Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 34 Kaia
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34 Kaia

KAIA

Abrí los ojos al sentir la vibración de mi teléfono. El número parpadeaba en la pantalla poco iluminada mientras mi mente luchaba por despertarse.

Conocía los últimos dígitos; además, no era del todo extraño que recibiera alguna que otra llamada a esas horas de la mañana.

Las cinco menos diez.

Intenté levantarme, pero no pude. Algo pesado se encontraba sobre mi pecho y también sobre una de mis piernas. Al echar un vistazo, mi corazón se aceleró al descubrir a River dormido junto a mí. Uno de sus brazos me mantenía pegada a su cuerpo y su rostro estaba a escasos milímetros de mi pelo.

Mi abdomen se contrajo al recordar lo ocurrido la noche anterior y por un momento olvidé la llamada.

Cuando el teléfono vibró de nuevo, retiré su brazo con cuidado, deposité un beso suave sobre su hombro y me levanté sin hacer ruido.

Recuperé el aparato de la mesita de noche y me lo llevé hasta la cocina.

—Buenos días —susurré tras descolgar.

—Siento llamarte a estas horas, pero tenemos un problema en la obra de la señora Bells —suspiró Marco todavía con la voz ronca.

—¿Qué ha pasado?

Me moví hacia el salón y recogí la ropa del trabajo del día anterior.

—Te daré todos los detalles cuando llegues, pero saltó la alarma de movimiento y la señora Bells me llamó para avisarme, así que fui a echar un vistazo y está todo hecho un desastre.

—¿Un animal salvaje? —pregunté sin entender nada.

—No lo sé. Todavía no lo he revisado todo bien; antes quería hablar contigo.

—Llegaré allí en treinta minutos.

Colgué con la mente a mil por hora y di una vuelta sobre mí misma antes de detenerme a pensar.

Si despertaba a River, insistiría en acompañarme y entonces tendría que levantar a Farren y llevarla con Reid porque todavía faltaban unas cuantas horas para que abriera el colegio, y todo eso demoraría mi llegada a la obra.

Me dirigí a la cocina, agarré el bloc de notas que mi hija utilizaba para dejarme frases o dibujos y arranqué una hoja.

Garabateé con rapidez lo ocurrido, prometí volver a tiempo para llevar a Farren al colegio y dejé la nota sobre la isla para que ambos la vieran.

Luego salí de casa sin hacer ruido y me subí al coche.

Con un poco de suerte, volvería antes de que se despertaran y no me metería en ningún lío por haberme marchado sin avisar a River o Zion.

Conduje con un nudo en el abdomen ante lo que podría haber causado el desastre en casa de la señora Bells.

A veces teníamos problemas con determinados animales salvajes que se adentraban en las propiedades y hacían de las suyas durante la noche.

Solían buscar comida o refugio y en su misión terminaban estropeando ciertas zonas como el jardín o el porche, pero esa vivienda estaba protegida por una valla bastante nueva.

Me extrañaba que hubieran abierto un agujero en ella.

Yo misma había revisado el perímetro esa misma semana por si necesitábamos reforzar alguna parte y la había encontrado en buen estado.

¿Nos habríamos dejado la puerta abierta la tarde anterior?

Un fallo lo tenía cualquiera, sobre todo al final del día. Ponías el piloto automático y realizabas las mismas tareas de siempre sin prestarles atención, por eso luego no podías recordar si habías cerrado la puerta con llave, apagado la cocina o colocado el pestillo.

A pesar de prometerme a mí misma estar más atenta al presente, no tardé ni dos minutos en perderme en mis pensamientos.

El rostro de River apareció en mi mente, mis comisuras se alzaron sin mi permiso y mis tripas dieron un salto.

Solo el recuerdo de su mirada intensa y azul era suficiente para que un escalofrío recorriera mi cuerpo.

Visualizar el tatuaje que lucía en su pómulo izquierdo me provocaba un cosquilleo en la parte baja del abdomen y, como pensara en uno de sus besos, ya podía despedirme de recobrar la cordura en los siguientes segundos.

Una sombra apareció ante las luces del coche y mi pie se lanzó contra el pedal. El coche no hizo ningún ruido al frenar, aunque el animal saltó a un lado y desapareció entre los árboles que bordeaban la carretera vacía a esas horas intempestivas.

—Céntrate, Kaia —mascullé sin aliento.

Me temblaban las manos y mi corazón rebotaba con fuerza en mi pecho.

No era la primera vez que me encontraba con un animal mientras conducía, ni mucho menos; era algo muy común a las afueras de Sweet Meadows. Lo que me había asustado había sido que me había sumido una vez más en mis pensamientos y había tardado demasiado en verlo.

Continué con mi camino esa vez concentrada en lo que hacía y llegué hasta la vivienda de la señora Bells sin ningún otro percance.

La puerta del jardín estaba abierta, así que entré con mi linterna y avancé por el sendero de piedra.

Esa casa era una pasada, tanto por su ubicación en mitad del bosque como por el tamaño del terreno.

También por la forma en la que lo habían construido y decorado todo.

Avancé en el silencio de la noche y me subí el cuello del abrigo hasta las mejillas en un intento de no congelarme. Todavía faltaba un rato para que amaneciera y, dado que el aire parecía ser capaz de cortar mi piel, era muy probable que en unas horas nevara.

Accedí a la vivienda a través de la puerta principal, que se encontraba entornada.

—¿Marco? —pregunté con la voz entrecortada debido al frío.

No obtuve respuesta. Pulsé el interruptor de la luz, pero no ocurrió nada, así que continué con mi linterna. Me pareció oír algo a mi derecha y de repente sentí una punzada de miedo, aunque la ignoré como había hecho cientos de veces a lo largo de toda mi vida, sobre todo durante mi infancia.

Paseé la luz por el salón en busca del origen del sonido, pero no encontré nada.

Tampoco se oía ya ese ruido. Crucé la estancia, eché un vistazo por los ventanales que daban al jardín y se me escapó una exclamación al ver pasar una sombra diminuta entre las hierbas. Sin lugar a dudas, un roedor nocturno.

Algo crujió a mi espalda. Me di la vuelta a toda velocidad y esa vez sí que solté un alarido que resonó por toda la estancia. Mi linterna cayó al suelo a la vez que mi espalda rebotaba contra la ventana y el haz de luz terminó enfocando a la persona que se encontraba frente a mí.

—Santo Dios, K. Casi me matas de un infarto. —Marco se sujetaba el pecho con una mano y me miraba con una expresión de terror absoluto.

Pese a mi propio miedo, me eché a reír ante la situación.

—Casi infarto yo misma —admití entre carcajadas—. Lo siento.

—No te preocupes. —Marco sonrió al fin, se agachó para recuperar mi linterna y me la tendió—. Acabo de terminar de hacer la ronda.

—¿Dónde está el destrozo?

—En la parte trasera.

Lo seguí hasta la cocina, pasamos al garaje y maldije en voz alta al ver el desastre.

Me agaché frente a los materiales que guardábamos allí y recorrí mi mano por los sacos agujereados.

Luego fui al siguiente montón y descubrí las baldosas rotas.

Un poco más allá, las herramientas habían sido arrastradas por el suelo y algunas habían perdido varias piezas mientras que otras se encontraban partidas.

—Tiene pinta de haberlo hecho un animal. O una manada de ellos —murmuré haciendo un cálculo aproximado de lo que nos costaría reponer todo aquello. Entonces me detuve en seco ante una huella humana—. ¿Has visto esto?

Marco se acercó y negó con la cabeza.

—Son mis huellas. Hay tanto cemento y arena por el suelo que es imposible no dejarlas. —Movió su linterna a mis pies y vi las mías.

—¿No debería haber huellas animales?

—Supongo que las habremos borrado con las nuestras. —Mi amigo se dirigió a la puerta y me hizo un gesto para que me acercara—. Está toda rota.

Observé las marcas en la madera. No había arañazos, sino golpes, y a la altura de mi cintura.

—¿Qué clase de animal puede haber hecho esto? —musité asombrada.

—No tengo ni idea. ¿Quieres que llamemos a los forestales? ¿O a la policía?

—No. Nos retrasarían todavía más —suspiré—. Limpiemos todo esto, hagamos inventario de lo que debemos reponer e intentemos conseguir los materiales lo antes posible.

—Lo siento, K. —Marco colocó una mano sobre mi hombro y apretó con suavidad.

Yo me encogí de hombros y le dediqué una sonrisa cansada.

—Pongámonos manos a la obra.

Intentaría adecentar todo aquello antes de que amaneciera y, con un poco de suerte, llegaría a casa a tiempo para despertar a Farren y River. Llevaríamos a nuestra pequeña al colegio, avisaríamos a Zion y volveríamos a casa de la señora Bells para arreglar ese desastre juntos.

Ese pensamiento me hizo sonreír y trabajar con más ganas pese al frío y la oscuridad.