31 River
RIVER
Todo el aire había abandonado mi cuerpo mientras esas palabras resonaban en mi mente una y otra vez. Kaia me miraba más aterrada que antes, como si temiera que fuera a enfadarme o a desaparecer ante la revelación que acababa de poner mi mundo patas arriba.
¿Farren era mía?
¿Esa niña tan parecida a la única mujer que había amado en toda mi vida era mi hija?
¿El pequeño terremoto extrovertido, bondadoso y dicharachero era parte de mí?
Oh, joder.
Me eché hacia atrás en busca de más apoyo en el escritorio sin soltar a Kaia. Sus manos continuaban sobre mí, aunque se habían deslizado hacia mi pecho y su expresión era seria y temerosa.
—¿Farren es mía? —susurré alucinado.
Ella asintió y se mordió el labio inferior.
—Podemos hacer una prueba de paternidad. —Su voz se perdió en la última palabra.
Agarré su rostro de un movimiento, aunque procuré ser cuidadoso, y fundí mi boca con la suya.
Ella soltó un sonido de sorpresa, pero sus labios se abrieron cuando introduje mi lengua.
Mis manos bajaron por su cuerpo mientras mi boca le demostraba lo que pensaba de esa jodida prueba de paternidad.
Estrujé su trasero y la alcé para colocarla sobre mí.
Sus muslos apretaron mis piernas, sus rodillas estaban apoyadas sobre el escritorio y su respiración era tan agitada como la mía.
—¿Es una buena noticia entonces? —jadeó entre mis labios.
—La mejor —aseguré volviendo a besarla.
Ambas eran mías.
No podía creerlo.
De repente, todo encajó.
—Por eso trataste de visitarme durante tanto tiempo —comprendí con un nuevo nudo en la garganta.
—Ese fue uno de los motivos, pero no el único. —Kaia se aferró a mis hombros y se acomodó sobre mi regazo—. No llegué a decirte que te quería; necesitaba que lo supieras si ibas a pasar tanto tiempo allí dentro. Y también deseaba que me contaras la verdad para poder sacarte de allí.
—Nunca pensaste que fuera culpable. De ese crimen al menos —murmuré maravillado.
—Sabía que no lo eras. —Kaia sonrió de lado y no me quedó más remedio que besarla de nuevo.
Sus manos buscaron la parte baja de mi sudadera y se colaron por dentro.
Acarició mi piel con sus dedos helados, tiró de la prenda y me despojé de ella de un movimiento.
Sus ojos recorrieron mi pecho y abdomen antes de estrellar sus labios en mi boca con más deseo que antes.
Sus dedos llegaron al botón de mi pantalón en el instante en el que yo trataba de deshacerme de su sudadera, idéntica a la mía, pero unas cuantas tallas más pequeña.
Kaia me mordió el labio cuando logré desabrochar su pantalón y no sé muy bien cómo logré que se quedara desnuda sobre mí.
Caminé unos cuantos pasos con ella aferrada a mi cuerpo hasta que apoyé su espalda en la puerta con delicadeza.
Ella se estremeció debido a la temperatura de la madera, pero me devoró con más intensidad.
Se movió contra mi cuerpo al borde del abismo, así que deslicé una mano por su abdomen hasta llegar donde me quería y la acaricié en círculos hasta que ahogó un grito en mi boca. Antes de que pudiera volver a satisfacerla, me introdujo en su interior y ambos gemimos a la vez.
Dios, hacía tanto tiempo desde la última vez.
Me moví poco a poco para no perder la cordura, aunque ella no estaba muy por la labor.
Había dejado mi boca atrás y sus dientes marcaban mi cuello justo donde sabía que más me gustaba.
Coloqué una mano bajo su trasero y la otra en su nuca para instarla a besarme de nuevo y esa vez dejé la mente en blanco y me centré en las emociones que me invadían.
En todas ellas, el deseo, la esperanza, el amor.
Kaia era mi hogar, lo había sido desde que se había colado bajo mis barreras de esa forma tan sutil, como si nada, y me había mostrado lo que era la lealtad y la generosidad.
—Oh, Dios mío, River.
Me tensé ante su voz llena de deseo y placer y me rendí ante los míos propios.
Incrementé el ritmo, me concentré en los sonidos que abandonaban su garganta y la presión que ejercían sus piernas alrededor de mi cintura.
Cuando sus uñas se clavaron en mis hombros, solté un gruñido atronador y sus gritos resonaron por toda la oficina.
La sujeté con fuerza a pesar de que me temblaban las piernas y dejé un reguero de besos suaves por su cuello mientras ella se mantenía inmóvil con la respiración entrecortada.
—¿Qué hora es? —preguntó de pronto.
—¿Qué? —Traté de activar mi cerebro, pero no lo logré.
Kaia se movió en un intento de que la soltara, pero nos hizo gemir a ambos. Cuando sus pies tocaron el suelo, correteó por el despacho hasta llegar a su ropa y rebuscó algo en ella. Revisó su teléfono, alzó la cabeza y me dedicó una sonrisa de lo más sensual.
—Ven.
Obedecí sin pensar. Me situé frente a ella con los ojos fijos en su rostro enrojecido y feliz, me dejé caer sobre la silla cuando me empujó y solté una maldición cuando se subió a horcajadas sobre mí.
Estoy seguro de que mis ojos se quedaron en blanco cuando se movió en círculos sobre mí antes de tomar mis labios entre los suyos.
Sujeté sus glúteos cuando se acomodó en el punto exacto y jadeé al encontrarme de nuevo en su interior.
—Cómo te he echado de menos —gimió en mi boca.
—No más que yo a ti —le aseguré con un gruñido.
—Necesitamos recuperar el tiempo perdido. —Mi pecho se contrajo cuando sonrió de lado.
Llevé una mano a su mejilla y la acuné.
—No pienso separarme de ti ni un jodido segundo nunca más.
Su sonrisa se ensanchó y sus movimientos se volvieron más rápidos. Atrapé sus labios una vez más, sujeté su cadera con fuerza y acompañé el ritmo mientras todo mi cuerpo se llenaba de calor, uno muy intenso que siempre había asociado con ella, con la persona más importante de mi vida.
La que había visto más allá de mi fachada, la que había hecho todo lo posible por acercarse a mí, por conocerme, cuidarme. La que me había enseñado que la vulnerabilidad no era una desventaja, sino una emoción que podías compartir con la persona adecuada.
La abracé con fuerza y me prometí que esa vez haría las cosas bien.