Capítulo 2 6
Lina Dimettri
Días después. Red Bull Ring, Spielberg, Austria.
Ayer quedé segunda en la clasificación. Todo el mundo dice que es porque mi coche es el mejor de todos y, aunque es verdad, eso no explica por qué Mikel sale noveno por tercera vez consecutiva.
Asiento mientras Brutus me da unas últimas indicaciones antes de montarme en el F1. Alasdair llama mi atención metiéndose el mismo sobre de siempre en el bolsillo del pantalón y me pregunto si voy a morirme antes de saber lo que oculta.
—Lo vas a hacer muy bien, Lina.
—Tú creaste esta maravilla, te gusta ponérmelo fácil —le doy unos golpecitos en la espalda y troto hasta Alasdair.
JJ me intercepta.
—¿A dónde vas con eso?
Mierda, me llevaba los mandos del F1.
—Pasearlo por el box trae buena suerte, ¿no lo sabías? —se lo presto y lo dejo atrás.
Entro en la sala más importante de todas. O al menos, en la más interesante para mí.
—祝你好运.
—No me hables en mandarín —dice con la espalda recta sin dirigir los ojos en mi dirección.
—Te estaba deseando buena suerte.
Aprieta los labios como si quisiera guardarse sus opiniones, pero le estuviera costando. Me mira como si le pareciera mona. No atractiva, como si quisiera guardarme en su bolsillo o algo así. Tengo el cuello y los brazos demasiado desarrollados como para caber en un bolsillo.
—¿Por qué sabes mandarín? —su tono de voz es más profundo que el pozo del que sale la niña del pozo.
No sé si he cerrado la puerta al entrar, pero creo que nos hemos quedado solos en el mundo.
—Mi madre creía que holgazanear era una pérdida de tiempo irrecuperable.
—¿Qué voy a hacer contigo, Dimettri?
—Podrías venderme al mej… —alzo la cabeza cuando me enjaula entre sus brazos y la pared—, mejor postor.
—Prométeme que vas a tener cuidado ahí fuera —habla tan cerca de mis labios que no puedo respirar.
Su boca es la obra de arte más bonita que he visto en mi vida. Y quiero comerme esa obra de arte.
—Lo tendré.
—Prométemelo mejor.
—¿Para qué escudería pilotó Sebastian Vettel cuando ganó su último mundial? —pregunto y juraría que murmura algo como «cerebrito»—. Contesta.
—Red Bull Racing —separa los labios para pedirme que pare, pero no le dejo.
—¿Con qué escudería consiguió Michael Schumacher sus cinco títulos consecutivos? Venga, esta te la sabes, jefe.
—Ferrari. Lina… —me aparta el mechón que se ha escapado de mi moño deshecho y me acaricia la mejilla con el pulgar.
Mi corazón palpita a toda velocidad cuando giro la cabeza y le doy un beso lento a dicho dedo. Su contraataque es jugar con mi labio inferior mientras su otra mano acaricia mi cadera y me pega contra sí. No hay ninguna parte de mi cuerpo que no esté ardiendo.
—¿Y mi segunda piloto? —La voz de Lucian Hendrix nos sobresalta desde fuera.
La cara de Koven se contrae con recriminación a sí mismo y cierra los ojos con una maldición escrita en el silencio. «No volverá a pasar», eso fue lo que dijo.
—¿Dimettri? —insiste Lucian.
—Vete —pide y yo obedezco.
Lo hago. Con las piernas de gelatina, pero obedezco. La adrenalina zumba por mi cuerpo con un nivel de violencia mil veces más salvaje que de costumbre.
—¿Qué hacías ahí? —pregunta Lucian estrechando la mirada cuando me topo con él en el pasillo.
—Buscando a Alasdair. No le encuentro por ninguna parte. ¿Sabe que la carrera está a punto de empezar?
—Él ahora da igual, sube a tu monoplaza, Mikel ya ha salido.
Atravieso el jaleo del box, cojo el casco, me pongo los auriculares y ocupo mi sitio. Porque es mi sitio. Loïuan me lanza una mirada de buena suerte y me doy cuenta de lo mucho que adoro al chaval. Tiene a su madre enferma y aun así es pura luz.
—Lo he paseado, como a ti te gusta —dice JJ antes de devolverme los mandos.
—Gra-gracias. —A duras penas contengo la carcajada.