Capítulo 5
Lina Dimettri
Esto no puede estar pasando.
—Lu… Lucian me ha dicho que podía coger lo que quisiera de aquí.
—Ajá.
—¿Y qué haces tú ahí?
—Estás en mi despacho —repite como si eso fuera justificación suficiente.
Me cruzo de brazos para no cruzarle la cara a él.
—¿Y por eso te ha parecido bien espiarme mientras me cambiaba?
—Ni siquiera has cerrado la puerta. Y estabas de espaldas. No puede decirse que me haya colado en tu jardín con unos prismáticos y te haya sacado un par de fotos a través de la ventana de tu habitación.
—Sabes mucho del tema para no ser un pervertido.
Este tío tiene pinta de no haber sonreído en más de mil años, pero ahora mismo parece tener muchas ganas. Koven Alasdair se mete las manos en los bolsillos y parece ganar un par de metros de altura. Kilómetros, quizá.
—Por casualidad, ¿puede que Hendrix te haya dicho que fueras a mano izquierda y no a mano derecha? Allí es donde guardamos todo el merchandising.
—Quizá. Perdón. Estoy un poco emocionada y… bueno, tenía calor, pero no… no tanto como para quedarme en tirantes.
—Ajá —repite sin molestarse en disimular que está viendo a través de mi mentira.
—Si me das un momento, te la devuelvo. —Me acerco a él para invitarlo a irse de su propio despacho, pero me doy un soberano golpe en la pierna con la esquina de la mesa y me acuerdo de todos mis antepasados.
—Qué interesante —me escudriña con la mirada—. Eres sorprendente torpe y es evidente que también te orientas fatal. ¿Son dos secuelas de tu paso por el hospital?
Ese golpe bajo me ha dolido más que el de la mesa.
—Caray, tu don de gentes es impresionante, ¿eh? Para tu información: no —gruño todavía dolorida—. Siempre he sido así. Por si no te has dado cuenta, en las pistas de F1 nunca hay bifurcaciones. Nadie se puede perder.
—Ni siquiera tú. —De repente el anticristo, curva la sonrisa y, sin tocarme, me retuerce la parte baja del abdomen volcando una calidez en mis venas que yo no he pedido.
Una capa de sudor ardiente me empapa de pies a cabeza.
—No, ni siquiera yo —repito como una idiota.
Mi tono de voz es casi inaudible. ¿Alguien puede darme un buen bofetón o empujarme a un pozo seco? Sus ojos resbalan por la camiseta obviando la curva de mis pechos. Siento la tensión en el ambiente clavándome los talones al suelo.
Me mira los brazos y parece poder ver a través de la camiseta. Me niego a encogerme y alzo la barbilla, aunque me siento muy insegura de mis marcas. Tengo muchas. Todavía estoy acostumbrándome a ellas.
—¿Seguro que no quieres que te la devuelva?
Sacude la cabeza con un gesto grácil y elegante. Los ángulos de su rostro me hacen sentir un poco indigna de respirar el mismo oxígeno que él. ¿Pero qué tonterías digo?
—Lina.
—¿Sí?
—No tienes nada de lo que avergonzarte.
Alasdair da media vuelta y se va, pero sus palabras suenan con eco incluso después de que lo haga. Y yo sigo sin poder respirar durante un minuto entero. La despiadada y competitiva Lina Dimettri, la “chica sin piedad” se ha quedado sin palabras.
Esto. Es. Nuevo.
Cojo mi chaqueta y vuelvo con el resto. Lucian se acerca a mí como si fuera a contarme un secreto y me pasa un brazo por encima de los hombros.
Esquivo una caja de herramientas del suelo y me quedo con la cara de tres personas que han dicho su nombre demasiado bajito y ahora voy a tener que referirme a ellos como «perdona», «disculpa» y «eh, máquina».
Voy directa a presentarme al otro piloto, Mikel Andrews, de veintisiete años, pero me pone mala cara antes de que Lucian me lleve en la dirección opuesta. Vaya. No le habrá llegado la circular de que a mí me gusta hacer amigos a donde sea que vaya.
Lucian no hace ningún comentario y me guía hacia los cargos más importantes. No puedo morderme la lengua otra vez.
—¿Me das un nombre?
—Se llama Brutus. —Lo dice tan alto que el susodicho nos mira mientras sigue trabajando—. Es el director técnico.
Es decir, el que lideró el equipo que creó el coche que voy a conducir. Impresionante.
Tiene alrededor de sesenta-y-bastantes y su cara me recuerda a la de un San Bernardo *ojo, esto lo digo en el mejor de los sentidos*.
—Ya me cae bien.
—Tú a él también. Luego tenemos al ingeniero de carrera.
Es decir, el cerebro que va a estar conmigo en la carrera a través de la radio. Tiene pinta de informático cuarentón que vive con su madre y que, en un apuro, no sabría zurcirse los calcetines. Indefenso, pero amigable.
—¿Tiene un nombre corto? Me ha parecido que alguien lo llamaba…
—Se llama Jonathan Jonathan, pero todo el mundo lo llama JJ.
—¿Se llama Jonathan Jonathan?
—Su madre murió en el parto y su padre es adicto al crack.
—¿De verdad?
—No, pero tendría sentido, ¿a que sí? —Lucian tira de mí y apenas contengo la carcajada—. Y como no quiero volverte loca, el último nombre que vas a tener que aprenderte hoy es el de ese tío de ahí. George. Es el jefe de mecánicos, se encarga de coordinar al resto de los mecánicos del box.
George es más que eso. Es el cerebro de la parada en boxes. Si él lo tiene todo bajo control en menos de tres segundos puedes estar fuera con neumáticos nuevos.
—Tiene una sonrisa amigable.
—Sí, también la mantiene cuando discute a gritos. Pero como buen alemán, los viernes nos trae pastel de árbol Baumkuchen, que está para morirse, así que compensa tenerle entre nosotros.
—Tarta, claro, ¿qué otra razón podría haber?
Se ríe y llama a George para que me dé algunas lecciones y avisos sobre la conducción del coche antes de que me suba al monoplaza.
Entre tú y yo, ¿me molesta que esto sea un campo de cromosomas Y? Me gustaría decir que tengo un callo demasiado duro como para notar ese pequeño puñal, pues, por si todavía no te has dado cuenta, soy la única piloto mujer que corre en F1 este año.
Pero sí, claro que me molesta.
—¿Lista? —pregunta George.
—Claro, cuando quieras.
Todo el tiempo que me paso escuchando las lecciones de George, adivina quién está a mi lado.
Exacto: Koven Alasdair.
Observándome. Estudiándome.
Es una suerte que mi poder de concentración sea más fuerte que mis ganas de devolverle la mirada.
—Aprendes rápido, chica —dice George sorprendido, al acabar.
—Son mis ganas de subirme a tu creación. ¿Me dejas salir a jugar ya?
Él se frota las manos, suelta los mandos del simulador y se marcha en dirección al monoplaza esperando que lo siga.
—No es ningún juego —dice una voz inexpresiva, pero fría, en algún punto por encima de mi hombro.
—Lo sé. —Aprieto los labios pensando en lo último que me ha dicho.
Alasdair va a estar en la radio, en mi oído, junto a JJ.
No es algo usual que se permitan semejantes privilegios al coach del piloto, pero digamos que Alasdair es el comodín de la baraja de Leik-GP.
Y aunque soy capaz de reconocerme que la idea de que me hable al oído me gusta, quizá demasiado, es posible que cuando estoy corriendo a trescientos kilómetros por hora no sea el mejor momento.
No tengo tiempo de encontrar las palabras adecuadas para decírselo.
—Un solo paso en falso y cuando te bajes del F1 yo ya no estaré aquí. Desobedece mis órdenes una vez y se acabó.
O sea que sin presiones.
Estupendo.