Capítulo 2 1
Lina Dimettri
No oigo los gritos de la gente, ni el jaleo de la pista.
Cuando me bajo del Fórmula 1 casi me llevo por delante parte del coche con la rabia.
El camino hacia el box sirve para cabrearme más.
Esquivo a Lucian, a Brutus y voy directa hacia él que tiene la desfachatez de estar esperándome con las manos metidas en los bolsillos, como si no hubiera hecho nada.
—¿De qué mierda ha ido eso? —grito.
—Te he dado una orden y no me has obedecido a la primera.
—¡Te he obedecido!
—Sí, más o menos. Para ser tan rápida, has dudado. Pero lo importante es que lo has…
—¡He renunciado a la puta pole position por ti! ¡¿Puedes explicarme a qué mierda ha venido eso?!
—Cálmate.
Su voz es una daga directa a la tráquea.
Me mira como si tuviera derecho a recriminarme algo. Se da la vuelta y me pitan tanto los oídos de la furia que a duras penas oigo el gutural «ven» que me suelta.
Entramos en una sala, pero bien podría ser el infierno porque lo veo todo rojo. El jaleo exterior solo se ensordece cuando cierra la puerta, pero teniendo en cuenta que no es insonorizada, ya podría dejarla bien abierta.
—¿Qué mierda ha sido eso? —vocifero—. ¿Es que vas contra mí? ¡¿Toda esa basura de que éramos un equipo, no eran más que putas mentiras?!
Su cuerpo barre el mío contra la pared. Las manos de Alasdair alzan las mías y toma absoluta posesión y control sobre mí, y sobre la situación.
—Si puedo ser sincero contigo estaba seguro de que no ibas a ser capaz, pero me has demostrado estar equivocado. Has pasado la prueba. Ahora sé que puedo confiar en ti.
—No te había dado motivos para dudar —digo con todo el odio con el que pueden cargar unas palabras.
—Eres agresiva, te arriesgas demasiado y tu competitividad roza lo imperdonable. Una vez te subes al F1 me has dado mil razones para dudar de ti. Pero has pasado la prueba —me suelta y me desprecio por la añoranza de mi cuerpo a su contacto—. Ahora lo que vamos a…
Lo interrumpo con un grito de ira contenida, porque dejarla salir es la única manera que se me ocurre de calmarme, de no matarlo y de no volverme loca. Tres por uno.
Debería matarlo. La grapadora que hay encima de la mesa parece el arma del crimen perfecta. Estoy rabiosa. Furiosa conmigo misma al reconocerme que lo volvería a hacer porque él es la única manera que tengo de estar en el equipo. DIOS, CUÁNTO LE ODIO.
Admito que la cara con la que me mira Alasdair cuando termino de gritar, como si hubiera perdido la cabeza del todo, no tiene desperdicio.
Durante los siguientes segundos, solo escucho mi respiración agitada. Cuando estoy un sesenta por ciento segura de que puedo aguantarme las ganas de usar la grapadora unos minutos más, pregunto:
—¿Cuál es el plan?
—Pensarán que lo que ha sucedido en la Q2 ha sido pura suerte y te subestimarán. Mañana en la carrera nos aprovecharemos de ello.
—Lo tenías todo pensado.
—Sí.
Me arde la garganta. Cuando me ha deseado suerte sabías que no la iba a tener. Sabías que ibas a joderme pero bien.
—Siempre vas un paso por delante.
—Es la razón por la que te sirvo. —Se acerca a la puerta y yo con él, pero no llegamos a salir de la sala—. Una cosa más, no vuelvas a discutir conmigo en público.
Habla tan cerca de mí que puedo reprocharle todo lo que me ha hecho a su estúpido iris.
—¿Porque mancharé tu reputación?
—Porque joderás la tuya. —Tira de la puerta y desaparece sin mirar atrás.
Cierro la puerta de golpe cuando descubro que todavía no he terminado de gritar.
Darcy
Domingo. Día de carrera.
—¿Qué estamos haciendo? —Mi amiga de larga melena blanca se detiene en el marco de la puerta de mi salón con dos botes de palomitas más grandes que su cabeza.
—Odiar a voz en grito y esperar a que den la salida. —Golpeo el asiento a mi lado en el sofá y empujo el batido de vainilla con sirope de vainilla en su dirección.
—Somos dos chicas la mar de polifacéticas. —Asiente cogiendo un puñado de palomitas del bol que no ha dejado frente a mí—. ¿Y por qué en tu camiseta pone «odio al sucio Koven Alasdair»?
—¿Porque le odiamos? —digo en tonito repelente.
Hoy me he levantado de lo más insoportable.
—Valep —Keira se acomoda a mi lado en el sofá y no hace más preguntas.
Es lo bastante buena amiga como para fingir que odia repentinamente a un tío que sé que le cae bien.
—Ayer la pobre Lina perdió la pole position cuando ya era suya porque el caraculo de Koven decidió que debía ponerla a prueba y estar seguro de que obedecería sus órdenes incluso en los casos más extremos.
—Ohh…
—¿Qué? ¿Por qué pones esa cara? Key más te vale empezar a decir palabrotas a diestro y siniestro o nuestra longeva y perfecta amistad va a tener su primera crisis.
—Tú sabes lo que ocurrió con Marcus Torrent, ¿verdad? Porqué Koven siempre está…
—¿Con pinta de querer morirse?
Hace una mueca triste al asentir.
—Sí, lo sé —exhalo—. Pero si iba a torturar a Lina por culpa de sus fantasmas lo mejor hubiera sido no aceptar trabajar con ella.
—Según me dijo Alek, Lucian Hendrix le dijo a Koven que si no aceptaba la oferta, la carrera de Lina estaba acabada. Ninguna escudería iba a darle una oportunidad.
Me pongo de morros, detestando con todo mi ser lo comprensiva y coherente que es mi amiga.
—Pero yo quiero odiarle. Lina estaba super triste y cabreada cuando me llamó ayer por la tarde. Hacer las camisetas-de-odio es lo único que la convenció de no convertirse en «la asesina de la grapadora».
Keira tiene el instinto de supervivencia suficiente para no reírse de mí en un momento como este.
—Lo entiendo. —Hace una mueca mirando mi camiseta—. ¿Has hecho alguna para mí?
La saco de debajo de los cojines y se la ofrezco. Lo mejor de todo, es que se la pone.