Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 25 River
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Habían pasado varios días desde el incendio de la cabaña y me había sumido en una nueva rutina que aborrecía y adoraba a partes iguales.

Lo primero, porque tenía a Kaia más cerca que nunca y me costaba una barbaridad mantener las distancias que me había impuesto tras esa primera noche; y lo segundo, porque me encantaba ver su expresión al levantarse, oír sus gruñidos compartidos por su hija mientras les hacía el desayuno y sus miradas llenas de deseo cada vez que nos quedábamos a solas.

Nuestra relación se volvía cada día más tensa conforme Kaia intentaba vencer mis barreras sin que yo se lo permitiera, y menos después de haber visto a Grant conducir por delante de la obra una segunda vez.

Su sonrisa torcida había decorado su cara los segundos que había tardado en pasar de largo, con su mirada fija primero en mí, pero luego en ella.

Cada noche me costaba más ignorar sus preguntas, mantener ese silencio.

En cuanto Farren se quedaba dormida, yo trataba de huir a la habitación de invitados, pero Kaia me seguía dispuesta a conocer mi pasado.

Estaba convencida de que estaba metido en un lío y creía que todo se solucionaría si se lo contaba, si pedíamos ayuda a su amigo Zion.

Sin embargo, Grant no era un delincuente cualquiera y yo sabía muy bien hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Si no lo había hecho todavía era porque le gustaba demasiado jugar conmigo.

Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos de mi mente y me centré en mi trabajo.

Marco se encontraba junto a mí y se encargaba de alisar el otro lado de la pared.

Larson charlaba con otros dos compañeros detrás de nosotros.

Parecían haber comprendido que no tenía ningún interés en causar problemas y hacía días que me ignoraban, lo cual era el escenario perfecto para mí.

—¿Puedes terminar esto por mí, por favor? Necesito revisar una cosa con Kaia. —Marco sonrió y yo asentí.

Reconocí una punzada de celos que desapareció en cuanto me recordé que ella no sentía nada por él, sino por mí. Kaia siempre había sido franca con sus sentimientos; creía que era una tontería no exponerlos desde un principio. Era uno de los rasgos que más me gustaban de ella.

Trabajé durante un rato más hasta que el sonido ligero de sus pasos me interrumpió. La miré por encima del hombro sin alejarme de la pared y ella sonrió de esa forma que solo hacía cuando estábamos a solas y que activaba mi cuerpo al instante.

Me tragué una maldición, solté la llana y me volví.

—¿Me acompañas a la otra obra?

—Tú eres la jefa.

—Lo soy. —Su sonrisa se ensanchó y di un paso hacia ella de forma automática, aunque me percaté de ello y me detuve en seco. Eso le hizo gracia—. Recoge todo, no volveremos.

—¿Ni siquiera a cerrar?

—Le he dado las llaves a Marco. Necesitamos avanzar un poco más con el otro proyecto.

Asentí y la seguí hasta el coche. Fui directo al asiento del conductor, me acomodé tras el volante y encendí el motor cuando ella cerró su puerta. En nuestra nueva rutina, siempre era yo el que conducía mientras ella me contemplaba.

—Hoy es un buen día —comentó con voz cantarina.

—¿Para qué? —Le lancé una mirada de reojo.

—Para que me hables de tu pasado.

Puse los ojos en blanco y ella disimuló una sonrisa.

—Ya te hablé de él.

—Quiero que me hables de los años que pasaste en esa organización.

—No —siseé.

—No seas gruñón. —Colocó una mano sobre mi muslo y mi abdomen se llenó de jodidas mariposas—. ¿Prefieres que hablemos de los meses que estuvimos juntos?

—No.

—Fue una de las mejores épocas de mi vida.

Mierda. Mis tripas dieron un salto triple mortal.

Sus dedos avanzaron por mi pierna mientras mis músculos se tensaban, pero se detuvo a mitad del muslo y movió su pulgar en círculos.

—Kaia —susurré entre dientes.

—Lo sé, es mejor que no volvamos a besarnos. —Lo dijo con voz ronca, intentando sonar como yo—. No entiendo por qué, si te soy sincera. La atracción entre nosotros es palpable y no es lo único que vibra cada vez que nuestras miradas se encuentran.

—No quiero hacerte daño de nuevo.

—Quizá me lo estés haciendo al no dejarte llevar.

La miré, esa vez con el pecho encogido. Su sonrisa estaba en su sitio y sus ojos mostraban un desafío que adoraba ver en ellos.

—No puedo darte lo que necesitas —aseguré, centrado de nuevo en la carretera.

—¿Qué es lo que necesito?

—Alguien bueno.

—¿Solo eso?

—Alguien que haga cualquier cosa por ti, que esté dispuesto a todo con tal de protegerte y cuidarte, de hacerte feliz. Alguien que no sea un jodido delincuente capaz de hacer lo impensable, alguien con un trabajo normal y una vida tranquila. Un buen padre para tu hija.

Kaia desvió la mirada hacia su regazo y tensó la mandíbula y, por primera vez, temí haberla convencido de que no merecía ni siquiera su amistad.

Todo quedó en silencio durante varios minutos en los que mi interior se llenó de una sensación amarga que me asfixiaba, que apretaba cada uno de mis órganos.

Cuando me detuve en la obra, me sentía a punto de explotar porque no se había movido ni un milímetro desde mi comentario.

Abrió la puerta con la misma calma que la rodeaba siempre y bajó sin mirar atrás.

Lancé una maldición cuando me quedé a solas, pero la vibración de mi teléfono interrumpió la vorágine de sentimientos en la que me encontraba sumido.

El nombre de Grant parpadeó en la pantalla y la furia me llevó a descolgar la llamada.

—¿Qué quieres?

—Veo que estás entrando en razón.

—Déjame en paz. No voy a volver contigo.

—¿Ni siquiera por ella? —La diversión se filtró en su voz y lo imaginé sonriente en el sillón que siempre ocupaba.

—No tienes ningún tipo de control sobre mí. Ya no.

—Ya te has quedado sin una casa; sería una lástima que le ocurriera lo mismo a la nueva. Es mucho más grande y bonita que la anterior.

Apreté el volante con fuerza para no soltar un improperio y me obligué a no caer en su juego.

—A nadie le importa lo que le pase a un delincuente, pero sí a una persona con familia y amigos —murmuré con voz letal—. Siempre procuraste no involucrar a la policía en tus juegos; me sorprende que eso no te importe ahora mismo.

—Puede que esté dispuesto a ensuciarme las manos si es por ti.

La oleada de furia que recorrió mi cuerpo me dejó sin aliento.

—Yo también sé jugar sucio —le recordé con rabia.

—Nunca te gustó hacerlo. Me halaga que valores esa opción conmigo.

—Aléjate de ella, Grant.

No esperé a oír su respuesta en forma de carcajada, colgué y di un golpe al volante. Lancé el teléfono al asiento del copiloto, me pasé una mano por el rostro y tomé una bocanada de aire. Al abrir la puerta del coche y salir al exterior, me topé con la mirada inquisitiva de Kaia.

—¿Me lo vas a explicar? —Su voz sonó más dura de lo habitual.

—No.

Nos retamos con nuestros ojos hasta que se dio la vuelta y echó a caminar por el jardín. No me dirigió la palabra en todo el día y eso me hizo sentir el ser más infeliz de la historia.

Había llegado a pensar que Grant se cansaría de perseguirme si no respondía a sus amenazas, pero eso parecía alentarlo todavía más. Y por mucho que confiara en que no atentaría contra Kaia para no llamar la atención de la policía, empezaba a dudar de ello.

¿Cómo narices iba a controlar a Grant y a proteger a Kaia y Farren?

Barajé las mismas opciones que siempre rondaban mi mente: enfrentarme a él, idear algún plan ilegal para alejarlo de ellas, contactar con quien no debía para que se encargara de todo, ¿acudir a la policía?

Por primera vez no descarté esa opción de forma automática, sino que dejé que diera vueltas junto a las otras mientras la desesperación se adueñaba de mí.