Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 2 0
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Capítulo 2 0

Lina Dimettri

Lucian no me avisó de que tendría que llegar antes al circuito para la rueda de prensa y pronto sé por qué. Dios, ya ni me acordaba de lo mucho que solía odiar estas cosas.

Reconozco que ha sido todo un detalle ver como Alasdair se cabreaba con él por no haberle informado. Lo cierto es que eso me da ganas de sonreír. Todavía estoy aclimatándome a la sensación de tener alguien en mi equipo.

La sala de prensa huele a café recalentado y a perfume caro.

Cámaras. Objetivos. Cuchicheos. Nunca me ha gustado el aura altiva de los reporteros, el hecho de que nos miren como si ellos fueran pilotos experimentados y nosotros solo una pandilla de novatos.

Como si les debiéramos el aire que respiramos.

Por si fuera poco, ¿al lado de quién tengo que estar respondiendo preguntas incómodas? ¿H. D.? Ojalá, pero él no forma parte de la escudería de Leik-GP, así que eso me deja junto a…

—Puede que algunos no recordéis su nombre, pero más os vale aprendéoslo. Lina Dimettri ha venido para quedarse. —La carcajada de Mikel atrae algunas del público y algunos cámaras aprovechan para captar su arrebatadora sonrisa de tío súper simpático.

—Hola, Lina. Robert Swanson, del Journal Empire Magazine. Muchos consideraban que ya estabas acabada. ¿Cuál es tu opinión al respecto? —pregunta un viejo reportero cuyo deporte favorito es sacar de sus casillas al personal.

—¿Que no?

El silencio en la sala se expande y yo busco a Alasdair entre los focos, pero no le encuentro.

—Samantha Wilks, hola. Volver un año después de lo que te pasó, es bastante impresionante, Lina. ¿Qué puedes decirnos de eso?

Pues que Niki Lauda tardó solo cuarenta y dos días en volver a la F1 después del suyo. Un año no es nada impresionante.

Respondo a las preguntas intentando ser maja, rezando porque esto acabe pronto. A Mikel le encanta que las cámaras y los focos se dirijan a él, y la verdad que me parece genial. Solo tengo una duda, ¿en algún momento empezará a temblarle la sonrisa de plástico esa que tiene?

—Considero que es genial que den a las minorías las oportunidades que merecen —dice el paliducho, en su línea de ser más falso que un billete de diecisiete dólares y medio.

Lo que hay que aguantar.

Estoy a punto de ponerme a dar saltos cuando me dicen que nos vamos al box. Al llegar encuentro a todo el equipo en sus puestos. Lo cierto es que ya los considero familia. Nunca he tenido una grande como tal, pero imagino que se parece a un cúmulo de personas cuyos ojos se iluminan al verte.

Es más de lo que yo jamás me atrevería a pedir.

Veo a Alasdair, observándolo todo desde una esquina. No sé si se creerá que es del tipo de persona que puede pasar desapercibida si le apetece, pero podría reírme largo y tendido en su cara de ser así. Fuerzo a mis pies para que no echen a correr hacia él.

—Tenía entendido que no tenías ninguna tradición —le digo cuando le veo guardarse un sobre sin abrir en el bolsillo del pantalón.

Alza sus ojos gélidos hacia mí. Todo su cuerpo desprende tensión.

—¿Y eso tú cómo lo sabes?

Me muerdo el interior de la mejilla. Pillada. Venga lista, ahora dile que es porque lo has estudiado al milímetro desde que eras una adolescente pringada.

—He hecho mis deberes —me obligo a encoger los hombros y a parecer segura.

Se levanta de donde estaba apoyado y me mira desde las alturas. El tío no sabe hacer otra cosa.

—Recuerda lo que hemos hablado —dice antes de irse.

Hoy no hemos hablado casi, así que dudo a qué se refiere. No importa, tú concéntrate en la clasificación.

Quedo cuarta en la Q1. Apenas tengo tiempo de alucinar o celebrarlo y… Quedo en primera posición en la Q2.

Dios. Santísimo. ¡¡Momento de hiperventilar!!

Es cierto que la decisiva es la Q3, pero estoy chillando por dentro. Por desgracia, una voz que no es la mía me asegura que todavía puedo fallar de forma estrepitosa. «Hasta la última vuelta puedes fracasar, hija, no lo olvides».

Por ti lo haré bien, mamá. Hemos conseguido estar de nuevo en la pista y parecía imposible, ¿no? Voy a darte algo de lo que estar orgullosa.

Empiezo la Q3 increíblemente bien. No hay otra manera de describirlo.

Bueno sí: bestial. Siento que estoy sola en la pista porque no tengo a nadie delante, pero la adrenalina se encarga de recordarme que un séquito de cabreados y competitivos pilotos están pisándome los talones.

«Recuerda que la suerte del principiante se acaba en algún momento», insiste mamá.

—Vas muy bien, Lina —dice JJ, y casi le pido matrimonio.

Estoy eufórica. Voy a quedarme con la pole position. Y mañana empezaré primera la carrera. Y volveré a la F1 por la puerta grande. Y entonces…

—Aminora.

La voz de Alasdair me hace fruncir el ceño. Le he oído mal.

—¿Qué acabas de decir? No te he entendido.

—Reduce la velocidad, Lina.

Una ráfaga fría me recorre los dedos que aprietan los mandos, me sube por los brazos y se me clava en la garganta.

—¿Estás de coña? —tomo la curva y acelero, si cabe.

El subidón se mezcla con una sombra amarga que sopla un viento gélido en mi nuca.

—Te he dado una orden.

—¿Pero por qué?

—Lina.

Santísimo hijo de… No me puedo creer lo que estoy a punto de hacer.

—Ahora —insiste.

Me aparto lo bastante y reduzco la velocidad tanto que es como si frenara. Mi cuerpo se va hacia delante y el cinturón me aplasta el esternón.

Cinco F1 pasan por delante de mí a la velocidad de un rayo durante el primer segundo y medio. Le pido explicaciones a Alasdair, pero él no me las da. Seis. Siete. La vena de la frente está a punto de reventarme.

Solo cuando estoy en décima posición me pide que acelere. No vuelve a darme ninguna otra indicación, pero ya no importa. He perdido demasiados segundos de ventaja. Por mucha prisa que me dé, mis tiempos van a ser un asco.

Y es justo eso lo que ocurre. Quedo la última en la Q3.

Y todo por culpa del puto Koven Alasdair.