27 River
RIVER
Como cada mañana, fui el primero en levantarme. A pesar de ser sábado, mi reloj interno me desvelaba siempre a la misma hora, excepto la noche que dormí con Kaia en su cama, aunque prefería no pensar en ello. Necesitaba mantenerlo lejos de mi mente.
Su rostro acudió raudo a mis pensamientos.
Sin embargo, lo hizo de una forma distinta, con una expresión seria y preocupada.
La tarde anterior había dado una vuelta por el pueblo mientras ella se reunía con Zion en el bar y me había encontrado poco después a Farren y Reid en el parque.
Ella lo había convencido para acudir al lago helado y dar unas vueltas en sus patines en lugar de hacer los deberes.
Intenté que no me vieran, pero esa niña era tan observadora como su madre y sus ojos dieron con los míos en cuestión de segundos, incluso antes de que su tío, como ella lo llamaba, me descubriera.
Se acercaron a mí tras devolver los patines a la mujer que los custodiaba en una caseta ubicada junto al lago y Farren se lanzó a mis brazos.
Reid no despegó su mirada de mí mientras ella me contaba todo lo que había hecho en el colegio y luego en el parque. Me confesó que haría los deberes a escondidas durante el fin de semana y sonrió como un demonio cuando Reid le entregó una piruleta.
Me fascinaba la obsesión que tenía por cualquier dulce y su facilidad por conseguirlos.
El hombre nos estudió en silencio, más atento a mis reacciones que a los detalles que Farren soltaba sin parar.
La pequeña nos obligó a acercarnos a una caseta en la que vendían chocolate caliente y nos dejó a solas unos segundos en los que se puso a charlar con la vecina que preparaba su bebida.
Ninguno de los dos abrió la boca. Yo intenté ignorarlo con mi vista fija en Farren y él continuó con el análisis de mi persona.
Cuando su teléfono sonó y nos comunicó que se trataba de Kaia, fuimos hacia el bar los tres juntos y ella abrió los ojos de forma desmesurada al vernos.
Farren me sujetaba una mano con fuerza, quizá para prevenir mi huida, y también mantenía a Reid agarrado, aunque él no parecía tan incómodo como yo.
Me fijé enseguida en que algo no iba bien. A pesar de que Kaia procuraba mantener siempre una expresión calmada, había una arruga diminuta entre sus cejas que indicaba que algo la preocupaba. También lo noté en su postura tensa y lo que le costó sonreír cuando se despidió de su amigo.
Condujimos de vuelta sin que discutiera con Farren después de que ella admitiera haberse bebido dos tazas de chocolate pocos minutos antes y tampoco insistió en que se comiera el brócoli cuando lo apartó durante la cena.
Ni siquiera le recordó que debía escoger una pieza de fruta de postre.
Y Farren aprovechó la ocasión para correr a lavarse los dientes y desaparecer en su habitación, temerosa de tener que llevarse el plato de verdura con ella.
Recogimos la cocina en un silencio incómodo que no supe interpretar, ya que había esperado que, después de lo ocurrido en el coche, volviera a acercarse a mí en cuanto nos quedáramos a solas, pero parecía distraída y preocupada.
Intenté preguntarle por la información que le había dado Zion, pero la noté tan agotada y desanimada que no insistí cuando me prometió contármelo todo al día siguiente.
Por primera vez desde que me había instalado en su casa, se dirigió a su habitación en lugar de seguirme hasta la mía, y eso hizo que una sensación fría se asentara en mi interior.
Me volví al oír el sonido de sus pasos. Kaia gruñó un saludo sin mirarme, todavía con los ojos medio cerrados, y se arrastró hacia el taburete más cercano.
Le tendí un vaso de agua, que agarró y vació casi de un trago.
Soltó un suspiro, se pasó ambas manos por la cara y enterró la cabeza entre sus brazos.
Continué con el desayuno sin dirigirle la palabra porque sabía que era lo que prefería en ese momento. Antes de nada, necesitaba su café. Lo coloqué frente a ella, esperé a que se lo llevara a la boca y sentí una punzada en el vientre cuando se le escapó un gemido suave.
—¿Qué es esto? —murmuró sin vocalizar.
—Otro tipo de café.
Asintió con la cabeza y a punto estuvieron sus ojos de desaparecer de sus cuencas cuando dio el segundo sorbo.
—Santo Dios. ¿De dónde lo has sacado?
Su voz empezaba a sonar más normal, aunque todavía enlazaba unas palabras con otras.
—De la tienda del pueblo.
—¿Seguro?
Enarqué una ceja y contemplé como daba el tercer sorbo y volvía a gemir, lo que activó mi cuerpo. Me di la vuelta con rapidez, busqué el paquete de café y se lo ofrecí. Ella lo estudió con atención antes de sonreír. Mi maldito pecho se inundó de luz.
Me centré en terminar el desayuno, lo repartí en tres platos y los dejé sobre la isla junto con tres vasos de agua y mi propia taza de café a medio beber. Kaia se llevó la tostada a la boca y esa vez se abstuvo de soltar sonido alguno, aunque su rostro mostró lo que opinaba del sabor.
Dejé que se terminara la primera tostada y todo el café antes de sacar el asunto a relucir.
—¿Qué pasó ayer con los contratos?
Soltó un gemido quejumbroso y se ocultó tras una de sus manos.
—Soy una idiota.
—Lo dudo. —Me senté a su lado y le di un golpe suave con mi rodilla—. ¿Qué fue lo que averiguó Zion?
—Me han estafado. —Kaia negó con la cabeza y su expresión se llenó de rabia—. Un par de empresas han inflado el presupuesto y las otras dos ni siquiera existen. Todo para sacarme dinero. No sé cómo narices lo han hecho ni cómo he podido picar.
Farren apareció en el salón con cara de muerta viviente y el pelo de punta.
Caminó balanceándose con un ojo medio abierto y el otro cerrado y una mano delante de su rostro a modo de protección por si se chocaba con algo.
Consiguió llegar hasta nosotros, me agarró la sudadera y dejó caer su cabeza contra una de mis piernas.
El rostro de Kaia se suavizó ante la imagen; una de sus comisuras se alzó y acarició el pelo de la pequeña con sus dedos. Farren escaló por mis piernas hasta sentarse sobre mi regazo y llevarse mi tostada a la boca.
—Ese es tu plato —comenté con un nudo en la garganta. No tenía ni idea de por qué reaccionaba siempre de esa forma ante sus gestos tan confiados y cariñosos.
Ella se encogió de hombros y continuó con mi comida, así que me adueñé de la suya.
—¿Qué hora es? Me prometiste que hoy iríamos al refugio.
La entendí de milagro y con mucho esfuerzo.
—¿Refugio? —Me volví hacia Kaia, que parecía mucho más despierta.
—Zuri y la abuela de Gael gestionan un refugio de animales en su terreno. Todos echamos una mano de vez en cuando.
Por supuesto.
—Vendrás con nosotras —murmuró Farren.
Le quité la taza de café de la mano cuando la arrastró hacia su rostro y en su lugar le tendí su vaso de agua. Ella no se inmutó, dio dos tragos y fue en busca de mi nueva tostada después de haberse terminado la anterior. Kaia sonrió de lado cuando me quedé inmóvil sin saber qué hacer.
—Hoy necesito ocuparme de unas gestiones —mentí.
—Nop. —La niña continuó masticando tan tranquila—. Tienes que venir con nosotras. Zuri necesita ayuda y tú estás fuerte.
Abrí la boca para replicar, pero Kaia me sorprendió al depositar un beso casto sobre mi mejilla antes de levantarse y dirigirse hacia el dormitorio.
—Es inútil que protestes. Hoy toca pasar el día en familia.
Mi abdomen se contrajo de forma tan violenta que hasta me dolió, aunque ese dolor fue en parte agradable.