Capítulo 1 9
Koven Alasdair
«—Koven, hijo, ¿puedo decir algo? —pregunta Brutus, el simpático señor de las pastas alemanas, asomado la puerta de mi despacho por primera vez.
—Claro, pasa, ¿necesitas que vaya a…?
—No, no, aquí está bien —cierra tras de sí y vuelvo a sentarme.
—Tú dirás —comento un tanto intranquilo.
Espero cierto desprecio por parte del equipo hacia Lina porque estoy al tanto de que el machismo es un virus que aún no se ha extinguido, ni en la Fórmula 1, ni en el mundo.
Y si es eso, pienso sacar las garras para protegerla.
Al fin y al cabo, Brutus es un hombre muy mayor. Sería lógico que algo de esto le pareciera demasiado innovador para su gusto.
—Hijo, llevo muchos años en este mundillo.
Más de cuatro décadas, en realidad. En este tiempo he visto a mucha gente ir y venir, pero las que se me quedan clavadas como una espinita en el pecho, ¿sabes cuáles son?
Las que valían para esto y abandonaron por tener un corazón demasiado grande.
Siempre me ha parecido una ironía cruel que los que se quedan sean los que no lo tienen —exhala y cuadra los hombros—.
Me alegra que hayas vuelto, vas a hacer mucho bien a la F1.
Tengo un nudo atravesándome la garganta sin la más mínima piedad. Me muerdo el interior de la mejilla con fuerza.
—No sé qué decir.
—¿Cómo decís ahora los jóvenes, «cringe»? Espero no haber dado cringe.
—En absoluto.
No recuerdo la última vez que quise abrazar a alguien, pero estoy a punto de levantarme y darle un abrazo a Brutus. Se marcha antes de que lo haga, dejándome a solas con mis prejuicios de gilipollas y en parte, haciéndome sentir muy bien conmigo mismo».
Sacudo la cabeza. Es viernes por la noche y me pregunto hasta cuándo seguirá pensando lo mismo Brutus. Si algo he aprendido es que decepcionar a la gente es inevitable. Deambulo por el hotel.
Las habitaciones de la última planta tienen una especie de sala común con vistas, abierta al exterior, a la que se llega a través del pasillo central.
Los únicos que podemos acceder a ella somos Lucian, Mikel, Lina y yo.
Disfruto del aire frío nocturno y de stalkear a la luna hasta que dejo de estar solo.
Lucian gruñe al ocupar la butaca contigua a la mía.
—Esta pierna me está matando —dice mientras suelta el bastón.
Recuerdo su accidente como si fuera ayer. Nunca se lo dije, pero su enemistad con el resto de pilotos y su necesidad de estar siempre por encima fue lo que provocó el choque que acabó con su carrera. No, porque es probable que él ya lo sepa.
Tienen que coincidir tantos factores para que un piloto llegue a la cima que no sé cómo alguien lo consigue.
—¿Cómo ves a nuestro nuevo fichaje? ¿Crees que ha sido una buena elección?
—¿Por qué me lo preguntas a mí?
—Porque me he pasado el día escuchando a todo el mundo diciéndome que he perdido el juicio y no me iría mal algo de convicción. —Se frota el rostro con agotamiento.
—Lina corre mejor que buena parte de sus rivales.
—Pero sabes que la victoria depende de muchas cosas. El coche, la mente fría del piloto, su hambre de ganar, su competitividad… la suerte.
Aprieto los brazos del asiento y el viento fresco de octubre no sirve para calmarme los nervios. Ya no.
La suerte. Esa gran hija de puta.
—Lina es una gran piloto, Lucian. Buenas noches —me levanto y me doy la vuelta para salir de la terraza.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué?
—De no haberme dicho que sí cuando te supliqué que me entrenaras. —Mira el bastón con el que juegan sus dedos—. Las cosas podrían haber sido muy diferentes… para los tres.
—También podrían haber sido mucho peor. Buenas noches, Hendrix.