Capítulo 3 1
Lina Dimettri
El oído me pita y la espalda se me queja. Tardo un segundo al entender que hemos chocado. Ha pasado tan deprisa que en un abrir y cerrar de ojos estoy en la grava y la parte frontal de mi F1 ya no está adherida a él.
Miro a mi alrededor y el único monoplaza que veo es el de Antonov.
No, ¡¡no, NO!!
A la mierda la carrera. Gruño de rabia y solo entonces soy consciente de los alaridos en mi oreja.
—¡¿Estás bien?! Lina, responde —JJ y Alasdair se alternan para volverse locos.
Les contesto que sí, pero no parecen convencidos. Oigo los gritos de furia de Antonov antes de que salga de su F1 y venga a disculparse.
¿Quiero darle un puñetazo en la nariz? No, uno no: dos. Y luego un rodillazo en la cara. Pero por deportividad, acepto sus disculpas. Me alegra ver que está bien, en el fondo ha sido un choque leve.
Sacan la bandera amarilla, los afortunados que todavía circulan reducen la velocidad y no pueden adelantar a nadie en este tramo. Pese a que ambos coches han ido a parar fuera de la carretera, los comisarios entran a retirar piezas y en cuanto la limpian, se vuelve verde.
Para entonces, yo ya estoy con los míos. ¿La única pega? No lo hago sola. Antonov viene a disculparse con el equipo pese a que le he dicho que no es una buena idea tres malditas veces. No le importa, dice que va “con su código”. Serán sus estúpidas tres últimas palabras.
—¿De verdad estás bien?
—Menudo susto.
—Ibas tercera joder, qué cabrón.
Brutus, JJ y George se alternan para hablar unos encima de otros, pero el que me preocupa es Alasdair.
Nadie podría describir mejor el sentimiento de furia que un estoico perdiendo los papeles por primera vez.
Alasdair no espera a que ninguno diga nada.
Me ve las heridas en la cara y las manos y lo acusa de haberlo hecho adrede.
—Yo nunca… —Antonov no termina la frase porque, de la nada, Alasdair le suelta un puñetazo en la cara.
—Dios mío.
Todo el box se revoluciona.
—Vamos a calmarnos todos, ¿vale? —Brutus media mientras hacemos por separarlos.
*Unos de manera más entusiasta que otros*. Pero Alasdair está fuera de sí y mi corazón no debería latir tan deprisa mientras lo oye gritar que va a matarlo.
—No era mi intención.
—¿Por qué te has acercado tanto si no era tu intención, gilipollas?
Las cámaras lo captan todo y maldigo el espectáculo y las represalias que nos vamos a comer por esto. Empujo a Alasdair dentro, lejos de la zona de boxes, de Antonov, de las cámaras y de todo.
—¿Te puedes tranquilizar? ¿Respirar, por lo menos?
—Tiene cuarenta putos años, ese cabrón sabía lo que iba a pasar si se acercaba tan…
—Estoy bien.
—Él no lo estará.
—Eh —cojo sus manos heridas y solo entonces deja de revolverse como un puma enjaulado—, estoy bien.
Me estrecha entre sus brazos en cero coma con la intensidad que necesito.
Si una parte de mí creía que ahí acababa la cosa, ay… ojalá.
Voy a perder el avión y a quedarme sin mis preciadas partidas al UNO.
¿Por qué? Porque los paramédicos que estudian mi estado después del accidente, allí en el circuito, no le valen.
Alasdair insiste en llevarme al hospital.
Así que mientras todo el equipo cruza la puerta de embarque, yo aparco el culo en una cama de hospital.
—Eres un cabezón. Te he dicho que estoy perfecta. ¿Quieres que te baile un tango a lo Shakira? ¿El Baby Shark, por los viejos tiempos?
Ni siquiera me contesta. Está tan enfadado que solo aprieta la mandíbula y llegado un punto se va a por algún personal médico. Decido coger el teléfono y responde una llamada de alguien que sí me escuche.
—No se puede discutir con él, desde el accidente está que muerde —le cuento a Loïuan—. Pero ya le he explicado que Antonov estuvo maldiciendo todo lo maldecible y luego vino a disculparse. Primero conmigo y luego con todos vosotros.
—Mala idea, girl.
—Ya, yo también se lo dije —exhalo frustrada—. Sé que ha sido un accidente, he visto las grabaciones. Además, todos conocemos la forma de conducir de H. D. Antonov.
—¿Un piloto puede volverse mucho más temerario de la noche a la mañana? Tal vez —comenta George ya que me tienen en manos libres.
—Fue un accidente —repito.
—No es a nosotros a quien tienes que convencer, aunque nos alegra que estés bien.
Cuelgan porque tienen que ir a por sus maletas.
Vuelve con el médico, —quien tiene cara de querer asesinarlo tanto como yo—, y el especialista nos dice que estoy bien. Que acuda a un hospital si siento mareos, vomito o si algo cambia en mi espalda, pero que con un poco de reposo ni siquiera hará falta que me salte la próxima carrera.
Alasdair no parece en absoluto satisfecho con el diagnóstico.
—Este debió ganarse el título en una tómbola.
Doy gracias de que haya esperado a que saliera por la puerta.
—¿Serviría de algo si te dijera que estoy bien?
Endurece la mandíbula mientras me acaricia el pelo. El gesto es tan íntimo y dulce que me deja de piedra.
—Di que le odias.
—Oh, sí, desde luego. Antonov da asco.
Se inclina hacia mi mejilla amoratada y la besa, como si no hubiera oído el clarísimo tono sarcástico con el que lo he dicho.
—Buena chica.
La parte baja del estómago se me contrae a traición y siento cómo me pongo cada vez más roja.
Cedí en lo de ir al hospital en Austria, sí, pero en el manual del mentor pirado, al parecer, eso no evita que en cuanto aterrizamos en Indiana, Alasdair me arrastre a otro.
No ha comido nada desde el accidente. Apenas hace otra cosa que observarme como si me fuera a desplomar en cualquier momento.
Le pido que me traiga una barrita de la máquina expendedora, pero irónicamente se olvida de mí cuando vienen los médicos.
No sé si quiero matarlo o meterle la lengua en la boca.
Pero lo que no me esperaba era que, cuando el doctor de turno le dice que estoy perfectamente, *porque lo estoy*, y Koven Alasdair se va para ofenderlo y pedir una segunda opinión, *que en realidad es una quinta*, mi mejor amiga entrara por la puerta.
—¿Darcy? ¿Qué haces aquí?
Mocosa, despeinada y con los ojos tristes. Casi no parece ella.
—He tenido que enterarme por otro que estabas en el hospital. ¿Qué clase de zorra eres tú? ¿Te puedo abrazar? —pregunta abrazándome—. ¿Te estoy haciendo daño?
—Estoy bien, puedes abrazarme. —La llamé yo después de que ocurriera porque sabía que estaría viendo la carrera.
Es evidente que no fue suficiente. Esta sensación es nueva para mí y lo admito sin darme cuenta—.
Ni siquiera mi madre se preocupaba tanto.
Ella sabía que si podía caminar por mi propio pie, estaba estupenda.
—No estás estupenda, tienes la cara amoratada. ¿Y que son estos arañazos en las manos?
—No son nada. —Es adorable que crea que eso es algo terrible.
Antonov también correría peligro con ella.
Darcy se sienta en la camilla a mi lado y me coge las manos.
—Mi hermana mayor… Supongo que ya sabes lo muchísimo que la quiero, ¿verdad?
Asiento. Monique y Darcy no tuvieron una infancia fácil. Al revés. Estuvieron ellas dos solas durante bastante tiempo. Darcy pudo beneficiarse de la generosa diferencia de edad entre las hermanas, pero Monique tuvo que darse prisa en crecer y coger las riendas.
—Pues un día, cuando yo tenía quince, Monique me dijo que se acordaba de la primera vez que me había cogido en brazos.
De cuando era solo una bolita rosada y llorona.
Dijo que me calmé en cuanto estuve en sus brazos y que sintió una conexión inmediata conmigo.
Que supo que haría cualquier cosa por protegerme.
—Dios, Darcy —me limpio el agüilla de la nariz.
—Pero dijo que no se acordaba de la última vez que me había cogido en brazos.
—Eso es un trend, lo he visto en internet —lloriqueo.
—Cállate y déjame acabar. El caso es que me pidió cogerme en brazos para recordar la última vez que me cogiera. La dejé pese a que era una adolescente que no paraba de repetir “esto es una ridiculez” y lloramos como dos pánfilas abrazadas la una a la otra.
—¿A qué viene esto? —sorbo por la nariz, moqueando como un bebé.
—Viene a que quiero mucho a mi hermana, Lina.
Muchísimo. Tanto que un día reviento. —Entonces ella se acerca y acuna mis mejillas entre sus manos—.
Pero a ti también te quiero como a una hermana, pedazo de idiota.
Y si tienes un accidente con tu F1 y acabas en el hospital, no quiero que me digas que estás bien.
¡Quiero que compartas ubicación y esperes a que llegue!
Nunca he tenido una hermana, pero estoy bastante segura que tenerla se parecería mucho a esto. Solo rezo porque Alasdair no decida entrar justo ahora porque si no Antonov no tiene mundo para correr.