también me hace sentir especial, quizá incluso más.

—Teniendo en cuenta lo que vi en el hospital, es evidente que es un buen tío que intenta protegerte dentro y fuera de la pista. Como tu amiga, no puedo estar más contenta de que lo tengas en tu equipo.

Me froto la cara cuando las mariposas vuelan de mi pecho a mi estómago, dispuestas a montar una fiesta que yo no he pedido.

—Vale ya de hablar de F1. Cuéntame cómo te fue el examen y luego dime si al final te compraste o no las dichosas botas por las que llevabas babeando semana y media.

Darcy sonríe de oreja a oreja porque me acuerde de eso, y pienso en que he debido ser bastante mala amiga y una egocéntrica de cuidado estos días.

—El examen ha ido genial. Lo bordé.

Soy nueva en esto de ser amigas, pero quiero cuidarla, así que cuando me dice que no se ha comprado las botas porque son muy caras, se las compro yo.

Se las llevo en cuanto me llegan a casa, dos días después.

—Tengo algo para ti —le digo al llegar a la cafetería.

Ella ve la bolsa, el nombre de la tienda y se queda boquiabierta.

—No.

—Sip.

—No te habrás atrevido.

—Sip.

—Noooo.

De repente entro en pánico. Dudo si lo va a ver como un mal gesto. Dudo de si me he equivocado de color. Dudo de cómo me llamo.

—Has trabajado durísimo desde que empezó el curso y te las mereces. ¿Me he pasado?

—¡Tres pueblos! —chilla y todos los presentes en la cafetería nos miran con una ceja alzada—. No puedo aceptarlas.

—¿Por qué no?

Me coge las manos.

—Amiga, tengo la sensación de que intentas comprar mi cariño con cosas bonitas.

—No sé por qué dices eso.

—La primera semana de conocernos me regalaste un viaje a Santorini.

—Uno que no aceptaste. Las amigas se aceptan los regalos. ¿A cuántos matchas me has invitado ya?

—A los suficientes como para merecerme medio tacón de una de las botas. Lina, no es un regalo comparable a los detalles que yo tengo contigo.

—Y no tienen por qué serlo. Tú aportas mucho a esta relación que yo nunca podré.

—¿De qué estás hablando?

—Eres divertida, muy positiva, alegre, y yo…

—Eres tonta perdida. Es cierto, salgo perdiendo en esta amistad. Quizá sí me merezca las botas.

—Digo que el dinero no tiene valor para mí si no me permite cuidar a quien quiero —empujo la caja de las botas en su dirección sin mirarla, y sí, poniendo morros.

—¿Acabas de decir que me quieres?

Alzo la vista y de repente estoy roja como un tomate. Darcy lo ha preguntado muy alto y toda la biblioteca nos mira como si estuvieran esperando el «sí, quiero» del futuro matrimonio lésbico de North Star.

—¡Pero serás! —Darcy se lanza a mis brazos con los ojos brillantes de lágrimas—. ¡Esto no se hace!

Mi vena competitiva se siente satisfecha.

Hemos ganado. Se queda las botas».

Sonrío como una tonta y me pregunto qué pie calzará Keira. Me acerco al hombre que ha hecho posible todo esto, el que me dio la oportunidad cuando todos me cerraron la puerta.

—Lucian, ¿puedo hacerte una pregunta?

—¿Tiene que ver con la carrera de pasado mañana?

—Mmm, no —admito y sus hombros caen de inmediato.

—Pues no me asustes en vano, ¿quieres, niña?

Asiento.

—¿Puedo pegarle esto a mi casco? —le enseño la pegatina.

—¿Qué son? ¿Unos labios?

—Sí, de las Bratz. Unas muñecas que… —carraspeo—. Es una tontería.

—Haz lo que quieras mientras no tapen el logo de ninguno de nuestros patrocinadores. —Me deja atrás como si hubiera cubierto el cupo de minutos de charla que está dispuesto a tener conmigo.

Pero un éxito es un éxito.

Darcy

Sábado, Indiana, EEUU.

—¿Qué es una chicane? —pregunta Keira antes de que empiece la Q1, apalancada conmigo en el sofá bajo un par de mantas.

—Si te digo la verdad, todavía no entiendo la mitad de la jerga.

—¿Qué diría Jace Dubois? —me mira con perspicacia.

—Se llevaría las manos a la cabeza de forma reverencial y elegante. A ver qué dice internet. “Secuencia de curvas cerradas y pronunciadas, frecuentemente en forma de S” —leo—. Suena fácil.

—Ya me estoy poniendo nerviosa. —Keira se lleva la mano al pecho—. ¿Cómo puede hacer esto Lina?

—No lo sé, pero tampoco sé cómo puedes ir tú a las olimpiadas y sé que en unos meses vas a bordarlas.

—Te sorprenderá saber que esa comparación no me pone menos nerviosa.

—Lo siento —me muerdo el labio para no soltar una carcajada y golpeo el sofá a mi lado—. ¿Quieres oír algo terrible? Leí que a Marcus Torrent lo apodaron «el nuevo Lucian Hendrix» porque empezó su carrera ganando de manera tan agresiva y salvaje como él.

—De verdad, algunos periodistas deportivos tienen la sensibilidad de un estropajo. Pobre Lucian. Me parece que hacerse con la escudería y fundar Leik-GP después de lo que le pasó es una manera genial de quedarse en el mundillo. Así al menos puede ayudar a otros a cumplir su sueño.

—Ya te digo. Según he leído Marcus perdió la vida en Monza, el circuito italiano. Imagino que para Koven será un mal trago cuando la temporada los lleve hasta Italia.

—Él también tiene un gran corazón.—Keira me aprieta la mano, nerviosa como yo.

En la tele, dan la señal y empieza el espectáculo.