Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 2 9
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Capítulo 2 9

Koven Alasdair

Un Safety Car no es suficiente para cubrir los daños del choque de Xander Sazze y Jacob Alök.

Todos los pilotos vuelven a boxes mientras se arreglan los desperfectos en la pista.

Los que han chocado tienen diez minutos para hacer las reparaciones que puedan y el resto aprovechará para cambiar neumáticos.

Ni eso ni la carrera me importan una mierda, porque cuando la veo pálida y contraída, sé que está mal.

—No te preocupes, solo serán diez minutos —dice JJ, al suponer que solo está cabreada.

El berrinche que está teniendo Mikel nos viene bien. Me coloco frente a ella y ni siquiera tengo ganas de llamarla mentirosa. Estoy a punto de pedirle que me siga cuando dice:

—Ayúdame.

Tiro de ella y me la llevo a una sala silenciosa y con pestillo. Pasamos entre la gente volando. Echo el cerrojo y cuando me doy la vuelta, ella ya está en el suelo. Joder, ni siquiera en la banqueta.

—¿Cuándo ha empezado?

—No lo sé, es diferente. Ha sido lento. Me dolía… pero bien. Controlable.

—¿Te dolía «bien»?

Sacude la cabeza, con la cara roja, los ojos llenos de lágrimas y mordiéndose el labio con fuerza.

—Ahora ya no. —Se retuerce empapada en sudor.

Intento quitarle algo de ropa cuando acerca la mano a la cremallera del cuello como si se estuviera asfixiando. Le desabrocho el mono hasta la mitad y sus gemidos de dolor se vuelven gritos.

—Dime lo que necesitas.

—No puedes hacer nada. Mierda, no tenía que ser así… —se tapa la boca cuando el dolor la baña de nuevo.

Son como olas y las veo pasar a través de ella sin poder hacer nada para protegerla.

—¿Estás segura de que no…?

—No tiene nada que ver con correr —interviene jadeante.

—Te ha pasado dos veces después de conducir.

—Me ha pasado muchas más en mitad de la noche mientras dormía, ¿eso quiere decir que tengo que dejar de dormir? —se tapa la boca con la mano para contener el grito que le araña la garganta y le retuerce la espalda.

Aparto su mano y dejo que la mía ocupe su lugar. Abre los ojos como si no diera crédito.

—Muérdeme.

El turquesa se baña en el horror, en uno distinto al que le recorre el cuerpo. La siguiente ola es inminente. Intenta apartarme, pero no la dejo.

—Quiero compartir tu dolor, Lina, muérdeme.

Se aferra a mí con ambas manos y noto cómo su cuerpo la tortura, cómo la electricidad la atraviesa de pies a cabeza.

Lo hace. Me clava los dientes y rezo por zafarla de parte de su dolor.