Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 29 River
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Kaia charlaba con el cliente mientras su mirada acudía a mí una y otra vez, lo que generaba una sensación cálida y burbujeante en mi interior. Cuando al fin dio un paso atrás, el hombre se dio la vuelta y sentí un latigazo intenso en el abdomen.

Grant me miró sonriente, me guiñó un ojo y caminó con calma por la acera hasta desaparecer tras una esquina. Mis pulsaciones se habían incrementado, mi pecho se había congelado y mis pulmones no terminaban de llenarse de aire.

Volví a mirar hacia la oficina, pero Kaia ya no se encontraba allí y la puerta estaba cerrada.

Me costó varios segundos recuperar el aliento y despertar los músculos que se habían tensado ante la visión de Grant junto a ella.

Bajé del coche con piernas algo temblorosas, como si acabara de realizar el entrenamiento de fuerza más duro de la historia, mientras una sensación oscura me oprimía el pecho.

El aire continuaba sin fluir como debería, por eso respiraba con dificultad.

El miedo que sentía en ese momento no era comparable al que me había invadido durante los últimos diez años.

En más de una ocasión temí por mi vida allí dentro, pero esto era distinto; esta vez temía por Kaia, por Farren.

Entré en la oficina a la carrera y me detuve en seco antes de topar con Valerie, que esperaba a Kaia junto a la puerta. Su rostro se iluminó al verme, una sonrisa se formó en sus labios y su mirada repasó mi cuerpo.

—K está recogiendo sus cosas en el despacho.

Asentí una sola vez y fui hacia allí, incapaz de hablar.

Ese miedo seguía aferrado a mis entrañas y lo único que lo calmaría sería tenerla a ella entre mis brazos.

Crucé el pasillo sin molestarme a disimular la prisa que tenía, empujé la puerta entreabierta del despacho y, en lugar de sentirme mejor, la ansiedad se incrementó al encontrarla allí tan despreocupada. Se giró al oírme, me sonrió sorprendida y mi abdomen se encogió.

Avancé hacia ella con esa maldita sensación palpitando en mi interior, la abracé con fuerza y enterré el rostro en su cuello.

Dios, qué bien olía.

Kaia llevó una de sus manos a mi pelo y la otra a mi nuca. Sus dedos masajearon mi cuero cabelludo mientras sus labios se posaban sobre mi oreja. El beso fue suave, tierno, cálido; como ella.

Alcé la cabeza, contemplé sus ojos de ese color tan verde que me había ayudado a no perder la cabeza en la cárcel y la besé con desesperación. Ella respondió de inmediato, algo descolocada al principio, pero se aferró a mis hombros cuando la alcé porque necesitaba sentirla por completo.

—¡K! Me voy, que tengo algo de prisa.

Me quedé inmóvil al recordar a su secretaria y ella soltó una risita adorable cuando la solté.

—Dame un segundo. —Sus ojos vagaron por mi rostro antes de desaparecer del despacho.

Sus pasos resonaron por el pasillo, su voz se mezcló con la de Valerie en la recepción y me relajé un poco cuando oí la puerta exterior y el sonido de la cerradura.

Llegó de nuevo a mi lado y me abrazó sin perder tiempo, aunque sus labios se movieron sobre los míos para hacerme una pregunta—. ¿Qué ocurre?

—Te lo contaré en casa. Tenemos que recoger a Farren. —Traté de que mi voz sonara natural, no al borde del infarto como me sentía.

—No podremos hablar con Farren. Y yo también necesito contarte algo.

Se mordió el labio inferior en un movimiento involuntario que solía hacer cuando se sentía incómoda o nerviosa. Eso incrementó todavía más mi ansiedad.

—Cuéntame.

—Ni hablar. Tú primero.

—Kaia, esto es serio —mascullé. Su maldita seguridad estaba en riesgo—. Y prefiero que Farren esté con nosotros.

Mis palabras hicieron que su ceño se frunciera y la preocupación cubriera su rostro.

—Farren está con Reid y Nyla en el bar. Y me estás asustando, así que habla de una vez.

Me tomó de la mano y tiró de mí hacia el escritorio de su despacho, pero no me quise sentar en la silla. No podía, me sentía demasiado crispado. Ella se situó frente a mí y cruzó los brazos a la altura de su pecho en una posición de defensa que me instó a acercarme a ella, a tocarla.

Dejó que colocara ambas manos en su cintura y la atrajera hacia mi cuerpo. Sus brazos quedaron atrapados entre nosotros, aunque rotó las muñecas para que sus dedos descansaran sobre mi sudadera llena de polvo de la obra.

—Cuéntame exactamente qué has hablado con el hombre con el que te has reunido. —Mi voz sonó más ronca de lo que pretendí.

—¿Qué? —Mi pregunta la descolocó—. ¿El señor Benson? ¿Nuestro nuevo cliente?

Asentí.

—¿No podemos dejar eso para después? Quiero saber qué es lo que ha ocurrido, el motivo de tu inquietud. —Su ceño seguía fruncido. Subió las manos por mi pecho hasta posarlas sobre la piel de mi cuello. Su calor me calmó un poco más.

—Cuéntame esto y te pondré al día de todo.

—¿Responderás a todas mis preguntas? —El asombro cubrió sus facciones.

Volví a asentir y sus dientes atraparon su labio inferior una vez más.

Sus dedos llegaron hasta mi nuca y pasearon por ella en un intento de hacerme sentir mejor.

Funcionó.

—Quiere reformar su casa por completo. Tiene bastante claro lo que quiere; estuvimos revisando los planos, materiales y estilos.

Me contó que hacía muchos años que quería realizar este proyecto, pero que nunca era el momento, hasta que decidió que no esperaría más.

Asegura que el dinero no es un problema, que lo que más le importa es que se haga un buen trabajo.

Tampoco tiene demasiada prisa; está dispuesto a aceptar nuestra agenda.

—¿Cuál es el siguiente paso? —Sentí de nuevo esa pelota gigante en mi abdomen.

—Val programará la siguiente reunión tras ponerse en contacto con el arquitecto y el técnico.

Iremos a su casa para hacer una revisión de su estado, tomaremos medidas, comprobaremos como está todo y con eso haremos el presupuesto cerrado.

En él añadiremos las fechas de inicio y finalización.

—Kaia me miraba sin comprender qué narices pasaba por mi cabeza en ese momento.

—¿Cómo dices que se llama?

—Matthew Benson. Me ha parecido un buen hombre. —La sensación asfixiante de mi pecho me oprimió los pulmones. Kaia llevó sus manos a mis mejillas—. ¿Qué ocurre?

—¿Te ha hecho algo?

Sus ojos se abrieron ante mi tono oscuro.

—No. Dime ya lo que ocurre, por favor.

Tomé una bocanada de aire, cerré los ojos y la solté demasiado rápido, lo que no me calmó en absoluto. Al contrario, sentí como cada vez respiraba peor y el miedo avanzaba hacia más zonas de mi cuerpo.

Kaia tiró de mí de forma brusca, lo que me hizo abrir los ojos y centrarlos en ella. Estaba asustada. ¿De mí?

Dejé caer mis manos de su cintura y di un paso atrás, pero aprovechó para empujarme hacia el escritorio.

Mis piernas toparon con la madera, se doblaron y terminé apoyado en la mesa.

Ella se pegó a mí, rodeó mi cuello con sus brazos y encontró mis labios.

Me besó con fiereza, como si supiera que eso era lo que necesitaba en ese momento.

Mis manos encontraron su trasero sin mi permiso y la encajé entre mis piernas.

Su cuerpo cálido se apretó contra el mío, su lengua jugueteó con mis labios y esas sensaciones oscuras y crudas comenzaron a recular.

Me centré en su sabor, sus caricias, sus besos y poco a poco fui recuperando el control.

Ella debió notarlo porque se separó lo justo para mirarme con las mejillas enrojecidas y la respiración entrecortada.

—Necesito que me lo cuentes todo.

Mis pulsaciones rebotaban por todas partes con demasiada fuerza, tanto por su cercanía y lo que ello significaba como porque al fin iba a contarle lo que quería y eso haría que la perdiera.

—Ese hombre no se llama como te ha dicho ni tampoco es un cliente. Su nombre es Grant y es el líder de la organización criminal de la que formé parte durante tanto tiempo.