Capítulo 1 7
Lina Dimettri
Soy tonta por haber bebido tanta agua antes de subir al avión, pero los nervios a veces me hacen ser una tonta poco previsora. Hace años, antes de mi primera carrera, decidí comerme una docena de fresas por lo mismo y, bueno digamos que no llegaron a subir conmigo al Fórmula 1.
Estoy a punto de alcanzar la puerta del baño cuando esta se abre y aparece un Alasdair con muy mal aspecto. Mi corazón se salta un latido al ver que tiene la cara y el cuello empapados en sudor y una expresión de pánico que asusta. Por si fuera poco se tambalea y jadea como si le faltara el aire.
—¿Estás bien? —pregunto aunque es evidente que no.
Su rostro se endurece y me mira como si me odiara, como si le repugnara mi presencia por ser la culpable de haberlo traído hasta aquí, hasta este avión.
—Eh, eh, espera —lo sujeto cuando da un paso en falso y está a punto de caerse. Lo empujo un poco hacia atrás para que retroceda y se siente en la tapa bajada del inodoro—. ¿Te da miedo volar? ¿Por qué no me lo has dicho?
Cojo un poco de papel y lo humedezco con agua para pasárselo por la frente. Dios, parece que tiene fiebre y todo.
—No puedo, es… Yo te hice eso. —Se aferra a mi camiseta con el puño cerrado.
Marcus. Marcus Torrent. Pues claro, es mi primera carrera, qué idiota soy.
Le doy una patada a la puerta para que se cierre cuando oigo que alguien viene.
Lo siguiente que sé es que está apoyando la cabeza en mi abdomen y apretándome contra sí como si fuera lo único que le ancla a la vida.
La pena me contrae el corazón y dudo si me lo va a romper. Y eso que ya está muy roto.
—Yo te lo hice…
—No es verdad —rebato acariciando su cabeza.
Él me abraza con todo lo que tiene y yo lo sostengo, intentando que su mundo no se derrumbe, más que dispuesta a traerlo al mío.
—Debí haber sido yo.
—No.
—Debí haber sido… Fue todo por mi culpa. Debí… —entra en bucle, pero apenas se le entiende.
Se lo rebato cada una de las veces sin estar segura de si habrá una última. Pero sí la hay.
Su agarre se afloja, pero no demasiado. Alza la cabeza hacia mí con los ojos enrojecidos con rabia y violencia contenida, pero sobre todo, con una profunda tristeza. Esa del tipo que te marchita el alma.
—No —repito sin apartar la mano de su pelo.
Alastair se alza sobre sus talones, todavía jadeante, con retazos del ataque de pánico que aún se dibuja en sus profundos ojos y rasgos faciales.
Su cuerpo se roza contra el mío debido al poquísimo espacio que hay y no se detiene hasta que está mirándome desde las alturas.
Las fosas nasales se le dilatan con enfado y me mira con un reproche lacerante que debería achantarme, pero que no lo consigue.
Su cuerpo rebasa el mío y sale del pequeño baño del avión como si mi presencia lo estuviera asfixiando. Me mira como si fuera su peor pesadilla, la causa de todos sus males, pero yo sigo sintiendo cómo se aferraba a mí instantes atrás.
—Eh, Koven, ¿estás bien? —oigo a alguien del equipo preguntar y el contacto visual se rompe.