33 River
RIVER
No conseguí concentrarme en la película que Farren nos obligó a poner cuando llegamos a casa después de cenar con Zion y todos los demás, que habían aparecido de la nada con la cena.
Incluso la melliza de Dax los había acompañado.
Había habido un momento en el que nos habíamos quedado los chicos a solas porque ellas desaparecieron sin dejar rastro.
Y Farren había vuelto unos minutos después con cara de aburrimiento ante la reunión secreta que ellas habían llevado a cabo en el almacén.
La pequeña se encontraba en ese momento sentada entre los dos en el sofá. Tenía la vista fija en la televisión, una mano dentro del cuenco de las palomitas y la otra sobre mi brazo. Ella, como su madre, parecía necesitar estar en contacto continuo con los demás.
Farren era mi hija.
Todavía no terminaba de creerlo. Esa niña adorable y tan fuerte era parte de mí.
Le lancé una mirada de reojo, incapaz de contenerme. Su pelo corto estaba revuelto, tenía un millón de pecas sobre sus pómulos y una nariz respingona idéntica a la de Kaia.
Mis ojos saltaron sobre ella, que giró la cabeza como si hubiera llamado su nombre.
Sonrió de lado, como si supiera lo que llenaba mi mente, y mi cuerpo se encendió ante las ganas irrefrenables de besarla.
Me sobresalté cuando la cabeza de Farren aterrizó en mi brazo. Su mano seguía dentro del bol y sus dedos agarraban varias palomitas; sin embargo, acababa de quedarse dormida.
Kaia sonrió todavía más, aunque no se movió. Esperó varios minutos antes de levantarse con cuidado, retirar el bol del regazo de nuestra hija y soltar una carcajada silenciosa cuando una palomita quedó atrapada dentro de su puño.
La cogí en brazos sin esperar su señal y fui directo a la habitación infantil. La tendí sobre la cama; Kaia intentó quitarle la palomita sin éxito y al final la tapó con la manta. Nos quedamos un par de segundos allí con la mirada fija en ella.
Mi pecho estaba a punto de explotar, lleno de una sensación cálida indescriptible.
Kaia deslizó sus dedos entre los míos y me sonrió con una vulnerabilidad que me dejó sin aliento.
Me incliné para depositar un beso suave sobre sus labios, eché un último vistazo a Farren y salimos de allí sin romper el silencio.
Tampoco lo hicimos mientras recogíamos el salón ni cuando cerramos la puerta del dormitorio a nuestras espaldas.
Tomé sus mejillas con ambas manos, saboreé su boca y mi pecho se infló cuando sonrió.
Nos despojamos de nuestra ropa sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Lo teníamos. No pensaba alejarme de ella, de ellas, nunca más.
Acaricié su cuerpo con una ternura que solo había sentido con ella, recorrí su cuello y lo llené de besos. Sus labios encontraron el lóbulo de mi oreja y sus dientes lo mordisquearon.
Aterrizamos sobre la cama en silencio, Kaia con una sonrisa en su rostro perfecto y rosado, yo con mil sensaciones en mi interior porque no podía creerme que nos encontráramos en ese punto.
Que la hubiera recuperado, que siempre hubiera confiado en mí, que formara parte de esa pequeña familia que era enteramente mía.
Me pasé tanto rato venerando su cuerpo que ella perdió la paciencia. Ella, la reina de la calma.
Sonreí cuando sus mordiscos se volvieron más incontrolados y su voz sin aliento me suplicó que me hundiera en ella.
Lo hice, aunque a mi ritmo. Poco a poco, como no lo habíamos hecho nunca, siempre cegados por el deseo y la sensación de que todo acabaría.
Una sensación que había desaparecido para dejar paso a la ilusión.
Una ilusión extrema ante lo que me esperaba junto a ellas.
Nos movimos juntos, al unísono, durante tanto rato que perdí la noción del tiempo. Sus besos, sus caricias, sus miradas se clavaron en mi corazón y se grabaron a fuego en mi memoria. Pensaba repetir aquello cada día de nuestras vidas.
—Gracias —musitó cuando al fin el sueño se extendió sobre nosotros.
—¿Por satisfacerte? —bromeé.
—Por volver. Por quedarte.
Le había confesado que mi idea inicial había sido marcharme lejos de ella para no meterla en problemas.
De no ser porque Grant había aparecido a la salida de la cárcel con su foto, no lo habría hecho.
Sin embargo, ese detalle no se lo había contado, tampoco a Zion.
Ambos pensaban que ese desgraciado no conocía nuestra relación antes de que me uniera a su empresa de construcción.
Tampoco les había contado el motivo que me había impulsado a realizar la confesión diez años atrás.
La abracé con fuerza y ella se acurrucó entre mis brazos. Su respiración era calmada y rítmica, como si se encontrara más segura que nunca entre mis brazos.
Y lo estaba. Porque jamás permitiría que Grant llegara hasta ella.
Antes tendría que pasar por encima de mí.