30 Kaia
KAIA
Sus palabras hicieron eco en mi mente. Mis dedos habían detenido el movimiento circular sobre su nuca, mi cuerpo se había tensado y estaba segura de que mi rostro mostraba la preocupación y el pánico que me habían invadido de pronto.
Mis manos se deslizaron desde su cuello por sus hombros mientras trataba de procesar lo que ocurría y entonces vi la desesperación en sus ojos, el terror, la culpabilidad y la vergüenza.
Me di cuenta de que me había soltado, aunque no se había movido, ya que me encontraba entre sus piernas.
También sabía que estaba haciendo un esfuerzo brutal por mantenerme la mirada.
Llevé mis manos a su rostro, lo acuné a la par que volvía a apoyar mi cuerpo sobre el suyo y le di un beso que esperaba que le dejara claro que no iba a alejarme de él. Sin embargo, River me agarró de la cintura y trató de separarme.
—He traído un asesino a tu puerta —siseó—. Tanto Farren como tú estáis en peligro.
Consideré su frase antes de hablar.
—¿Desde cuándo lo estamos? —murmuré de forma mucho más calmada de lo que me sentía. Él frunció el ceño sin comprender—. ¿Cuánto tiempo llevas protegiéndonos?
—Si no fuera por mí, no lo estaríais.
—Quizá, pero quien nos pone en peligro es él, no tú.
—Es mi culpa.
—Es culpa del que realiza la acción.
River soltó un bufido frustrado, pero no intentó alejarme de nuevo. Mis dedos habían llegado de nuevo a su nuca y la masajeaban con tiento. Sabía que eso lo calmaba; siempre había sido así. Sus manos avanzaron por mi cintura hasta rodearme.
—Cuéntamelo todo.
—¿Aquí? Deberíamos recoger a Farren.
—Lo haremos, pero antes quiero que me lo cuentes todo.
Volví a posar mis labios sobre los suyos y durante unos segundos nos besamos de una forma que me llenó de calidez y amor. Luego paseó un dedo por mi mejilla antes de depositar un beso sobre mi sien y tomar aliento.
—Grant fue quien me tendió su mano cuando llevaba semanas malviviendo en la calle.
Me llevó a su casa, me cedió una habitación y me dio trabajo.
Al principio eran tareas sin importancia: entregar un sobre con documentos a alguien, ayudar en alguna obra, encargarme de abastecer la casa.
Luego me presentó a los demás y empecé a acudir a las reuniones.
—River se tensó bajo mis manos—. Comprendí que se movían en la ilegalidad, pero solo manejaban drogas y blanqueaban dinero.
No me pareció demasiado malo, así que me quedé con ellos.
Las cosas cambiaron con el paso del tiempo.
No me atreví a moverme por temor a que interrumpiera su discurso. Solo acariciaba su nuca con suavidad mientras él mantenía su mirada clavada en la mía.
—Cada vez me daba más responsabilidad, me ordenaba realizar tareas más peligrosas, dejaba a otros hombres a mi cargo, me explicaba más sobre sus planes.
En lugar de tomar conciencia de lo que estaba haciendo, me sentía en deuda y quería ayudarlo para demostrarle mi agradecimiento, no solo por haberme sacado de la calle, también por haberme enseñado a desenvolverme, a defenderme.
—River tensó la mandíbula y desvió su mirada un instante, aunque se obligó a volver a fijarla en mí—.
Cumplí con sus tareas, con todas ellas. Extorsioné a personas, herí a más de una, robé dinero, moví droga, destrocé la vida de más de un inocente que no quiso hacer la vista gorda.
—¿Los mataste? —pregunté en un susurro.
Negó con la cabeza.
—Pero mis manos están manchadas de sangre igualmente. Sabía todo lo que ocurría en esa organización y, aunque no era yo quien terminaba con sus vidas, otros sí lo hacían. Y nunca hice nada para evitarlo. Miraba hacia otro lado, ignoraba esos detalles y me centraba en mis tareas.
—Solo estabas sobreviviendo.
—Era una persona adulta en sus plenas facultades para tomar decisiones —siseó. No era furia todo lo que centelleaba en sus ojos; también había vergüenza y culpabilidad.
—Pero saliste de allí. —Llevé una mano a su mejilla para acariciarlo—. Cuando nos conocimos, no pertenecías a esa organización.
—Claro que seguía con ellos. —Soltó una carcajada amarga que me hundió el corazón—. Quería alejarme de ellos, pero Grant no me lo permitió. Me dejó pensar que podría hacerlo, permitió que durante unos meses fuera feliz a tu lado, pero después me recordó que era imposible marcharse de su lado.
—Te obligó a confesar un crimen que no habías hecho para castigarte por tu osadía —adiviné horrorizada. Esa era la pieza que faltaba. Ahora todo cobraba sentido.
—Hacía meses que no llevaba a cabo sus tareas, que no cumplía ninguna de sus órdenes.
Busqué trabajo en la empresa de Bobby porque era lo único que sabía hacer y porque quería comprobar si podía ahorrar un poco de dinero para desaparecer sin dejar rastro.
La idea inicial era trabajar a escondidas mientras seguía en la organización.
—Pero me conociste —susurré con un nudo en el pecho.
—Te conocí y no quise marcharme. ¿Cómo podía hacerlo cuando me mirabas de esa forma?
¿De esta? —Introdujo una mano entre mi pelo, movió los dedos por él hasta dar con la goma que lo sujetaba en un moño y lo soltó—.
Siempre has creído en mí, a pesar de que mi vida ha sido un infierno desde que tengo memoria, a pesar de que he sido un delincuente gran parte de ella.
Quería ser el hombre que pensabas que era; por eso aceleré mis planes.
Mi abdomen se llenó de burbujas y no pude evitar buscar sus labios de nuevo. Compartimos un beso delicado e intenso a la vez, casi doloroso.
—Grant se dio cuenta cuando no volví la primera noche y nos enzarzamos en una discusión cuando le dije que no pensaba volver.
Al principio se echó a reír y me dio carta blanca, aunque yo sabía que solo estaba jugando conmigo.
Sin embargo, lo único que quería era estar a tu lado, así que lo ignoré, hasta que se cansó y no pude hacerlo más.
—¿Por qué confesaste? ¿Por qué accediste a ir a la cárcel? —Me dolía el pecho y sentía como me ardían los ojos; aunque sabía que mis lágrimas no se desbordarían, hacía demasiados años que no lo hacían.
—Era lo mejor.
—¿Te prometió dejarte en paz si lo hacías?
Asintió.
—Pero no lo ha hecho —susurré angustiada.
—Apareció en la puerta de la cárcel cuando salí y me dejó claro que seguía siendo de su propiedad.
—Y volviste a ignorarlo —adiviné de nuevo—. Decidiste volver a Sweet Meadows en lugar de acompañarlo.
—No pienso unirme a sus filas. He pasado diez años de mi vida encerrado bajo la promesa de que sería realmente libre al cumplir mi condena. Ya no temo sus amenazas, al menos hacia mi persona.
—¿Te ha buscado todo este tiempo? ¿Es él quien ha pasado delante de la obra con su coche en varias ocasiones?
River asintió. Me atrajo hacia su cuerpo y me abrazó con fuerza.
—No voy a dejar que se acerque a ti; tampoco a Farren. Pensaba que no lo haría porque nunca se ha arriesgado a actuar de forma tan abierta como para llamar la atención de la policía, pero te aseguro que no voy a permitir que os haga daño a ninguna. —Su voz sonó fiera, letal.
—Tenemos que contárselo a Zion.
Su cuerpo se tensó y yo me preparé para la discusión más eterna de la historia.
Sin embargo, no pensaba ceder. River no estaba solo, no tenía que luchar contra un criminal sin ayuda.
Era hora de que comprendiera que éramos un equipo, siempre lo habíamos sido, y ello conllevaba confiar en mi familia.
—Además, necesitas saber algo. —Tomé una bocanada de aire y me aparté para mirarlo a la cara—. No ha habido nadie después de ti.
Su ceño se frunció al no comprender mis palabras. Me contempló en un silencio absoluto durante un par de segundos sin que el significado de esa frase acudiera a su mente. De repente, su expresión se transformó y sus labios se entreabrieron a la par que sus pupilas se dilataban.
—Farren es tu hija. —Solté la bomba con voz temblorosa y un pánico absoluto a que su reacción no fuera la que había imaginado cientos de veces durante las últimas semanas.