22 Kaia
KAIA
Me sentía como un muro de contención sin desagües a punto de estallar, aunque entre todas las emociones que se agolpaban en mi interior en ese instante estaban unas que no había experimentado desde hacía mucho tiempo: ligereza, seguridad, un entusiasmo desmesurado.
Encontré a Farren en el mismo lugar en el que la había dejado y con una expresión de inocencia total.
—¿Me toca ir a la ducha? —preguntó demasiado rápido.
—Enséñame tus bolsillos.
—¿Por qué?
—Porque te conozco mejor que nadie.
Puso los ojos en blanco, pero dejó las golosinas que había escondido en ellos sobre la encimera.
—¿Contenta?
—No del todo. —Levanté su jersey y encontré una barrita de chocolate atrapada bajo la goma del pantalón—. ¿Pensabas comerte esto en la ducha?
Se encogió de hombros, aunque no pudo frenar su sonrisa. Ni yo la mía.
River entró en la cocina descalzo y con la sudadera de Zion arremangada. Los pantalones le quedaban demasiado estrechos, pero no pensaba quejarme porque estaba segura de que le marcarían el trasero de una forma deliciosa.
—¿Vas a encargarte de la comida? —Farren corrió hacia él y lo miró con adoración—. ¿Puedes hacer algo muy dulce, chocolateado y sabroso?
—Puedo intentarlo. —Una de sus comisuras vibró y mi abdomen se llenó de burbujas una vez más.
—Hazlo, y no dejes que mamá intente ayudarte, ¿vale?
Mi corazón se saltó un latido cuando sus labios formaron una sonrisa ladeada.
—La mantendré alejada de la cocina.
Mi hija asintió conforme y corrió hacia el aseo.
—Está feo que os aliéis contra mí —comenté aferrada a la encimera.
Su mirada paseó por mi cuerpo con lentitud, examinando cada centímetro mientras mis dedos se volvían blancos del esfuerzo que hacían por mantenerme en pie. Mis rodillas habían abandonado toda voluntad de hacerlo y lo único que me impedía colapsar era el mueble que tenía detrás.
River se puso en movimiento sin ninguna prisa; tampoco apartó sus ojos azules de mí.
El cosquilleo, burbujeo o lo que fuera que se instalaba siempre en mi abdomen cuando se encontraba cerca se intensificó y recorrió cada parte de mi ser.
Cuando se detuvo frente a mí, mis dedos resbalaron sobre la superficie y él me sujetó con un brazo.
La sonrisa que decoró su rostro fue impresionante, lo que no ayudó a mi causa.
—Estoy cansada —mentí.
—No lo dudo. —Sus labios se extendieron un poco más y mi útero estuvo a punto de implosionar.
—Haz el favor de controlar tus encantos.
—¿Cuáles?
Se inclinó sobre mí y paseó su nariz por mi cuello.
Jesús.
—River —murmuré sin aliento.
—Dime.
Sus labios acariciaron mi piel, mis manos buscaron su pecho y una de mis piernas trató de escalar las suyas.
—Farren es la niña más rápida de la historia en la ducha y no voy a soportar otra interrupción de ese tipo. —Mi voz sonó entrecortada y sin aliento.
Depositó un beso sobre mi cuello, deslizó un dedo por mi mejilla y se separó dos pasos, aunque su expresión se había vuelto más hambrienta que antes.
Me volví con la esperanza de calmar mis nervios y también para apoyarme un poco más en la encimera, ya que todavía me temblaban las piernas.
Eso hizo que me perdiera su expresión cuando soltó una risa ronca.
—Yo me encargo de esto. —Me separó de la encimera con cuidado y me instó a marcharme al aseo. Di el primer paso cuando Farren entró en la cocina ataviada con su pijama. Me incliné sobre ella y susurré—: No asustes a River.
—Dudo que haya algo que lo haga.
Eso esperaba porque quería contarle la verdad lo antes posible.
Me duché a toda velocidad porque tenía demasiadas ganas de volver a su lado y de ver cómo interactuaba con mi hija, la suya.
Los encontré ya acomodados en el sofá, uno al lado del otro, mientras ella le contaba algo con entusiasmo y él la contemplaba con atención, como si le interesara lo que le decía.
Me detuve en seco al ver que en lugar de cinco o seis boles de golosinas y chocolate solo había tres tazas con una especie de bizcocho en su interior, todas ellas decoradas con una gominola. River alzó el rostro para mirarme cuando me senté a su lado.
—Hemos cambiado un poco el menú —murmuró casi con timidez.
—River ha hecho un bizcocho de chocolate a la taza. —Farren tomó una y me la tendió, luego hizo lo mismo con él, se colocó la suya sobre sus rodillas y puso en marcha la película—. Y ahora, silencio.
Me costó no soltar un gemido cuando me llevé la cuchara a la boca y saboreé el pastel o lo que fuera eso. Estaba delicioso y mi pequeña opinaba lo mismo dada su expresión. Vaciamos las tazas en un par de minutos y no di crédito cuando Farren mantuvo el silencio en lugar de pedir más chocolate.
Se me formó un nudo en la garganta cuando agarró uno de los brazos de River con ambas manos y apoyó la cabeza sobre él mientras el hombre más intimidante de la historia la miraba de reojo sin atreverse a mover ni un solo músculo.
Sus ojos buscaron los míos y yo sonreí, aunque me costó controlar mis emociones.
Un rato después, Farren se quedó dormida, algo que desde luego no habría ocurrido de haberse comido la cantidad ingente de golosinas que habíamos preparado en la cocina.
Dejé caer mi frente sobre el hombro de River y me mordí el labio cuando colocó la mano sobre mi pierna.
Yo también me aferré a su brazo, deseosa de sentir su calor de nuevo.
Movió uno de sus dedos sobre mi piel y no dejó de hacerlo hasta que la película terminó.
—La llevaré a la cama —susurré para no despertar a Farren.
Él asintió y permaneció inmóvil mientras trataba de cogerla, pero me detuvo.
La alzó sin esfuerzo, se puso en pie y me indicó con la mirada que lo llevara hasta su habitación.
Aparté las mantas; él la dejó sobre la cama y yo la tapé bajo su atenta mirada.
Luego le di un beso en la frente y me volví.
Sus ojos estaban clavados en los míos y desprendían un millar de sentimientos.
Lo tomé de la mano y volvimos al salón.
—Tenemos que hablar —murmuré nerviosa.
Él asintió, metió las manos en los bolsillos del pantalón y desvió la mirada, lo que me llenó de ansiedad. Sabía lo que pasaba por su mente en ese momento; lo había hecho muchas veces en el pasado. Acuné su rostro entre mis manos y contemplé sus ojos.
—Ignora esos pensamientos.
—No puedo, son los únicos que me mantienen en mi lugar. —Su susurro sonó ronco y frustrado—. Por mucho que intento mantenerme alejado de ti, no lo consigo.
—Debe ser por algo.
—Porque soy un maldito egoísta y soy incapaz de hacer lo correcto aun después de todo lo ocurrido.
—Lo correcto para ti no es lo correcto para mí —dije con suavidad.
Soltó una carcajada dura.
—Eres la persona más buena del mundo, eso hace que me veas con buenos ojos, que ignores lo malo.
—No deberías pensar así de ti. No tienes motivos para hacerlo. Eres leal, responsable, protector.
—Soy un puto delincuente, Kaia. Siempre lo he sido.
Se calló al instante tras haber levantado un poco la voz. Dio un paso atrás, se dio la vuelta y se pasó las manos por el rostro. Sus hombros estaban tensos; se sentía frustrado, atrapado, desesperado porque no lo considerara un peligro.
—No lo eres. —Me coloqué de nuevo frente a él y entrelacé nuestros dedos.
Su mirada se oscureció y su expresión se volvió dura, fría. Soltó una nueva carcajada, esa mucho más aterradora que la anterior.
—Crecí en distintos orfanatos, invisible para todo el mundo, hasta que me echaron de allí —masculló entre dientes.
Mi corazón se encogió al reconocer su dolor, el mismo que había sentido yo antes de encontrar a Zuri y los demás—.
Vagué por las calles durante días buscando comida en los contenedores, intentando robar lo que podía, defendiéndome de todo el que me retaba.
No sé cuánto tiempo permanecí sin dormir, temeroso de que se abalanzaran sobre mí en la oscuridad, hasta que alguien me tendió su mano.
»No era una buena persona; al contrario, era el líder de una organización criminal.
Se dedicaban al contrabando de droga a pequeña escala, a hurtos con violencia, a encargos que proporcionaran cualquier suma de dinero.
—River apretó los dientes con fuerza antes de mirarme a los ojos—.
Estuve con ellos durante nueve años en los que hice todo lo que me pidió; cualquier tarea.
Contuve el aliento al comprender lo que me estaba diciendo, aunque esa voz interna que siempre lo había defendido continuó en sus trece.
—Herí a otras personas, Kaia.
Mi pecho se contrajo y esa voz perdió fuerza.
—¿Personas inocentes? —susurré sin soltar sus dedos.
Parpadeó una sola vez, frunció todavía más su ceño y resopló.
—Esa no es la cuestión —gruñó—. Era su mejor soldado, el que enviaba para llevar a cabo los ajustes de cuentas.
Como el que tuvo lugar cuando lo encarcelaron. De pronto lo comprendí, aunque seguía sintiendo que me faltaba una pieza del rompecabezas, que algo no encajaba todavía.
—Eso forma parte del pasado y no define nuestro presente, ¿recuerdas?
Había repetido aquella frase en infinidad de ocasiones cuando estábamos juntos.
Él negó con la cabeza, soltó un suspiro y dejó caer la frente sobre mi hombro, así que lo abracé con fuerza y deposité un beso sobre su pelo.
—No sé qué hacer contigo —murmuró contra mi piel.
—Te conozco mejor de lo que crees; quizá puede que te conozca incluso más que a ti mismo. Eres bueno, River; por mucho que intentes convencerte de lo contrario, eres una buena persona que merece ser amada.
Volvió a negar con la cabeza, pero no se alejó de mí. Me permitió que lo arrastrara hacia mi dormitorio, que lo tumbara sobre mi cama y que me acurrucara junto a su cuerpo. Me rodeó con sus brazos y compartimos un beso dulce y suave.
—No debería estar aquí —musitó somnoliento.
—Eso lo decidiré yo.
Apreté mi rostro contra su pecho, dejé que todas esas sensaciones cálidas me invadieran y cerré los ojos, envuelta en una calma que hacía años que no sentía.