Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 1 6
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Capítulo 1 6

Koven Alasdair

—Ve tú primero —le pido cuando vamos a cruzar la puerta de embarque.

Ella me mira frunciendo el ceño, pero me hace caso. Lleva unos días de lo más obediente.

George, el tío con los calcetines más excéntricos que he conocido en mi santa vida, la adora desde que le regaló unos la semana pasada.

Lina es observadora y muy lista. Y es evidente que no está moralmente por encima de comprar el cariño barato de la gente cuando la oportunidad se le pone delante de las narices.

—¿No pasas, jefe? —pregunta Loïuan.

Sacudo la cabeza y le hago pasar a él. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que me vean con ella lo mínimo posible. Miro a mi espalda y cuando veo a Lucian tengo la excusa perfecta.

—Awww, ¿me esperabas a mí? Qué detalle. —Lucian me da dos golpes en la espalda y echa a andar al tiempo que yo.

—Evidentemente.

—¿Es esto el inicio de uno de esos bromances?

—No tengo ni idea de lo que significa esa palabra. Pero no.

Se carcajea y poco después ya estamos subiendo al avión.

Hay muy buen ambiente, salvo por el aura fría y oscura al fondo del avión causa y consecuencia de Mikel Andrews.

No puede decirse que interaccione mucho con nadie del equipo, está muy ocupado mirando a todos por encima del hombro.

Además, seguro que le cabrea que Lina vaya a correr ya.

No le pienso prestar ni un minuto de mi tiempo a ese imbécil. Y en su caso es dicho y hecho.

Lina, en cambio… Ella se queda con toda mi atención por mucho que luche contra ello.

No sé si se da cuenta de lo rápido que se los ha ganado a todos.

Me pregunto si siempre es el alma de la fiesta allá donde va.

Supongo que las primeras semanas de despertar en el hospital, no lo sería.

Dios, después de perder a su madre alguien estaría en el hospital con ella, ¿no?

No tuvo que pasar por todo ella sola, ¿verdad?

Una punzada de dolor me atraviesa el pecho como un metal roto y oxidado.

Ocupo mi asiento e intento dejar la mente en blanco. Sobre todo, intento no pensar en cuántos asientos me separan de ella.

Poco después del despegue, todos se desabrochan el cinturón y empiezan a hablar unos con otros. Los más jóvenes de cada equipo siempre tienen ganas de cháchara. No importa en cuántas escuderías haya trabajado, todas son iguales.

—¿Estás nerviosa por lo que pasará mañana?

—Qué va, Loïuan. He nacido para esto y ahora tengo el mejor equipo.

Un coro de «oh» y «ahhh» siguen a sus palabras.

Miro a Lucian Hendrix y ya tiene el antifaz y los auriculares puestos, y una copa de whiskey en la mano.

—Vas a volar, Lina y nosotros lo veremos —dice JJ.

Un pinchazo cervical acompañado de un quemazón en el antebrazo me empuja de cabeza a la piscina de mi peor pesadilla.

«—Marcus, tú no conduces, tú vuelas.

—Eres el cohete que se ha colado en la Fórmula 1.

—No es justo para el resto. Dinos, ¿cuál es tu secreto?».

Las voces de mi pasado se solapan y el suelo bajo mis pies empieza a temblar. El olor a fuego y a goma quemada entra por mis fosas nasales. El humo negro aparece frente a mí enturbiando el aire, acompañado de la bandera roja.

Empapado en sudor y con ganas de vomitar, me levanto como puedo chocándome contra varios asientos. Una de las azafata dice algo, pero yo no la oigo.

«El piloto de F-GP iba a entrar en boxes, pero no ha tenido oportunidad de hacerlo».

Veo el alerón delantero de su coche en la calzada. «Gritos. No oigo gritos. Marcus debería estar chillando de dolor», es lo único que puedo pensar mientras corro hacia él.

Entro en el baño, cierro la puerta y me llevo la mano al corazón que parece que me va a reventar.

—Vuelve, joder, no estás allí —pido jadeante, pero el aire no me llega donde debería.

Los nudillos se me quedan blancos de apretar los puños y siento el cosquilleo en las extremidades. El mundo se reduce a un solo momento.

«El coche ha quedado destrozado y Marcus Torrent sigue dentro. No es un buen pronóstico para el piloto».

Marcus sigue dentro. ¿Por qué sigue dentro?

La pregunta me acechará hasta el día de mi muerte.

Los temblores de mi cuerpo me sacuden con la rabia que sentí entonces.

Vienen a por mí una vez más mientras un séquito de luces parpadean en mi visión periférica.

Yo estaba al mando. Yo fui el responsable.

Debí evitarlo. Su sangre mancha mis manos.

«Las llamas llegan alto y el joven piloto, no da señales de vida».

—No es él. Lina no es él, Lina… —el baño del avión no deja de dar vueltas.

Intento acercarme a las llamas y siento cómo la piel se me deshace. No es ella. No es ella. No es Marcus. El pánico me entierra bajo la superficie, me ancla a un túnel sin salida en el que no paro de dar vueltas.

Debería haber sido yo.