Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 2 2
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Capítulo 2 2

Lina Dimettri

Mónaco no fue mi mejor carrera. Sexta no es la posición con la que soñaba cuando estaba en el hospital, pero lo que más me duele no es eso. Soy una rencorosa. Creo que el día en que me muera seguiré machacando el muñeco de budú de Alasdair con chinchetas.

A la semana siguiente competí en Barcelona. Octava. Empiezo a comerme la cabeza y a dejar que los comentarios de Mikel, los de la prensa y los de internet me amilanen.

Este fin de semana no hay carreras y el equipo está decaído. Y yo sigo rabiosa. Estoy bastante segura de que nunca voy a dejar de estarlo. Ni de odiar a Koven Alasdair.

Hemos terminado el entreno hace cosa de quince minutos, pero cuando he salido de la ducha, él no estaba allí. Tampoco lo encuentro en el box, pero sí en su despacho.

—¿Tienes un minuto, jefe? ¿O tengo que solicitarlo por radio? —digo al entrar sin llamar.

—Dime.

Camino hasta la neverita que tiene junto a su mesa, la abro con actitud pasivo-agresiva y saco una botella.

—Solo por asegurarme, ¿eh? —hago un gesto con la botella sonriendo de oreja a oreja—. ¿Puedo beber? Tengo sed, pero, dime, ¿me vas a pedir que escupa el agua antes de tragármela? Te lo digo porque preferiría no conseguir algo que ansío tener si al final vas a arrebatármelo.

—Puedes beber, tranquila —dice sin inmutarse.

Aprieto la botella y el crujido del plástico es lo único que retumba por la sala.

—¿Y salir ahí fuera? Brutus me ha dicho que van a llegarnos unos packs de mejoras para el coche y quería saber mi opinión. ¿Crees que puedo dársela? Porque no me gustaría quedarme a mitad de frase.

—Lina.

—Oye, y ya que estamos. Me pica el codo, ¿puedo rascarme? ¿O vas a pedirme que deje de hacerlo antes de estar totalmente satisfecha? Odiaría tanto que eso pasara.

Alguien llama a la puerta de su despacho y el cretino lo invita a pasar.

—Koven, ya están aquí.

—Gracias, Loïuan. Enseguida voy.

Alasdair tiene la desfachatez de largarse de su despacho cuando todavía no he terminado de ser un engendro odioso. Lo persigo intentando no escupirle en el cogote mientras camina hacia dios sabe dónde.

No llegamos al box donde están todos los demás.

—Sorpresa —dice una voz dulce, cálida y reconocida, la única persona que me apetecería ver incluso teniendo un humor de perros como el que tengo.