Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 3 2
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Capítulo 3 2

Koven Alasdair

Antonov no tiene mundo para correr.

—Así que hay un montón de titulares sobre ti, con fotografías en las que sales tú a punto de zurrar al piloto que le dio el toque a Lina con el coche —resume el profesor al mando del laboratorio de North Star en el que estoy, al que ahora quiero prender fuego.

—Chocó contra ella —puntualizo—, tan fuerte que la sacó de la pista. Y van a amonestarlo por haberlo hecho a propósito.

—Quieres decir que estás trabajando para que lo amonesten.

—Eso he dicho.

—¿Y hasta ahora cuál es el veredicto?

—El veredicto real no me lo darán hasta que comprueben otra vez las pruebas tal y como les he pedido.

Mi único amigo tiene pinta de estar aguantándose la risa. Creo que voy a dejar viuda a Keira. No pasa nada, encontrará algo mejor. Yo puedo ayudarla a buscar remplazo desde la cárcel.

—Contéstame a dos cosas, ¿no eras tú el que no quería que empezaran a cuchichear sobre vosotros en plan romántico porque eso podía perjudicar a Lina? Y la otra, ¿salís bien en las fotos?

—¿No las has visto? —aprieto los dientes.

—De hecho, sí.

—¿Y entonces por qué preguntas?

—No podía desaprovechar la oportunidad de tocarte las narices.

Me froto las sienes y me dejo caer sobre uno de los taburetes negros del laboratorio que demuestra que los científicos no saben una mierda de ese lugar tan famoso llamado IKEA.

—Soy gilipollas.

—Qué va —me da unos golpecitos en la espalda.

Alzo la cabeza y estrecho la mirada.

—¿Vas en serio? ¿Acaso no te has oído, tío?

—También he leído los artículos. Te tachan de sobreprotector, de agresivo.

Sí, en algunos casos ponen en duda si lo que te pasó te ha vuelto así o si acaso se trata de una cuestión de género y lo haces porque es tu primera piloto.

Pero por el momento no hay cotilleos románticos.

Estabas tan cabreado contigo mismo que ni los has leído, ¿a que no?

Me conoce demasiado bien.

Creo que ha llegado el momento de dejar de ser amigos.

Esa noche tampoco puedo dormir. Creía que me desmayaría por agotamiento, pero no puedo dejar de darle vueltas a los diagnósticos de los médicos. ¿Y si se equivocan? ¿Y si le ocurre algo y está sola? Una melodía me trae de vuelta al presente y veo que Brutus me llama sin importar lo tarde que es.

Descuelgo el teléfono, no sé por qué.

—¿Qué?

Lo primero que oigo es su risa.

—Sabía que estarías despierto.

Lo último que necesito es que cuiden de mí, pero después de diez minutos hablando me doy cuenta de que esa es precisamente su intención.