Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 8
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Capítulo 8

Koven Alasdair

—¿Tú no deberías estar en Leik-GP? —pregunta el profesor de plasticidad cerebral de North Star, sin levantar la cara de sus exámenes sin corregir.

Y yo que pensaba que colarme en su despacho iba a darme toda su atención. Ya es de noche, pero por supuesto él sigue trabajando.

—¿Qué cojones estoy haciendo, Sant Delphi?

Alek aparta la vista del ordenador y me mira como si fuera uno de sus dóberman, es decir, familia.

—Aquello para lo que has nacido, tonto del bote.

Le explico lo que ha pasado hoy. En las condiciones en las que ha quedado el monoplaza después de que la señorita Dimettri lo destrozara.

—Perdona, tengo que pararte un segundo, ¿“señorita Dimettri”?

—Jerga profesional. ¿No estás acostumbrado a oírla?

Sonríe. No es bueno que sonría. Me dan ganas de pegarle un puñetazo en la cara al único amigo que tengo.

—Ethan le cerró la puerta porque es una kamikaze y voy yo y se la abro. —Sacudo la cabeza y me dejo caer sobre una de las sillas frente a su escritorio.

—¿Lo es?

—De momento solo estoy seguro de que es terca y todo un cerebrito de la F1. Lo de kamikaze espero que se lo dejara en el hospital cuando salió de allí.

—Pareces preocupado.

—¿Lo dices como algo bueno?

—Sí, quiere decir que sabes la importancia de lo que tienes entre manos. Para ti y para ella.

—Voy a hacer que se mate. Nunca debí aceptar la propuesta de Lucian.

—¿Y por qué lo hiciste? —se reclina en su silla y me estudia como si fuera Beckham, el terapeuta al que ambos visitamos aunque por razones muy distintas.

—Lucian dijo que si no, su carrera había acabado. —Pienso en las cicatrices, el recuerdo que el accidente dejó en su piel. Y aun así, se moría de ganas de volver—. Es evidente que para ella la pasión es más fuerte que la lógica.

—No finjas que tú eres diferente. Lo que pasó hace cuatro años te destrozó y aun así, has decidido arriesgarte. No eres tan distinto a “la señorita Dimettri”.

—¿Puedes no hablar con ese retintín de sabiondo?

—No te piques. —Se ríe, el muy gilipollas.

—¿Me dejas dormir en tu casa esta noche?

—No sé qué estás insinuando, tío, pero no eres mi tipo.

—Ni tú el mío, capullo. Pero echo de menos a Kobra y Dante —sus dóberman—. ¿Me dejas que me los lleve a mi casa?

—No pienso acceder a que secuestres a mis perros. Pero puedes venir a cenar y a jugar un par de partidas a ese videojuego al que siempre te gano.

—¿Tu mujer no lo verá como un gran inconveniente? Es vuestro nidito de amor.

El tío no se aguanta la sonrisa cuando digo «mujer» ninguna de las veces desde que se casó. La pobre desgraciada es una atleta de tres pares de narices. Una corredora a la que aprecio bastante, la verdad. Keira L. Sant Delphi.

—No le importará siempre que no le robes a sus hijos.

—¿Sus hijos?

—Eso he dicho.

—Joder, deja de sonreír tanto que al final vas a darme mal rollo. ¿Cuántos de tus alumnos han suspendido, a ver? ¿Muchos?

Se le vuelve a poner cara de haber chupado un limón porque al parecer, sí, muchos. Frunce el ceño con recriminación. Joder, menos mal, esto ya sí lo reconozco.