Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 3 0
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Capítulo 3 0

Lina Dimettri

Tengo un demonio dentro. Uno que jura que va a convertirse en mi peor pesadilla. Miro el reloj que no avanza mientras el suplicio me quema hasta el último nervio. Se queda encallado en el tercer minuto por lo menos cincuenta y cuatro. Pero amaina al llegar al sexto.

Alasdair aparta la mano de mi boca cuando yo se lo pido y me limpia la sangre con el pulgar.

—¿Estás mejor? —pregunta ignorando su propio dolor.

Asiento, aunque todavía tengo ganas de llorar.

—No te contengas —dice colándose en mi cabeza una vez más.

—Es ridículo que tenga ganas de hacerme un ovillo y llorar como si alguien que no conozco hubiera venido a darme una soberana paliza y me sintiera triste. Esto lo ha hecho mi propio cuerpo y va a seguir pasando. Siempre —repito las palabras de Ferrinol—. Toda mi vida.

—No estarás sola.

De repente, una ráfaga de lava dulce se cuela bajo mi ropa cuando Alasdair mete la mano buena dentro de mi mono abierto y acaricia mi costado bajo la fina camiseta de tirantes.

—¿Qué estás…?

Su mano cálida sube y baja de forma rítmica y suave hasta que se topa con la línea de mis pechos. Ni siquiera los roza y ya me estoy muriendo por dentro.

—Quiero hacerte sentir mejor.

El corazón me da un vuelco cuando se inclina y me planta un beso en la franja de piel expuesta. Enredo los dedos en su pelo, incrédula de que esas cuatro palabras hayan salido de su boca. Una que llevo deseando toda mi vida.

Tiro de él para que se incorpore y lo hago yo también.

—¿Qué soy, tu proyecto de caridad? —susurro atontada, pero él no me mira a los ojos—. ¿Cómo tienes la mano?

—¿Puedo besarte?

Dios santísimo.

—No has respondido a mis preguntas.

—Es que ha sido tan ridícula que pensaba que no hacía falta. Y la mano la tengo estupenda. —Se le curva la sonrisa.

—Estoy oficialmente ofendida —y cachonda.

—Y preciosa —me coge del cuello con brusquedad y me atraviesa con el azul de sus ojos.

Puedo contar con los dedos de una mano las veces que un hombre me ha llamado preciosa, pero todas esas veces se esfuman para dejar espacio a esta.

—Un gesto de caridad sería que me permitieras besarte, Dimettri.

No soy de piedra y si lo fuera, sería una que a duras penas mantiene unidos sus pedazos.

—Sí… —Me inclino hacia sus labios, pero quien devora la distancia final es él.

No me abre la boca con delicadeza. Es intenso desde el minuto cero, no me trata como si fuera una muñeca rota y eso que acaba de ver cómo me desmorono. Toma posesión absoluta de mis labios, su lengua invade y conquista mi territorio hasta que no me queda más remedio que deshacerme entre gemidos.

Se separa de mí y me observa como si fuera algo inaudito.

Su pulgar se clava en mi mandíbula, obligándome a levantar la cara, y cuando su boca colisiona con la mía el beso es cruel y despiadado. No me prueba, me come. El ansia marca cada movimiento y baja mis defensas sin que pueda oponer puta resistencia.

Alasdair me besa como nadie lo ha hecho nunca, sacudiendo los cimientos de mi mundo y cambiando mis bases firmes por gelatina.

Sacude partes de mi cuerpo que ni siquiera toca.

Mis terminaciones nerviosas gritan de placer.

Mi sexo palpita de deseo. Tiemblo de necesidad y estoy a punto de subirme encima suyo cuando oímos a Loïuan anunciar que queda un minuto.

No puedo moverme porque su mano sigue firme en mi mejilla. Todavía oigo el viril «buena chica» que ha ido soltando cuando le he lamido el cuello. Cada segundo de lo que ha pasado en esta sala va a vivir para siempre en mi cabeza sin necesidad de pagar alquiler.

—Tengo que irme.

Casi antes de que termine, ya ha tirado de mí y me ha puesto en pie sin esfuerzo.

Antes de que pueda decir palabra su lengua recorre mi garganta y tiene que sujetarme para que no me caiga.

Cuando por fin cuadra los hombros y me mira, tiene los labios hinchados y una expresión severa.

Creo que quiere follarme duro contra la pared. Dios, me encantaría que lo hiciera.

—Nadie puede saberlo.

—¿Porque lo que hemos hecho está mal? —pregunto, lista para volver a subir los muros.

—Porque podría traerte problemas y estoy aquí para facilitarte la vida.

Alasdair bien podría haberme metido la mano en el pecho y estrujado el corazón con sus propios dedos, habría sentido lo mismo. En una de estas acabas conmigo.

—¿Y en privado?

Sonríe de manera torcida, me acuna las mejillas con las dos manos y me atraviesa con su dura mirada.

—¿Estás lista?

—Mejor de lo que he llegado, sin duda. Y gracias a ti, 师傅 2

—Tenemos que empezar a poner normas.

—¿Normas?

—Para que coexistir cerca del otro no sea una tortura —dice poniendo distancia literal entre nosotros mientras me mira como un león a una gacela.

—Adivino, ¿nada de mandarín?

Asiente respirando con dificultad. Me subo la cremallera del mono y salgo lista para pelear.

Faltan cinco vueltas para la setenta y uno.

No pienso reconocérselo ni muerta, pero lo que me ha hecho Alasdair con la lengua me ha permitido volver a la carrera de una maldita pieza. Parece que mamá me ha enviado un ángel de la guarda. Uno sexy, oscuro, salvaje, rudo y hambriento.

Cuando JJ me avisa por radio de que H. D. Antonov se acerca a mí por dentro de la curva, no pienso que esa va a ser la razón por la que no voy a acabar la carrera.