Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 28 Kaia
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KAIA

Farren se pegó a nosotros durante todo el fin de semana, así que no tuvimos ni un minuto a solas, lo que me llevó a no poder hacerle preguntas y, por lo tanto, a darme cuenta de que insistir de esa manera era contraproducente.

Si River no quería hablarme de esa organización, tendría que dar con los detalles de otra forma, aunque en ese momento estaba bastante distraída con el lío de los contratos y esas empresas que habían conseguido estafarme.

Tanto era así que no recordé que tenía una cita agendada para aquel lunes hasta poco antes de la hora.

Acabábamos de salir de la obra tras mostrarle el trabajo terminado a Mike, el dueño de la casa, cuando mi teléfono sonó y la llamada se conectó al altavoz sin darme tiempo a responder desde el aparato.

—K, soy tu recordadora de confianza —me saludó Val con su voz cantarina.

—¿Qué es lo que he olvidado ahora? Acabo de entregarle las llaves a Mike y Marco está en casa de la señora Bells. Los demás se han marchado ya.

—Matthew Benson.

—¿Se supone que ese nombre debería decirme algo? —Intercambié una mirada con River, la suya tan sorprendida como la mía.

—El nuevo cliente que nos contactó hace un mes para revisar el proyecto de su casa contigo.

—¡Mierda! ¿A qué hora he quedado con él?

—En diez minutos.

River aceleró un poco más y yo maldije en voz alta.

—Te puse un recordatorio sonoro en el teléfono —comentó Val como si nada.

—Me sonó esta mañana, pero lo apagué sin mirarlo. —Solté un gruñido de frustración. ¿Por qué todo tenía que salir mal?

—¿Qué te parece si reviso algunos currículos? Quizá puedas entrevistar a alguien esta semana. Está claro que tenemos más trabajo del que podemos manejar.

Lo dijo con amabilidad, aunque noté un toque de severidad en su voz que me hizo apretar la mandíbula porque tenía razón. Y la muestra era que todo se estaba viniendo abajo por mi incompetencia.

—Hazlo, aunque antes acomoda al señor Benson. Dime que tienes galletas o magdalenas de las tuyas.

—Tengo ambos dulces y un zumo que he preparado durante la comida. Está todo dispuesto en la sala de reuniones junto con los documentos que necesitas, así como tu ordenador, ya que el cliente nos ha enviado algunos detalles por correo electrónico.

—No sé qué haría sin ti —suspiré más tranquila.

—Lo mismo, pero con mucha menos diversión.

Sonreí ante su risa explosiva y, tras colgar, examiné mi ropa de trabajo llena de polvo y manchas.

—Soy un maldito desastre.

—Eres todo lo contrario.

—No me digas esas cosas ahora cuando estoy al borde del infarto y necesito llegar a la oficina lo antes posible. —Hundí mi rostro en mis manos—. ¿Cómo he podido olvidar la cita? Nunca me olvido de mis citas, nunca la cago con los contratos, siempre estoy en todo. Es tu culpa.

River me miró sorprendido, pero no dijo nada. Volvió a centrarse en la carretera con una expresión más oscura y tensa. Llevé una mano a su brazo y lo obligué a soltar el volante.

—Lo decía porque tu belleza me distrae.

Arqueó una ceja, su rostro se relajó y negó con la cabeza.

Llevé un dedo a su mejilla y lo paseé por su barba antes de deslizarlo hacia su cuello y trazar la línea de sus tatuajes con él.

—¿Te he dicho alguna vez cuánto me gusta tu tinta?

—Alguna que otra —murmuró.

—Sobre todo la de tu pómulo.

Su pulso se aceleró bajo mis dedos.

—¿Te sorprende? —pregunté más relajada. Era hablar con él y las preocupaciones se mitigaban.

—Un poco. Pensaba que un tatuaje en la cara asustaría a la gente. Es algo típico de delincuentes.

—¿Se ha asustado alguien al verte?

Lo pensó un instante antes de negar con la cabeza.

—Ni siquiera las señoras mayores del pueblo.

Se me escapó una risita que llamó su atención.

—Las señoras de Sweet Meadows están enamoradas de ti.

—No es cierto.

—He oído sus comentarios en las clases de defensa personal. Y algunas de ellas le han pedido a Loretta que te acorrale para que seas instructor. —Volví a reír ante su expresión atemorizada.

River detuvo el coche frente a la oficina, se volvió hacia mí y acunó mi rostro con una de sus manos.

—Estaré por aquí.

Me lancé contra él para saborear sus labios antes de que le diera tiempo a recordar que no debíamos besarnos. Luego me marché a toda prisa con una sonrisa idiota en la cara que Val descubrió en cuanto crucé la puerta.

—Matthew Benson te espera en la sala de reuniones —me comunicó con su sonrisa pícara.

Al darme la vuelta, me di cuenta de que su posición le permitía ver el exterior, concretamente el lugar en el que River todavía estaba detenido con sus ojos fijos en mi figura.

—Genial —solté sin aliento.

—Te he dejado una muda limpia en tu despacho. —Su voz me siguió por el pasillo.

—Voy a tener que subirte el sueldo.

Me cambié delante de ella mientras asentía.

—Estaría bien.

Cuando entré en la sala de reuniones, lo hice como una mujer con todo bajo control.

—Buenas tardes, señor Benson.

—Llámeme Matt, por favor. Es un placer conocerla al fin, señorita Brooks.

—Kaia.

Me senté frente a él y sonreí. Era un hombre de unos cincuenta años ataviado con un traje azul y corbata del mismo color. Su rostro tenía algunas arrugas a nivel de los ojos y la boca, como si le gustara sonreír, lo que me dio una buena impresión de él.

—Sus clientes hablan maravillas de usted, por eso la he contactado para reformar mi casa.

Hace años que quería hacerlo, pero ya sabe, nunca es el momento.

Sin embargo, no quiero esperar más. —Matt me ofreció una carpeta del mismo color que su traje—.

Estos son los planos de mi vivienda. Como verá, no es muy grande, pero sí que me gustaría actualizar todas las estancias, además del jardín.

Estudié los documentos con atención mientras mi mente se llenaba de ideas. También había incluido imágenes de las habitaciones, la cocina y los aseos, así como los colores y materiales que tenía en mente.

—Creo que este estilo podría encajar muy bien con su casa. —Lo miré entusiasmada—. Es justo lo que le habría recomendado.

—Estoy abierto a cualquier mejora que se le ocurra.

Durante los siguientes cuarenta minutos le mostré distintas opciones en mi ordenador y creamos una tabla resumen con lo que más le gustaba. También decidimos la paleta de colores, concretamos algunos revestimientos y hablamos de números.

—El dinero no será un problema. Como le decía al principio, hace muchos años que quiero realizar esta reforma y llevo ahorrando desde entonces. Lo que quiero es que el resultado final sea impecable.

—Le aseguro que así será. Somos una empresa comprometida tanto con nuestro trabajo como con nuestros clientes. Por ello tenemos el calendario tan apretado y realizamos varias reuniones antes de iniciar la obra —le expliqué.

—Sí, su secretaria me ha explicado como trabajan. Tampoco tengo prisa ni ninguna fecha concreta en la que necesite tener el proyecto terminado.

—Eso es fantástico. En ese caso podemos agendar ya una visita a su hogar.

Nos acompañará un arquitecto, así como un técnico, para comprobar el estado actual de cada estancia y poder así crear el presupuesto final.

Esto significa que es cerrado, es decir, que cubrirá todos los gastos que vayamos a tener y dejará estipulada la fecha de entrega.

—Le devolví los papeles junto con mis anotaciones—.

Nos comprometemos a no exceder ni el presupuesto ni el día de finalización.

—¿Y si surgieran complicaciones?

—El examen que realizaremos en su casa previene justo esos problemas. Está claro que siempre puede surgir un imprevisto, pero es extraño que ocurra si se estudia todo bien con antelación. Y ya contamos con algunos días de margen por este mismo motivo.

—Sabía que merecía la pena esperar un mes para reunirme con usted, Kaia. —Matt se levantó sonriente y me ofreció su mano.

—Estoy segura de que podremos hacer un buen trabajo en su casa. —Le devolví la sonrisa—. Lo acompaño hasta la puerta. Valerie se pondrá en contacto con usted para fijar la hora de la reunión cuando sepamos la disponibilidad de nuestros compañeros.

—Ya tengo su número de teléfono y su correo electrónico —añadió ella en la recepción.

—De verdad ha sido un placer conocerla. —Matt salió al exterior, se dio la vuelta para mirarme y tomó mi mano entre las suyas—. No sabe la ilusión que me hace saber que el proyecto no tardará en ponerse en marcha.

Sonreí en su dirección, aunque mi mirada se desvió hacia el hombre que me contemplaba desde el asiento del conductor de mi coche.

Mi abdomen se llenó de mariposas, mi corazón se saltó un latido cuando sus ojos recorrieron mi cuerpo y de repente sentí una necesidad exagerada de deshacerme del cliente para acudir a su lado.

—Lo llamaremos lo antes posible —prometí.