Capítulo 1 8
Lina Dimettri
Aterrizamos en Mónaco a eso de las doce de la noche.
Eso si contáramos el horario de casa, teniendo en cuenta que ellos van seis horas adelantados, cuando llegamos son las seis de la mañana del viernes.
Jo-der. La diferencia horaria se ha comido nuestras horas de sueño, pero la verdad, no podría dormir ni aunque me fuera la vida en ello.
Cualquiera diría que tantas horas de vuelo han sido suficientes como para darme una oportunidad de hablar con Alasdair sobre lo sucedido, pero no ha sido así.
Lo cierto es que me he dado cuenta de dos cosas.
La primera: que no es ni la mitad de cercano conmigo cuando estamos en público de lo que lo es cuando estamos a solas.
¿La segunda? Que me ha dolido mucho ver cómo alguien que tiene todo bajo control, se hacía pedazos mientras las sombras de sus pesadillas se lo arrebataban de las manos.
Me encantaría que no fuera así, pero tengo la impresión de que ya le aprecio.
Al mediodía entro en el paddock y casi se me escapa la risa al ver a Jace Dubois y recordar la de veces que me ha pedido Darcy que le traiga un autógrafo del guapísimo piloto francés.
Saludo a algunos con los que ya corrí hace años y me anima comprobar que se alegren de verme.
Otros son más del team de Mikel y me miran como si hubiera pisado sus flores, las hubiera arrancado y luego echado sal a la tierra para que nada vuelva a florecer jamás. Que les den.
—Enhorabuena por tu vuelta —H. D. Antonov me estrecha la mano con un pelín más de fuerza de lo necesario—. Siento mucho lo que te pasó.
Me sorprende que lo mencione, el resto de pilotos ha tratado aquello como un tema tabú. Nadie que se juega la vida corriendo quiere que le recuerden que se está jugando la vida corriendo. Es algo de lo que todos somos conscientes, aunque no queremos verbalizar.
—Mierda —carraspea—. Perdona, son los nervios.
—Tranquilo.
—Quería decir que siento mucho que te hayas perdido las primeras carreras de la temporada.
—Buenos reflejos.
—Gracias, me lo dicen a menudo. No quiero decir que vaya a ponértelo fácil, porque iría en contra de mi naturaleza competitiva. Pero te aviso desde ya que si acabas en el podio, serás el primer piloto en la historia al que quiera besar con tal de celebrarlo, en vez de bañarlo en champán.
Se me escapa una sonrisa.
—Aww, mira qué mono, crees que estarías en el podio conmigo.
Se carcajea y yo también.
Siento una presencia a mi espalda y la sonrisa de H. D. desparece antes de que lo haga él. Sé quien está detrás de mí antes siquiera de darme la vuelta.
—¿De qué vas disfrazada?
Parece tan normal que casi dudo de si tiene un hermano gemelo idéntico.
—Eh —tira de mi camiseta—. ¿Que de qué vas…?
—Te he oído la primera vez —le doy un señor manotazo y recupero lo que es mío—. Es ropa, ¿tienes algún problema?
—No lo sé, depende —Alasdair me escudriña con la mirada y me analiza—. ¿De quién es esa ropa?
—Mía.
—¿Y desde cuando vistes con ropa cinco tallas más grande de lo que deberías? Estoy seguro de que te está costando mucho trabajo que el pantalón no se te caiga hasta los tobillos.
Sí, es cierto. Y aunque no lo digo, parece que él lo oye.
Siento cómo me pongo roja y maldigo mi estampa. Aunque a una parte de mi le alegra ser la causa de su alegría. Sobre todo después de lo de antes.
—¿Vas a seguir mirándome así hasta que te dé una explicación?
—Puedes apostar que sí.
Resoplo.
—Soy una chica.
—Vaya, no me había dado cuenta. ¿Estás segura de eso?
Levanto el pie amenazando con pisarle, pero aparta el suyo a tiempo.
—No había terminado. Quiero que me vean primero como la piloto, y luego por lo demás. No quiero llamar la atención más que cualquier otro.
Se inclina hacia delante y susurra cerca de mis labios.
—Mira a tu alrededor —pide y cuando lo hago solo veo modelos con tacones altísimos, esbeltas y en forma de un modo distinto a como lo estoy yo. De uno más bonito y menos útil a la hora de conducir—. Si lo que querías era no llamar la atención, dudo que vayas a conseguirlo.
—En el fondo no me importa lo que opinen o dejen de opinar. Además, voy cómoda. —Me doy la vuelta muy rápido y mentiría si no dijera que es tremendamente satisfactorio saber que le he dado con el pelo en la cara.
Camino hasta la barandilla de la terraza y le envío una foto de las vistas a Arnold, mi ex-fisio, con tal de no pensar en los nervios que tengo.
Una vez más, soy consciente de cuándo Alasdair está cerca sin necesidad de utilizar los ojos. Por algún motivo, le siento. Su tono severo y, pese a todo, suave, reverbera por mi cuerpo cuando pregunta:
—Lina, ¿no viene nadie de tu familia a verte?
—Yo… —carraspeo y me revuelvo incómoda.
Como cuando era el día del padre en el colegio y yo no tenía a nadie a quien regalar la cartulina que hacíamos en manualidades.
—¿Qué?
—No tengo familia.
Sus ojos me buscan, pero yo mantengo la vista fija en la pista hasta que él la dirige también hacia allí. Es la primera vez que me siento liberada al decirlo. Sienta bien no esconderlo como si fuera un defecto si es él quien escucha.
—Alasdair, ¿estás bien?
—Hazme un favor y borra de tu mente lo que ha pasado en el avión.
El deje grave y profundo de su voz no consigue hacerme ignorar la vulnerabilidad tras su petición.
—Sí, hombre —resoplo—, ¿te refieres a la paliza al UNO que le he dado a Brutus? Ese recuerdo no voy a borrarlo de ninguna parte, lo voy a enmarcar y darle una suite presidencial en mi cabeza.
Su mirada se endulza, aunque dura poco. Es tan bonito como una estrella fugaz y dudo de si me lo he imaginado o ha pasado de verdad.
Sus ojos caen por mis hombros y bajan por mi cuerpo calentándome a su paso.
—¿Qué crees que estás…?
—La próxima vez, pídeme a mí la ropa.
Se va y me quedo ahí mirando el vacío que ha dejado su cuerpo a mi lado. ¿Ponerme yo su ropa? ¡¿Es que está loco?!