Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 1 1
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Capítulo 1 1

Koven Alasdair

No esperaba encontrarla en recepción cuando entro en Leik-GP a eso de las cinco de la mañana, pero es lo que pasa. Y si me quedaba algo de sueño en el cuerpo, desaparece.

—Lella Lombardi 1975. Maria Teresa de Filippis. 1958… —murmura.

—¿Qué haces?

—Pensar en gente que mole mientras te espero. Me has citado tú. Vaya, ¿esa cara significa que vas a darme plantón?

—No, es solo que no esperaba encontrarte aquí tan pronto.

—He oído por ahí que valoras la puntualidad. —Se encoge de hombros.

Vaya, vaya. Sonríe.

—¿Impresionado?

—Vamos —echo a andar y me sigue, llena de energía como una ardilla puesta hasta las cejas de bebidas energéticas.

—Tienes muy mala cara —dice cuando llegamos al ascensor, pulso el botón de la última planta y las puertas se cierran—. ¿No has dormido bien?

Mi estómago se revuelve a modo de respuesta. ¿Pero yo cuándo he dormido bien, a ver?

—¿Alasdair?

—No, no muy bien.

—Tiene que ver con la edad, ¿no? Dicen que cuando eres viejo lo de dormir apetece menos —dice y es imposible ignorar el retintín simpático.

—Señorita Dimettri, me gustaría que guardara las formas mientras trabajemos juntos. No me siento cómodo con demasiadas confianzas.

—¿Señorita Dim…? —la oigo farfullar cuando las puertas del ascensor se abren y la dejo atrás. Ella me persigue—. ¿Ac…? ¿Acabas de llamarme señorita Dimettri?

—Ajá.

—Ayer me tuteabas.

—Pues hoy ya no. —Le doy la espalda preguntándome si hay alguna forma de hacer esto sin verle la cara.

Le pido que suba a la cinta para calentar y de paso estudiar su ritmo cardíaco. Ayer le hicieron todo tipo de pruebas, pese a los muchos informes médicos que ella facilitó a Hendrix, pero nunca está de más.

Intento no fijarme en lo bien que le queda la ropa oversize de entreno, ni en la gota de sudor que le recorre el largo del cuello.

—¿Qué toca ahora, entrenador? —pregunta poniendo los brazos en jarras cuando termina el calentamiento.

—Empezamos con ejercicios de cuello en 360º. Isométricos con arnés, bandas y giros lentos.

—Me gusta como piensas. —Se desabrocha la chaqueta y se queda solo con una camiseta granate ceñida al cuerpo.

De manga larga.

No puedo decir que no me sienta decepcionado.

—No me mires así, a las chicas nos miran mal si tenemos los bíceps un poco más fuertes de la cuenta —resopla—. Al final una acaba por esconderlos.

—¿Te crees las mentiras que te cuentas?

—¿Men-mentiras? —empalidece un poco y se me encoge el corazón.

—Empieza a entrenar.

—Sí, señor.

El retintín de su tonito hace que una descarga de placer caiga directa en mi polla. Ayer las estuve ignorando, pero es evidente que eso no va a hacer que desaparezca el problema.

Al acabar con esos ejercicios, la llevo a la sala de entreno visual y le explico en qué van a consistir los ejercicios de reacción a luces y colores, seguimiento de puntos y visión periférica.

—¿Estás interesado en cuantos grados de miopía tengo? Porque te aviso que muy pocos, pese a lo bien que me quedaría usar gafas.

—Señorita Dimettri, te agradecería que te limitaras a responder sí o no cuando te pregunto si has entendido el ejercicio.

—Sí, señor.

Joder, si es que me lo busco solito.

Descubro pronto que se lo pasa bien haciendo cualquier ejercicio, aunque su rebeldía verbal no deja de perseguirnos a donde sea que vayamos.

Nos encontramos al otro piloto de Leik-GP, Mikel, pero por suerte tiene tan poco interés en Lina como yo quiero que tenga. El tío se siente amenazado por su potencial y hace bien. Lina le da cien mil patadas en su peor día.

—¿Entreno vestibular? —pregunta poco después de que entremos en la sala para el control de mareos, giros, frenadas y cambios bruscos de orientación—.

Caray, me siento parte de una élite que nunca me había invitado a jugar.

¿Pero estás seguro de que no quieres darme un par de mancuernas y ponerme a hacer ejercicios de hombros básicos?

—Si resulta ser lo que quiero, te lo haré saber. Ahora siéntate frente al monitor.

—Haré lo que sea, jefe. La carrera de la semana que viene…

—No vas a participar —intervengo y siento un puñal clavándoseme en mi abdomen cuando sus ojos se enturbian con tristeza—. Tendrás suerte si te permito correr en la siguiente.

De repente sus ojos sonríen.

—Así que no lo decías porque estuvieras pensando abandonarme. Bueno es saberlo.

—Yo que tú no daría nada por sentado todavía, señorita Dimettri. Empieza a hacer el ejercicio que acabo de explicarte.

Le veo en la cara las ganas que tiene de poner los ojos en blanco, pero obedece. ¿Por qué me gustará tanto que acate mis órdenes? Quizá tenga que ver el hecho de que no tiene pinta que lo haya hecho nunca en su vida con nadie.

—¿Y bien? —pregunta al acabar, cuando está empapada en sudor y… tan guapa que cuesta mirarla.

—Te he pedido que vayas a la ducha, ¿o no lo he hecho?

—No puedes pedirme que me vaya sin la nota de mi examen. Es injusto.

—Tu cuello aguanta, pero tu core no. Por eso ayer se te movía el volante.

—¿Mi c-c…? ¡Mi core está increíblemente fuerte! —hace soniditos de ultraje—. ¿Quieres que haga cinco series de dragon flag en tu cara y te lo demuestro? ¿Cuántos segundos quieres que aguante? Va, dame un número. El que sea.

Aprieto los dientes ordenándole a mi polla que deje de estar tan contenta.

—Vete.

Ahora sí, pone los ojos en blanco y se va. Nunca había trabajado con nadie que tuviera tantos humos. Me paso una mano por la cara intentando deshacerme de la sonrisa.

Se ducha y llega oliendo a flores. Esto no me lo he pensado bien.

—¿Me estabas esperando? Qué detalle.

—Tenemos diez minutos antes de que lleguen los demás y quería aprovechar el camino al box para decirte todo lo que has hecho mal.

A duras penas contiene la mueca y el reproche, pero lo consigue. Pero qué chica más buena.

Llegamos al box antes de que haya alguien más que George. Entonces revienta.

—Y dale con señorita Dimettri. ¿Eres uno de esos tíos o qué?

La miro y está con el peso apoyado en una pierna y los brazos cruzados, estrechando esa mirada turquesa en la que me estoy ahogando.

—Disculpa, ¿uno de esos?

—Excéntricos y raros. De los que están mal de la azotea. Ya sabes, los pirados. ¿Eres uno de esos?

Exhalo con las fosas nasales dilatadas esperando que deje ya el tema. Lina alza los brazos en son de paz, como quien trata con un arsenal de dinamita.

—Bien, ¿sabes qué? Si quieres llamarme señorita Dimettri, Lady Whistledown o lo que te surja, tú a tu rollo. Espera, ¿eso significa que yo tengo que llamarte señorito Alasdair? Porque dudo que pueda pronunciarlo sin reírme en tu car… —se lleva la mano a la cabeza y hace una mueca de dolor.

—¿Qué te pasa? —me acerco a ella, pero no me presta atención, tiene la vista clavada al suelo.

—¿A mí? —exhala jadeante, su tono más bajo, más severo—. Eres tú el que vive repentinamente anclado al siglo diecinue… Mierda.

—Lina. ¿Qué te ocurre?

—Nada, nada. Cosas de chicas. Sí, eso, solo necesito… ¿me das un segundo? Ahora mismo vuelvo. —Se aleja del box en dirección al pasillo y esta vez cuando gira la esquina no va a mi despacho.