Capítulo 4
Koven Alasdair
—El repartidor de Amazon seguro que no —carraspea cuando alzo las cejas y asiente con la cabeza—. Tengo una ligera idea, sí.
—Quiero que estudies a todos los pilotos a los que entrené y que averigües qué tienen en común —extiendo dos dedos en su dirección para entregarle la lista de todos ellos, pero ella sonríe—. ¿He dicho algo gracioso?
—No, no, puedo… puedo hacer eso. Claro. —Lo coge y lo mira con ojos brillantes.
La escudriño con la mirada.
—¿Qué?
—Es gracioso que creas que no lo sé todo sobre el mejor coach que ha tenido la Fórmula 1 en los últimos cincuenta años.
Se me tensa el cuerpo. La verdad es que eso no me lo esperaba.
Supongo que no será un buen momento para admitir que, después de terminar la temporada con Marcus Torrent, pensaba preguntarle a ella si me quería en su equipo. Supongo que, teniendo en cuenta cómo salieron las cosas, nada de eso importa ya.
—Bien —mi voz suena grave y neutra, y no digo nada más.
—Bien. Nos vemos luego, ¿vale?
La sigo con la mirada mientras camina hacia Hendrix y también después, cuando él se la lleva de aquí para allá por el box, presentándole a todos. Llegado un punto, me convierto en su sombra. Los sigo de cerca. Sin intervenir.
Es muy simpática, risueña a más no poder. Parece una cría en su primer día de instituto. En mi opinión, es demasiado sonriente para un ambiente en el que se juega la vida. Siempre me lo ha parecido.
Pero sé muy bien todo lo que perdió hace un año y que siga teniendo ganas de sonreír… digamos que impresiona bastante.
Tiene el pelo castaño recogido en un moño despeinado y unos cuantos mechones se escapan de este acunando su rostro dulce y lleno de curvas en las que cualquiera querría matarse.
Sus ojos no son azules, ni verdes, son de un turquesa que no había visto nunca en directo, menos aún desde tan cerca.
Unos a los que, en honor a la verdad, las cámaras nunca han sabido hacer justicia.
Debería dejar de pensar en ella como «Lina», es demasiado cercano.
—Koven, es un honor trabajar contigo. Eres una leyenda. ¿Podemos hacernos una foto?
Desvío la mirada hacia Loïuan y no hace falta que diga nada para que el chaval salga despavorido.
Joder, a mí antes me gustaba la gente.
De repente veo cómo la señorita Dimettri dice algo al oído a Lucian y él le devuelve un comentario en el mismo tono, para luego señalar el pasillo y unas de las salas cercanas.
No es de extrañar que Lucian Hendrix no se percate de que la sigo, dos segundos después de quedarse solo alguien del equipo ya está reclamando su atención.
Voy tras ella por el pasillo, sin saber qué pretende, ni a dónde va. Giramos una esquina. Al verla entrar en esa sala, me sorprendo todavía más.
Empujo la puerta que ha dejado entornada y esta no hace ruido, así que no se da cuenta de que me apoyo en el marco, ni tampoco de que la observo.
La veo colarse tras el escritorio y rebuscar en los estantes que están a la altura de sus ojos. Coge una camiseta de manga corta, la vuelve a dejar y saca una de manga larga.
Lina se quita la chaqueta de espaldas a mí. Se queda solo con una fina camiseta de tirantes que expone todas sus cicatrices. Me quedo sin aire. Recorro con la mirada las que le pintan los omoplatos, también los brazos…
Su cuerpo parece un mapa y sus marcas serpientes ansiosas por devorarla.
Es demasiado rápida al quedarse en sujetador y segundos después, la camiseta de manga larga con el logo de Leik-GP ya está abrazando su cuerpo.
—¿Qué estás haciendo, Dimettri?
—¡¿Pero qué…?! —chilla dándose la vuelta y alzando su dedo de señalar en mi dirección—. ¿Me estabas espiando?
Un rubor muy favorecedor le inunda las redondeadas facciones.
—Estás en mi despacho y esa camiseta es mía.
—¿Qué?