Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 35 River
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RIVER

Me desperté sobresaltado de un sueño que se había repetido varias veces. Me encontraba de nuevo en mi celda compartida y mi compañero era un hombre sin rostro con un cuerpo enorme que me contemplaba en silencio día y noche. No hacía nada más, solo mirarme sin pestañear.

Moví una mano sobre la cama y eso me sacó de mis pensamientos. Me incorporé con rapidez, paseé mis ojos sobre la superficie vacía y sentí una punzada en el pecho.

Kaia no se encontraba a mi lado.

Su lado de la cama estaba frío y no había ninguna luz encendida al otro lado de la puerta que daba al aseo del dormitorio. Y el silencio era absoluto.

Me incliné hacia su mesita de noche y esa punzada se intensificó al descubrir que su teléfono no estaba allí.

Me levanté de un salto, comprobé el aseo y salí del dormitorio sin molestarme en encender la luz.

Pasé por el salón y la cocina sin encontrarla antes de dirigirme a la habitación de Farren, que dormía acurrucada bajo las mantas.

Tenía una sonrisa ladeada en el rostro que aligeró un poco mi malestar.

¿Dónde narices estaba Kaia?

Oí un ruido suave en el exterior justo antes del sonido de la cerradura de la puerta principal. Solté una bocanada de aire y me obligué a tranquilizarme. Quizá se había despertado antes de tiempo y había salido al jardín para ver el amanecer.

Mi abdomen se contrajo al imaginarla en el exterior a esa hora.

Kaia jamás se expondría a semejante frío y menos antes de que saliera el sol. Mi chica era la mujer más friolera del universo y no tenía el mejor despertar.

Me volví ante el ruido sordo que oí a mi espalda y todas mis alarmas se encendieron. Había dos personas intentando acceder a la casa y ninguna de ellas era Kaia, dado que quien se encontraba frente a la puerta principal todavía la manipulaba.

Di un salto atrás para ocultarme entre las sombras y avancé hasta una de las ventanas. Vi un haz de luz que provenía de una linterna. ¿Tres personas? Si intentaban entrar en la casa, significaba que no tenían a Kaia, ¿o sí?

No podían habérsela llevado de entre mis brazos; me habría despertado sin ninguna duda, así que ella había tenido que marcharse por voluntad propia y más si lo había hecho con su teléfono.

Su teléfono. El único que había en la casa.

¡Mierda!

Corrí hacia la habitación de Farren, eché un vistazo rápido al mobiliario en busca de una estrategia y me tragué una maldición al ver el haz de luz al otro lado de su ventana. Los estores estaban bajados, así que al menos no podían vernos. Me acerqué a su cama y coloqué una mano sobre su pecho.

—Farren. —Mi susurro sonó ronco y agresivo.

Ella ni se inmutó.

La zarandeé varias veces hasta que abrió los ojos. Le tapé la boca con la mano cuando la abrió y sus pupilas brillaron ante mi gesto.

—Necesito que te escondas y no salgas de ahí hasta que te avise. —Esperé un segundo mientras su ceño se fruncía—. Quiero que bloquees la puerta de tu habitación con esa cómoda y que subas a la parte superior del armario, que te tumbes allí y esperes. Oigas lo que oigas. ¿Me entiendes?

Ella asintió con la cabeza, sus ojos verdes enormes muy abiertos.

—No dejaré que entre nadie aquí, por eso necesito que no salgas bajo ninguna circunstancia.

Un golpe fuerte resonó en el garaje y ella lanzó sus brazos a mi cuello.

—¿Dónde está mamá? —musitó en mi oído. Su cuerpo diminuto temblaba a pesar de que se aferraba a mí con fuerza.

—No está en casa. Se marchó a la obra antes de tiempo —mentí, aunque recé para que fuera cierto—. Haz lo que te he dicho.

—Te quiero, Riv. —Me abrazó un instante más y me soltó.

No pude responder porque acababa de formarse un nudo enorme en mi garganta. Un nuevo golpe, ese mucho más cercano a nuestra posición, hizo que me pusiera en pie.

—La cómoda contra la puerta y tú escondida sobre el armario —le recordé.

Ella asintió con vehemencia, así que salí de su habitación, cerré con cuidado y me quedé allí mientras oía como movía el mueble con una lentitud desesperante.

Hasta que no quedó todo en silencio, no probé a empujar su puerta.

No se movió ni un milímetro, así que me volví y corrí hacia el salón, donde una sombra enorme cayó sobre mí.

Lancé un puñetazo que aterrizó en su mandíbula, rodamos por el suelo y lo inmovilicé con mi peso.

—¿Te envía Grant? —pregunté entre dientes.

El hombre escupió algo de sangre antes de sonreír como un psicópata.

Sus ojos lo traicionaron y enfocaron hacia un punto a mi espalda, así que salté a un lado y esquivé el golpe de su compañero.

Le di una patada en una pierna y él cayó como un peso muerto al suelo, pero el otro ya se había levantado y cargaba contra mí.

Lo golpeé con fuerza en el abdomen antes de impactar mi puño en su cuello con la esperanza de dejarlo inconsciente.

El otro corrió hacia mí, así que lo esquivé, pero me topé con un tercer cuerpo que intentó sujetarme.

Me revolví contra él, logré golpearlo con la cabeza y gruñí cuando el otro me asestó un puñetazo en la cara.

No dejé que el dolor me distrajera; me centré en mis oponentes como había hecho decenas de veces en prisión.

Me moví entre ellos con fluidez, manteniéndolos a raya entre puñetazos y patadas hasta que algo cayó sobre mí y me inmovilizó contra el suelo.

Eran cuatro.

El gigante que trataba de mantenerme bajo su peso me agarró por el cuello y apretó hasta cortarme la respiración.

Liberé una de mis manos, la lancé hacia su rostro y agarré lo que encontré, que por el tacto debía ser el interior de su nariz y uno de sus ojos.

Soltó un alarido y su cuerpo se balanceó hacia un lado, así que aproveché para quitármelo de encima y patear al que más cerca tenía.

Uno de ellos permanecía en el suelo inconsciente, el gigante seguía sentado con sus manos en su rostro y los otros dos trataban de alcanzarme.

Sentí una oleada de terror al ver a un quinto hombre frente a la habitación de Farren.

Golpeaba la puerta y trataba de abrirla.

Sacudí a los que tenía más cerca y corrí hacia él.

Lo agarré del cuello, me impulsé contra la pared y lo lancé al otro lado del pasillo, donde impactó contra uno de sus compañeros.

En ese momento pareció romperse el silencio y sonaron las primeras amenazas rabiosas.

Uno de ellos sacó una navaja de su pantalón y me la mostró con una sonrisa.

Otro rompió una de las sillas y se hizo con una pata que alzó en el aire.

El gigante se había levantado ya; su cara estaba hinchada y parecía estar furioso.

Además, un reguero de sangre bajaba desde su nariz hasta su cuello.

—Ya podéis llamar a todo el escuadrón, porque os va a hacer falta —sentencié con calma.

No me sentía calmado, ni mucho menos, porque Farren se encontraba al otro lado de esa puerta y podía oírlo todo.

Dos se echaron a reír y los otros gruñeron como animales antes de lanzarse sobre mí. Esquivé todos los golpes que pude, aunque tuve que soportar algunos para asestar los míos propios.

Necesitaba dejarlos a todos inconscientes para sacar a mi pequeña de allí.

Apreté la mandíbula con fuerza cuando sentí un escozor en el brazo.

Me volví hacia el desgraciado que acababa de herirme con su navaja y le di con todas mis fuerzas en el cuello.

Se desplomó al instante, aunque me llevé un golpe en la cabeza por detrás que me dejó inmóvil unos segundos, los justos para que un puñetazo aterrizara en mi nariz.

—¡River!

Su voz aterrorizada me provocó una descarga extra de adrenalina. Me deshice del imbécil que trataba de sujetarme y la vi al otro lado del pasillo. Tenía lágrimas en los ojos y sus manos cubrían su boca. Todos los hombres se volvieron hacia ella y uno incluso dio un paso en su dirección.

Me volví loco. Golpeé con manos y pies para deshacerme de ellos y ser yo el que llegara hasta ella, pero me alcanzaron de nuevo con la navaja, esa vez en la pierna. Farren gritó cuando uno la sujetó del brazo y yo sentí un terror que no había sentido nunca.

Mi hija se lanzó hacia un lado, le dio una patada en la entrepierna y le clavó el codo en la nariz. El tipo se inclinó sobre sí mismo e intentó agarrarla de nuevo, pero ella lo esquivó y corrió hacia mí. Y hacia el resto de los hombres, que se encontraban a mi alrededor.

Uno alargó el brazo para sujetarla, pero yo fui más rápido. Mis dedos llegaron hasta su cabeza y utilicé toda mi fuerza para lanzarlo contra el suelo. Su frente rebotó con un sonido sordo y por un momento todo pareció detenerse: el sonido y el movimiento.

La mirada verde y decidida que ya adoraba impactó en la mía.

Todavía brillaba con lágrimas, pero vi una determinación y una fortaleza que me sorprendió.

A pesar de ser tan pequeña, parecía estar dispuesta a todo por salir de esa situación, así que me abalancé sobre uno de ellos y la miré a los ojos.

—Ve a buscar a Reid.

Su tío vivía al otro lado del camino, en la casa más cercana.

Ella negó con la cabeza.

—¡Hazlo, Farren!

Mi pequeña se encogió ante mi grito, pero aun así dudó. El hombre que la había sujetado junto a la puerta de su dormitorio corrió hacia ella y yo intenté interponerme en su camino, pero otro de ellos me lo impidió.

—¡Corre, Farren! ¡Ahora!

Ella se movió antes de que el desgraciado pudiera tocarla y desapareció a través de la puerta del salón. Me removí con furia entre los brazos que me sujetaban y logré deshacerme de dos de ellos; cogí el primer objeto que encontré en el suelo y se lo lancé al que trataba de perseguirla.

El idiota se tambaleó contra la pared y se volvió furioso contra mí. Ladró algunas órdenes a los demás. Solo quedaban tres en pie; debería poder con ellos, aunque uno tuviera una madera en la mano, otro todavía blandiera la navaja y el tercero estuviera buscando algo con lo que atizarme.

Vi cómo la puerta principal se abría y Farren la cruzaba sin mirar atrás. Solo tardaría diez minutos en llegar hasta Reid y entonces estaría a salvo.

—¡Tenemos que irnos! —graznó uno de ellos.

—Iré a por la niña —sugirió otro.

Logré alcanzarlo con mi puño antes de que me empujaran contra el suelo.

—No hay tiempo.

Me removí contra los dos hombres que me sujetaban y hasta pateé a uno de ellos.

Sentí como intentaban atarme las muñecas, así que me esmeré todavía más en impedírselo.

Lancé mis brazos y piernas en todas direcciones hasta que uno de ellos terminó en el suelo.

Agarré al otro del cuello y lo sostuve de escudo mientras me levantaba, pero algo impactó con fuerza sobre la parte trasera de mi cabeza.

El dolor se extendió con rapidez por toda la zona.

El capullo se soltó de mi agarre y un nuevo golpe me lanzó de nuevo hacia el suelo.

Mi visión se nubló, sentí como un líquido denso y caliente bajaba por mi cuello y mis extremidades dejaron de obedecerme.

Las voces se volvieron lejanas y las palabras, incomprensibles, hasta que todo se apagó.