Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 6
6%

Capítulo 6

Lina Dimettri

Lüar, o Louie, o Lu… bueno, no lo sé, pero ese chico francés tan sonriente que trabaja bajo la supervisión de George pasa muy cerca de mí cuando me inclino a coger el casco y me da un golpe con una esquina del gato bajo.

Siento una gota de sangre resbalar por mi mejilla y arrugo la nariz como queja silenciosa.

—Dios. Dios mío, Lina. Lo siento mucho, no te había visto.

—Tranquilo, no ha sido nada —le sonrío y no le digo “si tú supieras…” porque probablemente sí lo sepa.

Todos lo saben. Todos vieron las imágenes. Deben estar suponiendo qué monstruoso aspecto tengo debajo de esta ropa.

—Ve con más cuidado —la voz de Alasdair suena tan arisca que se genera un silencio tenso en esta zona del box.

—Lo siento mucho —se excusa y yo repito que estoy estupendamente, pero pasan de mí.

Malditos cromosomas Y.

Alasdair no me quita los ojos de encima. Su ceño está todavía más fruncido y el tío parece no haber estado tan cabreado en toda su existencia.

—No pasa nada —oigo decir a Lucian, dándole unas palmadas de consolación en el hombro al joven francés con cara de funeral.

—Discúlpate —ordeno en un susurro.

—No he sido yo quien te ha hecho sangre.

—Conmigo no, con Louie.

—¿Quién es Louie?

—El chico que ahora tiene pinta de querer echarse a llorar.

—Loïuan —me corrige.

—Venga ya, eso has tenido que inventártelo.

Alasdair sacude la cabeza como si estuviera siendo exasperante y me seca la sangre con el dorso de su índice. Mi corazón tropieza consigo mismo.

—Eso no… No ha sido muy higiénico —digo tras atragantarme con mi propia saliva.

—Si no te gusta, no vuelvas a salir herida —aprieta el puño enjaulando el ADN que acaba de robarme.

¿Ha dicho eso? ¿Y ha…? ¡¿De verdad ha hecho eso?!

Solo cuando el hombre de la máscara de hierro se aleja de mí para ocupar su asiento junto a JJ en el pit wall, *desde donde van a estar sacándome defectos y estudiándome al dedillo*, soy consciente de que el olor cítrico de su piel me estaba intoxicando.

Me acerco al monoplaza como una cría a una tienda de chucherías. Me gustaría pensar que soy la Marc Márquez de la F1 en chica, la Fernando Alonso en sus mejores años y con mejor pelo.

Es broma. Sé que nadie tiene mejor pelo que Fernando.

Solo era un poquito de narcisismo juvenil. Confianza infundada que va a venirse abajo con la primera jarra de agua fría y fracaso. Ya verás como sí. Saco el móvil para dejarlo en una bandeja del box, pero hago algo antes de soltarlo. Una tontería.

Desconocido

Lina

Hola, papá.

Estoy muy perdida.

Solo quería que lo supieras.

—Puedes hacerlo —me susurro.

Has nacido para esto.

Me subo en el Fórmula 1 y un inmediato calambre de emoción me recorre. Alzo la vista al cielo mientras cojo los mandos. He vuelto. Tal y como te prometí.

—¿Lina, me oyes bien? —pregunta JJ.

—¿Por qué no han hecho ninguna Barbie piloto de carreras? Quizá así no estaría tan sola esta temporada.

—Ni siquiera es seguro que tú vayas a estar en esta temporada —interviene Alasdair.

¿Que no, dice? Vas a ver.

Me explican qué neumáticos van a ponerme y empiezan los problemas.

—No es una buena idea, JJ. Aunque esto sea solo de prueba, no tengo buenos recuerdos de la que empecé con neumáticos duros el día que corrí en…

—Mónaco —interviene Alasdair.

—Sí, hace…

—Dos años y medio.

Exhalo.

—Alguien ha hecho sus deberes.

—Trabajaba en esto cuando tú todavía llevabas pañales, no sé de qué te sorprendes.

—Solo nos llevamos diez años —musito sin llegar a comentar que cuando mi carrera empezó hace cuatro, él desapareció de la F1.

Que aun así esté al tanto de la historia de mis neumáticos… Resulta curioso. Y halagador.

—Bien, Lina, cuando quieras —interviene JJ—. La pista es tuya.

—Mis cuatro palabras favoritas.

El gruñido brusco del coche al acelerar retumba por mi esternón y corre hasta mis dedos obligándome a apretar más el volante.

—El punto de mordida del embrague en 1, no seas bruta.

—¿Bruta yo? —se me escapa una carcajada eufórica—. No sé de qué hablas, Jonathan Jonathan.

—¿Quién le ha dicho mi nombre?

La intensidad atraviesa el asiento y yo con él.

Más deprisa.

Más, más, más.

La adrenalina se convierte en fuerza y me hace olvidarme del miedo.

El circuito se abre ante mí como un anfiteatro esperando sangre.

Se la doy. Vuelo sin excusas. Sin paracaídas.

La fuerza G me aplasta contra el asiento y el esfuerzo que tengo que hacer para mantenerme en posición me recuerda por qué entreno tanto.

Mi pulso se dispara mientras tomo las curvas como si no hubiera pasado ni un día desde que lo dejé.

No estoy oxidada.

¿Lo ves Ethan? Te equivocabas conmigo.

Acelero en la recta sin aliento. La euforia cosquillea en mi pecho, en la punta de mi lengua. Mi mente juega en mi contra tirando de un hilo que preferiría cortar. «¿Y todas esas personas que dijeron que tu carrera había acabado antes de empezar, Lina? ¿Que se alegraron de ello?».

No puedo evitar perderme en las sombras de mi cabeza unos instantes.

—Sector uno, +0.163. Has entrado tarde.

—Si vais a meterme prisa antes de que se calienten, necesito neumáticos blandos.

Empiezo a ponerme nerviosa cuando mis tiempos no mejoran. «Fallaste a la única persona que creyó en ti de verdad. Y vas a volver a hacerlo». Mi madre nunca habría dicho eso en voz alta, pero mi cerebro ha decidido que suene como ella.

—A boxes, Lina —dice JJ.

Llego y 2.792 segundos después, salgo de boxes con neumáticos blandos.

El corazón me va más deprisa que el coche.

Si fallo, Alasdair se irá, Lucian me dará la patada y me quedaré sin temporada.

La luz del sol se derrama por la pista, pero las sombras me ganan terreno en mi interior cuando estoy a punto de alcanzar el primer sector.

Es entonces cuando le oigo.

—¿Con qué escudería estuvo Carlos Sainz en sus mejores años?

Alasdair.

—Ferrari.

—¿Y Fernando Alonso?

—Renault.

—Max Verstappen.

Mataría por volver al pasado y correr con esas leyendas.

—¿En serio? Ponme una difícil.

—Responde a la pregunta.

—Red Bull Racing.

—Sector 1, -0.09 —informa JJ.

Mi sonrisa se ensancha. No tengo tiempo ni de respirar.

Antes de llegar a la siguiente marca, acelero de más. Estoy a punto de pagarlo caro, pero me recupero a tiempo. ¡¡Cuantísimo lo he echado de menos!!

—Sector 2, -0.021. Has vuelto a superar tu marca personal.

Los dedos de las malas lenguas recorren mi garganta otra vez. La oscuridad sigue conmigo, apretándome el cuello y cualquiera diría que oye la voz de mi pensamiento porque Alasdair…

—¿Cuál es el circuito más corto?

—Mónaco.

—¿Y el más largo?

—Spa-Francorchamps.

—¿Y el más peligroso?

Esa es fácil. Cualquier carrera en la que corra yo.

Acelero un poquito más sintiendo cómo el coche se pega al asfalto y las ganas de gritar tiemblan en mi garganta. Termino la prueba, ¡¡y la bordo!!

Y sin ningún cromosoma Y al volante. Chupaos esa.

JJ me elogia y me confío. Bajo la guardia como una novata. Tomo mal la siguiente curva que llega en medio de mi celebración. No calculo bien. No aminoro el ritmo a tiempo.

No, no, no, espera.

Mis reflejos me dan una puñalada justo cuando más los necesito ahí para mí. Giro con violencia. El coche patina fuera del piano. El tren trasero se descompone con el golpe, el volante me da un latigazo en las muñecas.

El lateral derecho del monoplaza impacta provocando un estallido de fibra de carbono, chispas y… vergüenza. Mucha vergüenza.