Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 1 3
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Capítulo 1 3

Lina Dimettri

Mi madre y yo siempre estuvimos solas. Mi padre murió en un accidente de avión cuando viajaba a Corea del Sur por negocios.

Dejó a mi madre con un bebé de meses y el corazón roto.

Se amaban con locura. Por suerte para mí, mamá supo transmitirme la admiración que sentía por el hombre que había perdido.

Poco a poco su dulzura se fue marchitando y fue cada vez más dura.

Más fría y distante. Quizá tenía que ver con que su única hija practicaba un deporte peligroso de narices y quería prepararse por si ocurría lo indecible.

O quizá solo se cansó de interpretar el papel de madre, imagino que una niña que siempre hablaba de lo mismo debía ser bastante coñazo de soportar.

En cualquier caso, sé que me quería muchísimo. Y hoy, más que nunca, la echo de menos.

—Me va a dar la patada.

—No seas agorera —dice Darcy a través de la pantalla.

—No lo soy. Pero debo haber roto algún cristal sin darme cuenta. O quizá el gato que nos cruzamos la otra noche era, indudablemente, negro.

—No era negro. Era gris, pero la calle estaba muy oscura.

—Dices eso para endulzarme la terrible realidad de que voy a estar en el paro en cinco minutos —camino hacia el edificio de Leik-GP como quien camina hacia las puertas del infierno—. Darcy… —quiero decirle que ella no lo sabe todo, pero que Alasdair sí.

Que me ha visto en mi peor momento y que si tiene dos dedos de frente, me dará la patada.

Después de lo que le ocurrió a Marcus, no querría joder más su reputación conmigo.

Pero no puedo porque la idea de que Darcy sepa lo de mis frecuentes episodios, va muy de la mano con la de que mi única amiga empiece a mirarme con lástima.

No podría soportarlo, así que no se lo cuento.

—Tú llámame en cuanto te dé la buena noticia.

—Has estudiado psicología en North Star y dentro de nada vas a graduarte, ¿estás segura de que esta fe ciega en mis posibilidades de conquista son una jugada sabia?

—Por supuesto.

—Empiezo a dudar si tienes algo contra Alasdair. ¿Le estás haciendo chantaje con alguna foto guarra que has encontrado por las catacumbas de internet?

—Ufff, se corta, entro en un túnel.

—Vives a cinco minutos del campus, lianta, ¿qué túnel?

Darcy emite unos soniditos de interferencias y luego cuelga. Reconozco que se lleva consigo parte de mis nervios, tal y como pretendía.

Antes de guardarme el teléfono, me llega un mensaje de alguien que nunca dejo en leído.

Doctora Ferrinol

Doctora Ferrinol

Hola, Lina.

Solo vengo a recordarte que el miércoles que viene tenemos cita.

Lina Dimettri

Vaya, y yo que pensaba que me hablabas porque me echabas de menos, doc.

Doctora Ferrinol

¿Te estás tomando la medicación?

Lina Dimettri

Sí, siempre que el episodio sea por la noche yo…

(Escribiendo)

Doctora Ferrinol

Durante el día también, Lina. Sabes que si no lo haces, empeorarás.

Lina Dimettri

Pero tengo que competir.

Doctora Ferrinol

¿Y podrás hacerlo inválida?

Te hablé de los riesgos.

Te dejé claro que si no ayudabas a tu cuerpo, caminar sería cada vez más difícil y tu pierna derecha no aguantará que la tortures para siempre.

Te veré el miércoles. Espero que me traigas mejores noticias que estas.

Lina Dimettri

Gracias por todo, doc.

Me siento más nerviosa que antes de hablar con Darcy, pero no importa. Todo acabará en los próximos minutos. Además, la parte buena de no viajar por todo el mundo compitiendo en lo que me gusta es que así no tendré que despedirme de Arnold, mi fisio. Son todo ventajas.

Creo que voy a desmayarme.

Alasdair me ve cuando llego al box con una caja de dónuts y si alguien cree que estoy por encima de comprar el cariño de la gente con dulces, le pediría, por favor, que empiece a subestimarme.

Evito la mirada de Alasdair como una cobarde mientras doy los buenos días y saludo a todos, en especial a Loïuan a quien cogí mucho cariño después de que me regalara dos cajas de tiritas de Rayo McQueen. Sí, tengo tres moratones más por su culpa, pero un montón de tiritas.

—A mi despacho. Ahora. —La voz de Alasdair me congela la sangre.

Joder. Directo al cuello. Este siempre está listo para darme un puntapié.

Me giro y lo veo marcharse. Sigo la estela de su ceño fruncido. Cuando llego a su despacho, él está en la entrada, sujetando la puerta. Un cúmulo de sentimientos agridulces me llenan el pecho cuando recuerdo lo que pasó aquí días atrás.

Me ayudó. Cuidó de mí. No voy a olvidarlo aunque me destroce y acabe con todos mis sueños y esperanzas. Cierra la puerta y la habitación se vuelve el triple de pequeña.

—Has tenido un buen rendimiento esta semana. Has progresado en la pista y en los entrenamientos.

—¿Esta es la charla dulce antes de la inyección? ¿La música antes de la hostia? Por favor, ve al grano. —Se acerca—. Espera, lo de la hostia no lo decía en sentido literal.

—Las órdenes las doy yo, Lina. Dentro y fuera del Fórmula 1. Si desobedeces una sola de mis indicaciones, me largo y esto se acaba.

—Pero soy yo quien va al volante —rebato a sus ojos que hoy han amanecido más grises que azules.

—No has entendido mi manera de trabajar si no comprendes hasta qué punto somos un equipo.

Mi corazón se salta un latido.

He tenido muchos patrocinadores, entrenadores, jefes y directores de todo tipo. Nunca nadie me ha hablado así.

—¿Hasta qué punto?

—Lina, no voy a decirte nada que te haga perder, a menos que eso te salve la vida.

Sé que llegará el momento en que quieras guiarte por instinto, pero mi palabra siempre debe pesarte más.

Desde el pit wall, las cosas se ven con mayor claridad que desde la pista.

Aquí el quid de la cuestión es si estás dispuesta a confiar en mí al cien por cien o no.

—Lo estoy. —Cada fibra de mi ser lo está.

Asiente. Parece a punto de decirme que estoy despedida cuando extiende la mano hacia mí, ofreciéndomela para cerrar el trato.

—Entonces estás dentro. Bienvenida a la Fórmula 1 —dice.

Y se la acepto.