Capítulo 1 2
Lina Dimettri
Joder, joder, no.
Ahora no, por favor, ¡ahora no!
Los rayos que siento taladrándome la cabeza son inequívocos. Se me inundan los ojos de lágrimas. ¿Otra vez? La última fue ayer por la tarde. Maldita sea, la doctora Ferrinol dijo que la nueva medicación iba a darme algo de tregua y no han pasado ni veinticuatro horas.
Busco una silla y el dolor irradia de mi pierna con tanta violencia que a duras penas puedo contener el grito.
Una serpiente cruel se enrosca a mi muslo y me tortura desde debajo de la piel.
Empiezo a marearme cuando el dolor llega al foco, al protagonista.
La puta cadera. Todo mi cuerpo tiembla y veo flashes del fuego en la pista del día del accidente, de la luz blanca del quirófano.
Los enfermeros de la ambulancia utilizaron la palabra «destrozada» y no iban mal encaminados.
Gruño de dolor apretando los dientes con fuerza. Me aferro a los lados de una banqueta incómoda que ahora es todo cuanto tengo.
«El nervio siempre estará irritado. Tendrás episodios de dolor intenso. Siento decir que serán crónicos, Lina, pero buscaremos la manera de sobrellevarlos con medicamentos».
Pues claro que son crónicos. Lo mío nunca ha sido la buena suerte. A duras penas puedo retener el grito cuando el latigazo me llega hasta la base del cuello. «Respira» dice la voz de mamá en mi cabeza. Pero ella no está aquí conmigo, estoy sola. Me he quedado sola para siempre.
El aire entra a trompicones y es como si tuviera cristales en los pulmones. Me limpio las lágrimas prometiéndome no derramar ni una sola más, pero no dejan de salir porque dentro de mí hay un volcán electrocutándome viva.
—¿…me oyes? —dice una voz, creo que no por primera vez—. Dime qué tengo que hacer.
Abro los ojos y Alasdair está agachado frente a mí. Mierda, no. Él no debía saberlo y mucho menos ahora. Ni siquiera he tenido mi primera carrera. ¡¡¡Va a abandonarme!!!
—Es dolor menstrual, nada m… —no puedo acabar mi mentira porque el grito que sale de mí es gutural y de lo más descriptivo.
Meses atrás pensaba que este era el castigo que la vida me había impuesto por burlar a la muerte. Su simpática forma de decir «tú no deberías estar aquí». Quizá tengan razón.
Oímos a gente.
—Lina.
—No dejes que nadie me vea así —suplico.
Todo pasa muy deprisa.
Alasdair mete un brazo bajo mis rodillas y el otro lo pasa por mi espalda. En cuestión de segundos estoy contra su torso. Me saca de la sala como si no pesara nada y me lleva a donde quiere.
Si su imposible olor a cítricos es lo último que voy a beberme antes de morir, la vida no es tan cruel como parece. Casi hace que me olvide de los últimos latigazos del episodio de hoy que por poco acaba conmigo delante suyo.
Al llegar a su despacho, echa el cerrojo y me deposita en un sillón mucho más cómodo. Luego coge una botella de agua y algo que tiene toda la pinta de ser un botiquín.
El horror empieza a alejarse de mi cuerpo. Como cuando la estampida desaparece y solo queda el polvo que han levantado las bestias al pasar. Siento que me han dado una paliza, pero estoy tan agradecida de que haya acabado que no tengo ni ganas de ser rencorosa.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta con lo que me gustaría bautizar como voz de daddy o villano moralmente gris de un buen dark romance.
Este hombre va a ser un buen padre algún día. Con esta voz ordenará a sus hijos que hagan los deberes y ellos no se opondrán. Fijo que su mujer será una modelo sueca guapísima sin la más mínima cicatriz.
—Lina.
—¿Qué ha pasado con «señorita Dimettri»?
—intento bromear, pero no parece tener muchas ganas.
Me aparta el pelo que el sudor me ha pegado a la cara y que lo haga sin una mueca de asco me suelta la lengua—.
La cirugía me salvó la vida y la carrera.
Pero algún que otro nervio decidió vengarse de mí. No tiene importancia.
—¿Que no tiene importancia?
—Mírate —sonrío y reprimo las ganas de acariciarle la cara—. Parece que has visto a un fantasma.
Sigue siendo guapísimo de todas formas.
Creo que tiene que ver con su mirada profunda, esa que anuncia que ha visto horrores y sufrido pesadillas espantosas en sus propias carnes. Me hace querer cuidar de él.
Alasdair me pide que le dé detalles concretos y yo me dedico a seguir órdenes.
—En el accidente una de las cosas que tuve fue una fractura de acetábulo. Me operaron, pero en la cirugía el nervio ciático y el nervio cutáneo femoral lateral quedaron… bueno, digamos que un pelín dañados.
Endurece la mandíbula como para rompérsela.
—¿Qué sueles tomar?
—Eh, que yo soy antidoping total.
—Lina.
No debería gustarme tanto oír cómo pronuncia mi nombre con ese gruñido ronco, áspero y sexy, pero soy una simple humana.
—No puedo tomarme nada que me calme el dolor ahora porque me dejaría grogui y tengo trabajo, pero antes de dormir me tomo unas cuantas pastillas que me ayudan a mejorar poco a poco y a conciliar el sueño.
Lo cierto es que estos últimos meses mi doctora y yo hemos estado haciendo pruebas.
Supongo que en algún momento sonará la flauta.
—¿Estás diciendo que si te pasa durante el día no vas a hacer nada para aliviarte el dolor? ¿Que va a ser así siempre?
Le admitiría que sí, pero no parece una buena idea.
—No es tan grave. Se suponía que la nueva medicación iba a evitarme los episodios muy frecuentes, pero no está yendo tan bien como habíamos esperado. —Hago una mueca frustrada y sus facciones se relajan.
Se acerca un poco más a mí. Qué envidia cochina de pestañas, en serio. Comparada con él, tengo tres.
—¿Es por algo que hemos hecho en el entreno?
—No. Para nada —me apresuro a alejar su culpa—. No hay nada concreto que pueda prevenirlos o provocarlos. Hasta la fecha no ha existido ningún patrón específico.
—¿Cada cuánto sueles tenerlos?
—Antes cuatro o cinco veces. Ahora una.
—¿A la semana?
—Al día —admito y se le cae el alma a los pies—. Si lo piensas, sí ha sido una mejora. En serio, estoy bien. Uno por día es mucho menos de lo que puedo soportar.
—¿Bien? —repite, y ahora el ofendido es él. Me mira como si hubiera asesinado a su perro, y eso que a mí los perros me encantan—. ¿Qué dicen los médicos?
—Que soy una quejica.
—¿De verdad? —pregunta, su voz ocho octavas más graves.
Parece muy capaz de ir a partirle la cara a alguien.
—No. En realidad dicen que me lo tome con calma. Pero está claro que no lo voy a hacer.
—¿Por qué lo tienes tan asumido?
—Porque voy a tener dolor de por vida, Alasdair. Pero esto es mejor que estar muerta. Al menos, ahora lo es. Cuando Ethan me dijo que la F1 había acabado para mí, no estaba tan segura —admito con un nudo hecho de puro fuego taladrándome la garganta.
Querría coserme la boca para dejar de soltar verdades ante el maldito Koven Alasdair.
—Es muy probable que tuviera razón —dice y entonces tengo miedo de verdad.
—Koven.
—¿Y si te da un episodio así y vas metida en el coche?
—Tendría tiempo de parar. Mi cabeza siempre me avisa —digo y las vibraciones lejanas que todavía mordisquean la superficie de mi piel me hace temer por el karma.
—¿Y si empeoran? ¿Y si llega un momento en que no hay avisos?
Este hombre podría dejar de dar voz a mis peores pesadillas, vamos digo yo.
—No pasará.
—¿Y si pasa?
—Alasdair.
—Lina, sé madura.
—No. Esto es toda mi vida —mi voz suena asquerosamente vulnerable—. No sé hacer otra cosa. No me interesa hacer ninguna otra cosa. La F1 me ha arrebatado mucho, pero también me lo ha dado todo. Por favor, no me lo quites.
Mira la lágrima que se me escapa a traición como si fuera su enemigo acérrimo. Y luego me coge la mano con las dos suyas. Son tan enormes que no queda ni un resquicio de mi piel a la vista. Mi corazón da una sacudida al entender lo que quiere decir.
Ninguno pronuncia ni una palabra más y los siguientes días, nadie saca el tema.
Último día antes de que se cumpla la primera semana juntos.