Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 1 4
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Capítulo 1 4

Koven Alasdair

Algunos días después.

Ha tenido ya varios destrozos con el coche.

Es agresiva en la pista, pero no más de lo que lo era cuando empezó, como bien puedo comprobar en el vídeo que se está reproduciendo en la tele.

Pilota como si fueran los últimos segundos de vida que le quedan y quisiera vivirlos al máximo.

No es habitual que un piloto vuelva así de un accidente, pero es evidente que ella no es una más.

—Es un peligro, ¿verdad que sí, Kobra? —pregunto al enorme dóberman al que debería haber secuestrado ya hace mucho tiempo.

Él se queda inmóvil, observándome con esa fijación intensa que hace que todo ser vivo que se le acerca lo respete. Eso, y que es enorme.

Ni siquiera le he contado a Sant Delphi lo de los episodios de Lina. Siento que estaría rompiendo algo que acaba de nacer, algo frágil que es solo nuestro, de ella y mío.

—¿Qué? No me digas que ya te ha ganado —resoplo—, pero si ni la has visto.

Kobra desvía la cabeza hacia la pantalla y ladra.

—Me referia en directo.

Dante viene al galope, moviendo las orejas y pidiendo mimos. Se los doy, obviamente. Uno es enorme, con las orejas puntiagudas y una historia trágica. Otro es pequeño, con las orejas caídas y una historia feliz. Aun así, ambos dóberman han conseguido acabar en un buen hogar.

—Quizá haya esperanza para todos, al fin y al cabo —le digo antes de que Alek irrumpa en su propio salón.

—¿Ya has dejado de hablarle a mis perros como un pirado?

—¿Disculpa? —se queja la mujer que tiene abrazada a la cintura—. *Nuestros* hijos.

—Tienes razón, culpa mía. —Sant Delphi procede a morirse de amor y a colmar de besos a su mujer, y mientras tanto yo me pregunto por qué no tengo más amigos.

Uno más por lo menos. A poder ser, deprimido y solterísimo.

Alguien llama a la puerta de casa y segundos después aparece Irith, la hermana pequeña de Sant Delphi, o como a mí me gusta llamarla…

—Mira, ha venido la traidora.

—¿Traidora por qué?

—No, no preguntes —murmura Alek antes de poner una mueca de dolor.

—Ya que te interesa saberlo, Keira —carraspeo aclarándome la garganta—, te diré que Irith Sant Delphi ha decidido clavarme un puñal en mi peor momento. Eso la convierte en una traidora.

—Primero de todo, no te he clavado ningún puñal y, desde luego, este no es tu peor momento. Ni siquiera recuerdo la última vez que tuve que recogerte del suelo —dice como si nada, pero es verdad que lo ha hecho alguna vez—. Soy médica deportiva, he trabajado en la F1 durante años y ahora…

—Has decidido traicionarme.

—He decidido probar con el mundo de las motos —me corrige—, al parecer, allí también necesitan algo de asistencia.

Me cruzo de brazos y sacudo la cabeza con una ofensa que no siento.

En realidad, me alegro por ella, es una crack y se merece ganar pasta allá donde vaya.

Pero me gusta fastidiarla. Así que digamos que cuando Kobra viene hacia mí, claramente posicionándose a mi favor, me siento tremendamente orgulloso.

—¿Has visto eso? Te has quedado sola —me largo hacia la cocina siguiendo a su hermano, dejando a Keira con el marrón.

¿Alek Sant Delphi intentó emparejarme con su hermana cuando descubrió lo genial que puede llegar a ser el matrimonio? No. Pero su mujer, sí.

Lo cierto es que entre Irith y yo nunca ha habido nada.

Claro, porque no es bajita, ni tiene los ojos de color turquesa, ni se rebela a cada paso que dais juntos. Ni sufre horribles dolores y finge que no porque es la mujer más fuerte, apasionada y cabezota que has conocido en toda tu…

—Te vas a cargar mi encimera —dice Alek y cuando bajo la vista a mis nudillos, veo que los tengo blancos de tanto apretar el borde.

Ay, joder, ¿dónde me estoy metiendo?

A la mañana siguiente, el entreno con Lina va bien.

Al terminar, cuando ya han llegado los demás, la dejo un rato con Brutus mientras trabajan en algunas pequeñas mejoras a futuro para el coche, mientras hago unas llamadas.

Todavía no se lo he dicho, pero si supera todas mis pruebas, correrá en Mónaco el próximo fin de semana.

No tardo demasiado en ir a buscarla porque tenemos mucho que hacer.

—Koven —Loïuan me intercepta nada más salir de mi despacho.

—¿Ha pasado algo?

—No. A menos que «este fin de semana mi novio, Allën, tampoco me ha propuesto matrimonio» lo consideres como «algo», entonces sí. Pero no me gusta ser portador de malas noticias.

—Loïuan…

—Ya, al grano. Solo quería transmitirte algo que pensamos todo el equipo de boxes. Y de Brutus. Y de JJ. Y supongo que todos los demás, pero no quiero hablar por ellos sin estar seguro de…

A este tío le gusta mucho divagar. Creo que lo pongo nervioso. Al parecer, no lo bastante como para que no quiera venir a hablarme. Trabajaré en ello. En el futuro, hoy carraspeo impaciente.

—Nos gusta Lina. Es genial. Eso es todo. El resto está desayunando en el salón del final del pasillo, ven si quieres. —Se larga escopeteado antes de que le responda.

Se me curva la sonrisa. No me extraña que se lo parezca, la actitud positiva de Lina roza lo insólito.

Pese a lo que me ha dicho Loïuan, voy hacia el box, porque si la conozco bien habrá pasado del desayuno con tal de quedarse un poco más trabaj…

—Eres lo que la gente conoce como bulto italiano. —Oigo una voz reconocida y freno mis pasos.

Mikel.

—¿Per-perdona?

—Alguien que han contratado para dejar en buen lugar a Leik-GP. “Oh, miradnos, nuestra escudería incluye a mujeres”.

—¿Vas en serio?

—Es patético que creas que tienes alguna oportunidad de ganarme. Este es mi año y Leik-GP mi escudería. La Fórmula 1 no es lugar para las de tu calaña. Menos todavía para las que vienen desmontadas, marcadas y con piezas en dudoso estado.

Aprieto los puños. Estoy a punto de intervenir y dejar al gilipollas de Mikel Andrews más cerca de la muerte que de la vida cuando oigo a Lina decir:

—Te equivocas.

—¿Y por qué no hay más mujeres en la Fórmula 1, a ver?

—No, digo que te equivocas, no creo que tenga «alguna» posibilidad de ganarte, Mikel. Tu mejor posición ha sido décima. Ganarte se queda corto para describir la forma en la que voy a barrer el suelo contigo.

—Vaya humos —murmura asqueado Mikel cuando Lina se marcha.

No me gusta como la mira y cuando me acerco a él, todavía me planteo si voy a sacarle los ojos de las cuencas o no.

—K-Koven, hola. ¿Qué tal te…?

Me paro frente a él, tan cerca que tiene que forzar el cuello hacia arriba para poder mirarme mientras me imagino cómo me sentiría haciéndole tragar sus propios dientes.

—No vuelvas a hablar así a mi piloto. ¿Sabes? Mejor no te dirijas a ella, ni siquiera bien.

—¿Y quién eres tú para darme a mí órdenes? —pregunta con la boca pequeña, en un tono bajo que casi ni escucho.

Le aguanto la mirada hasta que se le quitan las ganas de hacerme preguntas estúpidas.

—Yo también he oído los rumores, Mikel. No has tenido un buen comienzo de temporada y tampoco tuviste un buen final la pasada. Ella no ha venido a quitarte el puesto, ya tiene el suyo.

—No podría quitármelo aunque… —se calla cuando me inclino más hacia él, obligándole a curvar la espalda.

—¿Le tienes miedo a Lina? —Le cojo una mejilla y le doy unos amistosos golpes—. Bien, chaval. Tienes muchos motivos.

Me largo en la dirección que ha desaparecido Lina y me topo con su cuerpo al girar la primera esquina. Su cercanía me altera como ninguna.

—Vale, tampoco hace falta que me arrolles —dice agarrándose a mis bíceps para no caerse al suelo.

—Tú te has puesto en mi camino.

—¿De qué vas?

—¿Perdona?

—Te has puesto en plan Vito Corleone con Mikel.

—Iba a ponerme en plan Rocky, pero Lucian se cabrearía un poco si se entera de que he dejado a su segundo en coma y temo cómo podría repercutirte a ti esa decisión.

—No necesito que me protejas.

—Eso es más que evidente, Dimettri. —Pero si se mete con tus bonitas marcas de las que, por algún motivo, no te sientes orgullosa, entonces quiero hacerle llorar.

Mi respuesta la sorprende y no entiendo muy bien por qué.

—¿Y entonces por qué lo has hecho?

—Por mí. —Porque me ha puesto enfermo—. Porque no soporto que alguien con una posición de poder se aproveche de alguien en inferioridad de condiciones.

—No estoy en…

—Sí, lo estás. Para el público, para los patrocinadores, para los que han ganado carreras y, aunque me joda, para el grupo machista que va a mirarte por encima del hombro la primera vez que vuelvas a correr.

No soy tan iluso como para pensar que dejarás de estar en desventaja cuando empieces a ganar, pero para algunos las medallas son símbolos de poder.

Somos un equipo y ahora, el mío también es tuyo.

—¿Tu poder? —repite y se le enrojecen las mejillas.

Como odio cuando le pasa eso. Se pone aún más preciosa de lo que está enfurruñada o con su típica expresión irónica e inteligente. Me saca de mis casillas.

—Ya me has oído.

—Es un detalle que des por sentado que voy a ganar —añade.

—Vas a hacerlo. En Mónaco.

Sus ojos se agrandan y pasan a ocuparle toda la cara. Le brillan tanto que me ciegan. Su boca se abre y se cierra, como la de un pez fuera del agua, y esos gruesos y rojizos labios de aspecto suave y dulce se quedan con toda mi atención. Un segundo. Luego recupero la compostura.

—¿De verdad? Eso es dentro de cuatro días.

—¿Tienes algo mejor que hacer?

Me regala la sonrisa kilométrica más bonita que he visto en mi vida.

Jo-der.

Me voy de allí antes de aumentar la lista de mis problemas.