Capítulo 2 5
Lina Dimettri
Sigue haciéndolo hasta el ascensor y no me dirige la palabra cuando le pregunto a dónde me lleva. Las puertas del ascensor se cierran con nosotros dentro.
—¿Se puede saber cuál es el plan? En serio, sé que eres tú el que toma todas las decisiones aunque soy yo la que se juega la vida, pero sería genial tener el más mínimo conocimiento sobre el itinerario. Jefe.
Me mira y sus ojos son pura antracita. Ya no hay rastro del azul gélido, solo veo maldita oscuridad. Solo entonces me percato que sus mejillas están rojas, y su cuello también.
No me ha soltado en ningún momento, pero cuando salimos del ascensor, aprieta más su agarre. Me lleva hasta la zona de boxeo del gimnasio. Solo me libera para ofrecerme los guantes.
—Póntelos.
—No me apetece entrenar más, todavía estoy agotada de…
—Que te los pongas. —Su tono hace que el cosquilleo inapropiado que siempre me acompaña cuando lo tengo cerca reverbere todavía más fuerte.
Aprieto los labios.
—Claro, se me olvidaba que yo no decido.
Debo ser muy lenta porque me ayuda a ponérmelos con una brusquedad cargada de delicadeza, si es que eso tiene algún sentido.
—¿Y los tuyos? —pregunto.
—Pégame.
Me lo quedo mirando. Es una pena que no haya nadie más en este inmenso gimnasio para poder preguntarle «¿tú has oído lo mismo que yo?».
—¿Estás de broma?
—No te lo voy a repetir. —Sus ojos lanzan dagas, pero lo que más me cabrea es que incluso ahora, cuando me está dando lo que quiero, ¡lo hace con putas órdenes!
Dejo a un lado la sonrisa irritante y saco las garras. Le lanzo el puño directo a la cara, pero lo esquiva. Al pecho. No le doy. Se mueve tan rápido que casi ni le veo. Intento golpearle donde sea, pero el capullo es más rápido que yo.
—¿De qué mierda sirve esto si no dejas que te alcance? —voy a por su cabeza, pero se agacha antes de que le roce.
Ni siquiera se despeina.
—No voy a regalarte nada. Ni ellos tampoco.
Me cabrea de verdad. Le lanzo patadas y a duras penas tiene tiempo de esquivar todos mis ataques. Soy una furia descontrolada y ni siquiera me importaría hacerme daño con tal de hacérselo también a él.
—Eso ya lo sabía, ¡pero ellos nunca me dijeron que formábamos un buen equipo! —bramo rabiosa. Esta vez mi derecha sí alcanza su hombro, pero cuando la patada de mi pierna izquierda se alza hacia su cadera, él me la coge.
Muevo la otra dispuesta a darle un rodillazo en los huevos y caemos al suelo en una maraña de brazos y piernas.
Sentir su peso contra mí, aplastándome… El roce de su piel, de sus dedos, de su ansia mientras noto cómo sus movimientos se tiñen de esa deliciosa posesividad… Me propina un placer demencial.
Debería odiarme por desearle tanto.
Debería odiarlo a él más de lo que lo hago.
Me reduce hasta que no puedo moverme ni siquiera un poco.
—¿Qué voy a hacer contigo, Dimettri?
—Despídeme, porque no creo que pueda ser quien necesitas. —Le rodeo la cintura con las piernas e intento darnos la vuelta para colocarme encima y poder darle la somanta de puñetazos que se merece.
—Deja de moverte así —gruñe, pero no pienso parar, nunca lo haré.
—¡Tú y tus malditas órdenes! —Me mezo contra él dispuesta a ganarle el pulso, fantaseando con cuántos ojos morados voy a dejarle.
Quizá pueda remodelarle la cara entera. Hacerle una nueva que vaya más acorde con su personalidad y deje claro a todo el que la vea que es un soberano traidor.
—Deja. De. Moverte. Así. —El sonido áspero y ronco que emite su garganta casi me arranca un gemido de la mía.
Me aprieta más, me domina. Y me gusta horrores.
Alcanzo un nivel de ira desconocido.
Alasdair mira un punto de nuestros cuerpos y yo aprovecho la oportunidad para morderle. Sí, literal. Le clavo los dientes en el cuello y junto al sabor salado de su piel caliente, saboreo la queja de su cuerpo al recibir una mísera gota de todo el dolor que lleva asfixiándome desde Mónaco.
Lo que no entiendo es por qué, en lugar de la explosión de satisfacción que merezco, me siento tan mal al hacerlo. Dejo caer la cabeza contra el suelo y permito que sus ojos me encuentren pese a que los míos ahora están llenos de lágrimas.
—¿Sabes? He pensado un millón de cosas. Que trabajas para la competencia. Que en realidad solo estás jugando conmigo. Que nunca has tenido la más mínima intención de tomarme en serio como piloto.
No sé qué odio más, haberme puesto a llorar o la forma que tiene Alasdair de mirar mis lágrimas como si le estuvieran quemando por dentro.
—Lo siento. Lo que hice estuvo mal.
—Pero lo volverías a hacer.
—Repetiría lo que ocurrió en Mónaco, sí. Pero no te lo volveré a hacer.
—¿Qué mierda de confianza esperas que tenga en ti después de eso?
No entiendo por qué tiene las orejas rojas hasta que la ira amaina un poco y me permite sentirlo. Sentirle a él.
Contra mí.
Es cierto que todos los rincones de su cuerpo son puro músculo duro, pero contra lo que me he estado frotando…
Es otro tipo de dureza. Mis labios se separan al tiempo que empalidezco y entro en combustión espontánea, todo a la vez.
Alasdair me suelta y se aleja de mí lo justo para no seguir tocándome.
—Le pedí que no lo hiciera.
—¿Qué? —pregunto desorientada.
—Hablé con Marcus de su estrategia tres noches distintas durante la semana previa a su accidente. Le pedí que no lo hiciera. Se lo ordené. Pero él…
—Lo hizo de todas formas.
Asiente despacio. Recuerdo bien las imágenes. La pista estaba muy mojada, llovía mucho, tal y como se preveía. Marcus atacó en una curva difícil demasiado rápido y salió mal.
Su F1 salió despedido. Voló por los aires con él dentro y al caer, el coche se volvió una bola de fuego.
Marcus nunca salió del coche.
—Sí. Lo hizo de todas formas. —La camiseta que lleva puesta no es barrera suficiente para mí.
Sé el punto exacto del antebrazo en el que tiene la quemadura.
El coche de Marcus cayó y ardió muy cerca de su parada en boxes. Alasdair cometió algunas infracciones, pero fue el primero en llegar. El único que se quemó intentando sacar del Fórmula 1 a alguien que ya no estaba vivo.
—Me juré que nunca volvería a tener la vida de nadie en mis manos —sus ojos se llenan de reproche al mirarme.
—No la tienes. Marcus conducía. La responsabilidad de lo que ocurrió fue solo suya. Y lo que me pase a mí, será la mía.
—No lo entiendes. —Se levanta y lo imito, solo para verlo pasearse delante de mí—.
Marcus no debería haberlo hecho. Trabajábamos juntos.
Éramos un equipo. Discutimos sobre esto y le demostré que era un error.
Debería haber entendido que el riesgo no merecía la pena, yo debería habérselo hecho entender.
Y que él te traicionara es culpa tuya.
Porque no le convenciste. Porque no fuiste un buen mentor.
Murió “por tu culpa” y por eso te alejaste de la F1.
—Eres ridículamente cruel contigo mismo. Pero ahora entiendo de dónde te viene el afán obsesivo de control. —Sacudo la cabeza—. Podríamos haber tenido esta conversación antes de Mónaco y habernos ahorrado muchas discusiones.
Me mira y de repente no parece el intimidante Koven Alasdair, el sabiondo de la F1 diez años más mayor que yo que ha llevado a la cima piloto tras piloto con quien ha trabajado.
Parece un crío hecho trizas. Alguien a quien no han dejado de sangrarle las heridas durante cuatro largos años.
—¿Has pensado en contárselo a alguien alguna vez? ¿A un profesional?
—Le diré a mi terapeuta que crees que su trabajo no ha servido para nada.
—Lo siento.
Sacude la cabeza.
—No podría haber aceptado la oferta de Lucian si no fuera por Beckham. Y me alegro de haberlo hecho, Lina. Sé que puedo ayudarte.
El corazón se me contrae por cómo me mira, pero no pienso ilusionarme tan rápido.
—No volverás a hacer nada ni remotamente parecido a lo de Mónaco. Prométemelo. Nunca más me volverás a hacer perder con tal de darme una lección.
—Hecho. —Me ofrece la mano, pero no se la acepto.
—No, lo digo en serio —exhalo—. Si vuelves a hacer algo así, seré yo quien deje Leik-GP.
—Tienes mi palabra.
El alivio me inunda las venas, porque le creo.
—Aclarado, entonces —le acepto el gesto y acto seguido el me ayuda a quitarme los guantes de boxeo.
Esta vez rebosa delicadeza.
—Una cosa más —dice cuando doy el primer paso hacia el ascensor—. Quería pedirte perdón.
—¿No lo has hecho ya?
—Por eso no. —Aprieta la mandíbula y mira al suelo, justo donde hemos acabado.
Siento cómo me baña una lluvia de lava.
Ardo de pies a cabeza.
—Ahhhhhh. Eso. No… No ha sido nada.
—No volverá a pasar.
Asiento. Me gustaría decirle que no me ha incomodado lo más mínimo y que, probablemente, ahora que mi ego no tiene que preocuparse por odiarle, incluso fantasearé con el tema en los momentos más inapropiados posibles. Pero no me atrevo.
—Alasdair, quiero pulsar el botón del ascensor, ¿pero me vas a pedir que no lo haga cuando ya me haya inclinado para…? —no puedo reprimir la risa que me arranca la mueca hastiada que pone—. Perdona, era para relajar el ambiente, se había quedado un poco tenso.
—Eres tan amable.
Esta vez cuando sonrío, él también lo hace.
Llegamos con el resto y pasa lo que pasa.
—¿Solucionado? ¿Cómo? ¿Se ha arrastrado? ¿Mucho? ¿Qué te ha hecho? Eres otra persona, apenas queda odio en tus bonitos ojos —dice Darcy, que no sabe muy bien qué hacer con todas las armas para el linchamiento que ha tenido la delicadeza de traer a Leik-GP.
—Hemos hablado. Me ha prometido que no volverá a hacerlo —explico en voz baja mientras él habla con Alek Sant Delphi.
—¿Y le creemos? —Darcy arruga la nariz, dudosa.
—Yo creo que sí que le creemos —dice Keira y en cuando asiento, se quita la camiseta como si llevarla le hubiera pesado en el alma.
Me cae bien.
Le doy un buen abrazo a Darcy, y atreviéndome a coger a ambas del brazo, les enseño las instalaciones sin dormirme en los laureles porque tenemos mucho trabajo. Aunque la verdad, me encantará que ellos estén por aquí mientras hacemos pruebas.