23 River
RIVER
Me desperté rodeado de calor, con su rostro pegado al mío y sus brazos alrededor de mi cuerpo.
Los míos también la sujetaban, como si mi subconsciente supiera que debía protegerla incluso en sueños, que debía aprovechar esa oportunidad para volver a sentirla antes de que todo se torciera una vez más.
Me quedé inmóvil para no despertarla, temeroso de que esa sensación que solo relacionaba con ella se esfumara si lo hacía y el hechizo se rompiera.
No tenía ni idea de cómo habíamos llegado a ese momento. ¿Cómo narices habíamos terminado abrazados en su cama después de todo lo ocurrido?
Había hecho un trabajo pésimo intentando mantenerme al margen, convenciéndola de que era un maldito monstruo que no merecía su cercanía, pero ella siempre había visto más allá de mis barreras, de mis palabras.
Así lo hizo diez años atrás cuando nos conocimos y volvía a hacerlo cuando menos lo merecía, cuando la había herido, a pesar de prometerme a mí mismo que jamás lo haría.
Sentí como se tensaba mi cuerpo, incluidos mis brazos a su alrededor, y eso provocó que ella se moviera.
Kaia restregó la nariz sobre mi cuello, un suspiro cálido abandonó sus labios y se aferró con más fuerza a mí.
Luego se alejó poco a poco, sus párpados se movieron y esos ojos verdes tan bonitos me miraron.
Su sonrisa tierna y alegre me pilló desprevenido.
Un latigazo impactó contra mi pecho al verla tan confiada bajo mi abrazo, tan calmada y a la vez tan fuerte.
—¿Has dormido bien? —susurró sin perder esa expresión que incrementaba mis pulsaciones.
Asentí, incapaz de hablar. Me obligué a soltarla, pero ella negó con la cabeza, su sonrisa se extendió por su rostro y se pegó por completo a mí.
—Es mi decisión —aseguró antes de mordisquear el lóbulo de mi oreja.
Mi cuerpo se despertó todavía más, pero no me moví. Aquello era la peor idea de toda la historia, mucho peor que la primera vez. Kaia tenía mucho que perder si algo salía mal y Grant…
Vi su sonrisa retorcida en mi mente y mi abdomen se contrajo.
Grant había escalado su juego, había quemado mi cabaña para dejarme claro que se estaba impacientando con mi modo de actuar.
No me importaba que fuera a por mí, pero era muy posible que terminara fijando su objetivo en ella, en su hija incluso, para hacerme cambiar de parecer.
La aparté con suavidad, pese a sus protestas, y me puse en pie.
—No huyas —me pidió con un hilo de voz. Tenía el pelo revuelto, los ojos brillantes y me contemplaba con su ceño fruncido.
—No lo hago.
—No es eso lo que parece.
Se levantó también, aunque no se acercó a mí, y yo la empecé a echar de menos. Sin embargo, me adecenté y salí al salón oscuro y silencioso. Ella me siguió, pero se dirigió a la cocina. Encendió la cafetera, colocó una sartén sobre la placa de inducción y se volvió.
—Haznos el desayuno.
Mi corazón se derritió ante su orden.
Joder, era preciosa y perfecta. Y por alguna razón confiaba en mí.
Me acerqué sin hacer ruido, la rodeé para no tocarla y eché un vistazo a la nevera. Estaba repleta de comida saludable, así que seleccioné varios ingredientes y me puse a cocinar bajo su mirada atenta.
Oí el sonido de una puerta seguido de unos pasos ligeros y lentos.
Enarqué una ceja al ver como Farren se arrastraba hacia la cocina con los ojos todavía medio cerrados y una expresión que jamás había visto en su rostro.
Se dejó caer en uno de los taburetes, cruzó los brazos sobre la isla y su cabeza impactó sobre ellos. Después todo quedó en silencio.
Kaia disimuló una sonrisa, se acercó a ella y le pasó una mano por el pelo en un intento de ordenar sus puntas, que apuntaban a todas direcciones. La pequeña se mantuvo inmóvil unos segundos, luego alzó la cabeza como si le costara un mundo y me miró con un solo ojo.
—Chocolate —masculló sin fuerza.
—No —respondió su madre.
Farren gruñó, Kaia ni se inmutó y la niña volvió a dejar caer la cabeza sobre sus brazos.
Me centré de nuevo en la cocina para disimular el calor que invadió mi pecho.
Me quedó claro que Farren, como su madre, no se activaba hasta que había pasado un rato.
No debería haberme sorprendido, eran como dos gotas de agua, pero al ver esa energía infinita, su charla incesante y esa curiosidad extrema por conocerlo todo, había pensado que se mostraría de esa forma a cualquier hora del día.
Desayunamos en silencio, ellas atentas a sus platos y yo demasiado distraído con sus expresiones y movimientos.
Sujetaban el tenedor de la misma forma, ambas con la mano derecha, y se lo llevaban a la boca a la vez.
También seleccionaban la comida bajo el mismo criterio: primero lo que más les gustaba y los vegetales para el final, a pesar de que eso no tenía ningún sentido.
Farren fue la primera en terminar, saltó al suelo algo más despierta, se llevó su plato al lavavajillas y contuve el aliento cuando escaló por mi regazo y me abrazó. Dejó caer su rostro contra mi cuello antes de que mis manos se posaran dudosas sobre su espalda.
Kaia intentó disimular una mueca que no comprendí; luego me sonrió con tristeza. Quizá porque su hija me estaba cogiendo cariño y sabía que tarde o temprano desaparecería de nuevo.
—Chocolate —susurró junto a mi oído.
Se me escapó una sonrisa diminuta que Kaia respondió poniendo los ojos en blanco primero y luego con un suspiro.
Se levantó, se estiró sobre la encimera y rescató un tarro lleno de chocolatinas.
Me tendió una, así que se la mostré a Farren.
Sus ojos se llenaron de vida, sus labios formaron la primera sonrisa del día y me la arrebató con una fuerza impresionante dado el estado en el que se encontraba segundos antes.
—Gracias, Riv.
Depositó un beso sobre mi mejilla, se dio la vuelta y desapareció con su chocolate.
—¿Me acaba de manipular? —pregunté anonadado.
—En parte. —Kaia se encogió de hombros y retiró nuestros platos de la mesa, pero se lo impedí. Los coloqué en el lavavajillas, me encargué de la sartén y desmonté la cafetera para limpiarla—. No tienes que hacerlo todo; lo sabes, ¿verdad?
La ignoré. Era lo mínimo que podía hacer por ella.
—Necesito ir a la cabaña.
—Antes iremos a ver a Loretta. —Al ver mi expresión sorprendida, aclaró—: Nos dirá cómo se originó el incendio.
—Me dejaría la cocina encendida.
Su ceja se elevó hasta el cielo, pero no me rebatió. Kaia sabía cuándo debía ignorarme y cuándo merecía la pena discutir conmigo; siempre había sido así.
Recogimos la cocina entre los dos; Farren apareció vestida y ya despierta unos minutos después y su voz llenó la casa.
Kaia me lanzó las llaves del coche para que condujera yo, ya que sabía que era algo que me encantaba, pero que apenas había tenido oportunidad de hacer dadas las circunstancias.
La pequeña me hizo mil preguntas durante el tiempo que tardamos en llegar hasta el centro del pueblo.
—Es sábado —comenté al detenernos frente al Ayuntamiento.
Kaia sonrió de lado, pero no respondió, y Farren desapareció tras la puerta enorme de madera.
Me sorprendió oír muchas voces desde el recibidor, ya que siempre había pensado que esos lugares eran silenciosos y que estarían vacíos el fin de semana. Sin embargo, me equivocaba, y mucho. Había decenas de personas allí dentro. Charlaban, sonreían, caminaban de un lado a otro.
Descubrí a Farren junto a Nyla y Eden, y al resto de sus amigos un poco más allá, todos enfrascados en conversaciones con otros vecinos.
Seguí a Kaia entre el gentío hasta llegar a la alcaldesa, que sonrió al vernos. Intercambiaron unas palabras en voz baja antes de que Loretta señalara un despacho. El silencio nos envolvió cuando cerré la puerta a mi espalda.
—¿Se sabe ya el origen del incendio? —preguntó Kaia sin preámbulos.
—Una colilla encendida junto al sofá. Al haber tanta madera en la cabaña y al estar tan apartada, ardió durante varias horas antes de que detectáramos el humo. —La mujer intentó disimular una mirada de compasión—. Es una lástima, parecía estar en mejor estado últimamente.
—¿Seguro que fue una colilla?
Kaia no me miró, pero sabía que no fumaba.
—Sí, encontraron los restos y pudieron confirmar que se originó en el salón y se expandió por el resto de la vivienda. Por suerte no llegó al bosque. —Su mirada volvió a recaer en mí—. Pudieron recuperar algunas cosas. Las traerán al ayuntamiento cuando terminen con la investigación.
No respondí. Tampoco me importaba haber perdido la ropa y las cuatro tonterías que había acumulado esas semanas. Estaba acostumbrado a vivir con lo puesto.
Kaia le dio las gracias y volvimos a la sala en la que se encontraba todo el mundo, aunque sus dedos encontraron los míos y de repente me vi arrastrado hacia un despacho vacío.
—Tú no fumas. —Fue una afirmación rotunda.
—Puede que ahora sí lo haga.
Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta para evitar que la buscaran sin mi permiso.
Ella acortó la distancia, tomó mis mejillas de un movimiento y tiró de mí. Me incliné sin pensar y sus labios impactaron en los míos. Su lengua se abrió paso, mi respiración se detuvo y mi mente se quedó en blanco. Jadeé cuando cortó el beso.
—No lo haces.
Me costó conectar de nuevo con la conversación y fruncí el ceño ante su mirada victoriosa.
Busqué una nueva excusa, pero ella negó con la cabeza a la par que colocaba una mano sobre mi pecho.
—No me mientas más, por favor.
Mi abdomen se encogió y varios segundos transcurrieron sin que ninguno dijera nada. Kaia apoyó su frente sobre mi pecho, rodeó mi cintura con sus brazos y su calor aligeró esa sensación cruda que siempre viajaba conmigo.
—¿Estás metido en un lío? —murmuró contra mi sudadera.
Vacilé un instante, y estuve a punto de negarlo todo, pero alzó el rostro y sus ojos verdes impactaron en los míos, así que asentí.
—Deja que te ayude.
Se me escapó una carcajada incrédula. Su ceño se frunció y me miró de forma airada, como si le hubiera ofendido mi reacción. Llevé una mano a su mejilla y la acaricié con suavidad.
—Lo solucionaré. —Me mordí la lengua antes de decir algo más.
—Podemos hacerlo juntos —insistió.
Paseé un dedo por su pómulo, lo deslicé por la línea de su mandíbula y lo llevé hasta su cuello. Ella cerró los ojos, sus latidos se dispararon y mi pecho se contrajo. Me incliné de nuevo sobre ella, deposité mis labios en ese punto tan delicado y casi perdí el control cuando oí su gemido.
Dejé un reguero de besos por esa zona, subí por su mandíbula y me detuve en su boca. Kaia respondió al beso como siempre lo había hecho, con intensidad y delicadeza, todo a la vez, como si eso fuera posible. Que lo era, era su marca.
Sus manos subieron por mi pecho hasta alcanzar mi nuca y la cogí cuando saltó para pegarse a mi cuerpo.
Nos besamos como dos malditos adolescentes en celo hasta que alguien llamó a la puerta.
Nos alejamos con rapidez; ella me dedicó una mirada llena de deseo y yo me cagué en todo por mi escaso autocontrol.
Loretta se encontraba al otro lado de la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.
—Las clases van a empezar —comentó como si nada.
¿Qué clases?