Capítulo 2
Koven Alasdair
Un taladro odioso perturba mis horas de sueño. O eso diría si el insomnio me dejara cerrar los ojos más de dos minutos seguidos. Salgo de la sala de entreno y camino en dirección a los golpes. No es un taladro, alguien está aporreando la puerta de mi casa.
Me saco el móvil por el camino para ver la hora.
—Pero si no son ni las seis de la mañana —gruño.
Tengo amigos. No muchos. Dos. Y son hermanos. Irith y Alek Sant Delphi. Quien sea que esté en mi puerta va a dejar al otro como hijo único.
Me sorprende ver por las cámaras de seguridad que no se trata de ninguno de los dos. Abro la puerta ya con el ceño fruncido.
—¿Lucian?
Suelta una carcajada, se quita la gafas de sol *que lleva pese a que aún no ha salido el sol*, y extiende los brazos.
—¡Koven Alasdair! Dichosos los ojos, amigo mío. —Se carcajea, tira de mí y me funde en un abrazo al que no me niego.
He mencionado que solo tenía dos amigos, pero Lucian Hendrix también lo era. Al menos, en mi vida pasada, cuando formaba parte del mundo de la F1.
—Cuánto tiempo.
—Ya lo creo. No te has dejado ver el pelo —me coge del hombro con la mano llena de cicatrices y me zarandea.
Hace mucho que me encerré entre estas cuatro paredes. Desde que ocurrió todo, puedo contar con los dedos de una mano las veces que alguien de ese mundo ha contactado conmigo. Siempre para ofrecerme trabajo, nunca para preguntar cómo estaba.
A Alek Sant Delphi lo conocí porque íbamos al mismo terapeuta. Supongo que eso es todo lo que necesitas saber sobre mi amigo.
—¿Quieres pasar? —me siento raro al pronunciar esas dos palabras por primera vez en la vida.
Creo que no voy a repetir la experiencia.
—Claro, me encantaría.
Me hago a un lado para que tenga espacio para entrar con el bastón.
Lucian solo tiene cuatro años más que yo, pero hace no demasiado confesó en una rueda de prensa que la vida que había llevado lo había dejado con el cuerpo hecho trizas.
Es un ligón y usa la pena como táctica de conquista.
Trizas mis narices. Una ligera cojera y un par de cicatrices, no hay que dramatizar. El tío sabe cómo ganarse a las masas.
Le preparo un café porque, aparte de eso, todo cuanto tengo son bebidas alcohólicas y estoy bastante convencido de que la gente normal diría que “es muy temprano para eso”.
—¿Y para ti no hay? —pregunta cuando le ofrezco la taza.
Mi desayuno empezará cuando tu te vayas y vendrá en un vaso de cristal con dos hielos.
—Acabo de entrenar y no me apetece —ocupo el sillón frente al sofá en el que está él y lo estudio con la mirada.
Sigue siendo rubio. Sigue pareciendo un pijo de cuidado.
—¿Estás intentando averiguar qué demonios hago aquí?
—Más bien, sí.
—Una de las cosas que siempre me gustó de la forma en la que entrenabas a tus pilotos era lo directo que eras.
—No eran mis pilotos.
—Claro que sí. Y yo debería haber sido uno —dice con resquemor—. Habríamos sido invencibles. El equipo perfecto.
Tal vez. Nada de eso importa ya. Él ya no es piloto de F1 y yo ya no soy entrenador.
—Si sabes como soy, te agradecería que no me torturaras y me dijeras qué haces aquí.
—Venía a hacerte una oferta.
—No estoy interesado.
—Ni siquiera la has escuchado.
—Tengo dinero suficiente como para no tener que preocuparme de buscarlo durante el resto de mi vida. No necesito trabajo, puedes terminarte el café y…
—Siéntate, por favor —pide masajeándose la sien con la mano libre. Se le iluminan los ojos con triunfo cuando lo hago—. Te conozco, Koven Alasdair.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Sé que estás siguiendo todas las noticias de la F1, que sabes qué escudería tiene el mejor coche y quién tiene los mejores pilotos.
—No sé de qué estás hablando.
—Sé por qué estás aquí —señala mi salón como si fuera una cárcel—. Y yo puedo ayudarte a pasar página.
—Estoy satisfecho con la vida que tengo.
—Pues Lina Dimettri no.
Que nombre a la única mujer que hasta hace un año estuvo compitiendo en F1 y conquistando podio tras podio, me pilla por sorpresa.
—¿De qué estás hablando?
—Ethan Vermand no la quiere.
Frunzo el ceño como si me hubieran dado una bofetada.
—Tenía entendido que le había prometido un hueco cuando se recuperara. —Cómo odio a los mentirosos.
—Ha cambiado de opinión. Cree que no está lista.
—Entonces será que no lo está. Que espere unos meses y…
—Mentalmente. Ethan le ha cerrado la puerta de manera indefinida. Dice que es una kamikaze y que no quiere cargar con la muerte de la cría a sus espaldas. Imagino que tú podrás entenderle.
No reacciono a ese golpe bajo, pero sí me imagino que le doy un buen puñetazo. O cinco.
—¿Por qué me cuentas todo esto, Lucian?
—Porque Lina ya ha hablado con todas las escuderías y nadie está dispuesto a hacerle un hueco… salvo yo. Pero mi oferta viene con una condición. Tú serás su entrenador.
Me levanto, le quito la taza de café y me la llevo a la cocina.
—Ya sabes donde está la puerta.
—Alasdair. Espera. No me hagas correr, ¡que estoy cojo, coño!
Me doy la vuelta despacio, ya en la cocina. El cretino siempre usa esa muletilla, *nunca mejor dicho*.
—Siento que hayas decidido hacernos perder el tiempo con tu visita. Que te vaya bien.
—Escúchame.
—No, escúchame tú —me acerco y le encaro—. No voy a volver. Nunca.
—Sabes el talento que tiene.
—Alguien más podrá verlo.
—No volverá.
—Este año quizá no, pero el siguiente…
—Será tarde. Venga ya, se ha pasado el último año sin correr por su accidente, si se pasa otro más, su carrera habrá acabado para siempre.
Tiene razón.
Para cualquier otro piloto eso sería una tragedia, ¿pero para ella?
Es moralmente injusto. Las mujeres lo tienen mucho más difícil para llegar a donde ha llegado Lina Dimettri.
—No es asunto mío.
—Sí lo es porque Lina Dimettri solo podrá volver a la Fórmula 1 si es con mi escudería. Y yo no voy a dejarla entrar si no es de tu mano. Si rechazas esta oferta, te estarás cargando su futuro. ¿Quieres añadir más peso con el que cargar sobre tus hombros?
Exhalo.
Joder. Voy a darle un puñetazo de verdad.
A medida que yo me enfado él sonríe.
—Tienes suerte de estar cojo.
—¿Nos vamos ya?