20 Kaia
KAIA
Desbloqueé las puertas del coche y esperé a que Farren y River subieran, pero solo lo hizo la primera; él se quedó inmóvil junto a la puerta del copiloto.
—Prefiero volver caminando.
—Hace mucho frío y es noche cerrada. —Me crucé de brazos sin abrir mi puerta.
Vi como mi hija alargaba el brazo entre los asientos delanteros para encender el motor y luego la calefacción. También bajó un milímetro la ventanilla del copiloto.
—¿Qué hacéis? Os vais a congelar.
El rostro de River se suavizó ante su comentario, aunque no se movió. Rodeé el vehículo, me apoyé en la carrocería frente a él y no disimulé la vulnerabilidad que sentía.
—No ha sido tan malo, ¿no? —murmuré para que Farren no me oyera, aunque ya había subido la ventanilla porque era tan friolera como yo.
River negó con la cabeza.
—Podría haber sido mucho peor. Debería haberlo sido. —Eso último lo dijo para sí mismo.
—Vamos, deja que te acerquemos a casa. No tiene ningún sentido que recorras un camino a oscuras con esta temperatura.
—Coloqué una mano sobre su brazo y la deslicé hasta llegar a sus dedos.
¿Cómo era posible que los tuviera calientes?
Tiré de él, pero siguió sin moverse y yo puse los ojos en blanco—. No seas terco.
—Tú lo eres más.
Me encogí de hombros y sonreí. Él suspiró, dejó que lo arrastrara hacia el coche y entró.
—Odio el invierno —mascullé cuando cerré mi puerta con un golpe seco.
Coloqué las manos frente a la rejilla de la calefacción mientras mis dientes castañeteaban y Farren se envolvía en la manta que siempre llevaba detrás. Se colocó el cinturón por encima tras hacerse un burrito ella misma.
Al lanzar un vistazo de reojo hacia River, vi que trataba de contener una sonrisa ante el panorama.
—¿Te lo has pasado bien, River? —inquirió mi hija cuando arranqué.
—Supongo.
Me mordí el labio para no sonreír. Era tan adorable ver cómo trataba de contentarla a su manera.
Como siempre que tenía uno de esos pensamientos, llegó la culpa ante mi silencio y sentí una amargura extrema.
Ambos tenían derecho a conocer la verdad; deberían compartir su tiempo sabiendo la relación que los unía.
Jamás había querido ocultárselo, pero no accedió a mis visitas y quise ahorrarle el sufrimiento a Farren en vista de que no quería saber nada de nosotras, de mí en realidad.
Sin embargo, todo había cambiado al presentarse en mi oficina tras cumplir su condena. Habían pasado varias semanas desde entonces y no parecía que fuera a marcharse. Estaba construyendo su vida en Sweet Meadows y Farren le había cogido cariño en pocas horas.
Sentí unos dedos fuertes y cálidos en mi pierna por segunda vez esa noche. Me topé con la mirada preocupada de River, aunque no dijo nada. Supuso que no sería sincera con Farren en el coche. Si él supiera lo que teñía mis pensamientos en ese momento…
Dejamos el centro del pueblo atrás y nos internamos en el camino de tierra.
Los faros del coche generaban la única luz que nos rodeaba y conducía más despacio de lo habitual, no solo por ese motivo, sino porque odiaba tener ese sentimiento amargo clavado en el corazón.
Quería decírselo a ambos, pero no sabía cómo.
Temía la reacción de River, a pesar de que en el fondo algo me decía que sería un padre ejemplar.
¿Cómo podía estar tan segura de eso después de su condena? ¿De que tratara de convencerme de lo contrario?
Ni siquiera yo podía responder a esas preguntas.
Fruncí el ceño cuando vi otra luz en el horizonte, una mucho más anaranjada que las del vehículo, y vi que River se tensaba a mi lado. Farren se inclinó entre ambos asientos para ver mejor.
—¿Qué es eso? —preguntó desconcertada.
Mis pulsaciones se dispararon cuando nos acercamos lo suficiente como para adivinar las llamas. Ahogué un jadeo al detener el coche tras dos camiones de bomberos y un par de vehículos más. River bajó sin decir nada y nosotras lo seguimos.
Loretta se dio la vuelta al oírnos.
—Lo siento, chicos, no podéis estar aquí.
—¿Qué ha pasado? —Contemplé el espectáculo con el corazón encogido.
Los bomberos luchaban contra el incendio con sus mangueras y trataban de que no se propagara por el bosque.
—Todavía es pronto para saberlo, pero nos han pedido que volvamos a nuestras casas. Es peligroso que inhalemos este humo —respondió la alcaldesa.
Vi como lanzaba una mirada apenada a River, que mantenía su vista fija en el que había sido su hogar. El mismo en el que había dedicado todo su tiempo libre para adecentarlo. No debería sorprenderme que Loretta supiera que vivía allí sin permiso, ya que la mujer lo sabía todo de todos.
Tomé a Farren de la mano y me acerqué a River. Ni siquiera me miró, absorto en el crepitar de la madera y las órdenes que los bomberos se lanzaban los unos a los otros.
Coloqué mi mano libre sobre su pecho y logré que sus ojos buscaran los míos.
—Tenemos que irnos —susurré sin soltarlo.
Él asintió, aunque parecía tan perdido que tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no abrazarlo delante de todo el mundo. En su lugar, lo insté a volver al coche con un nudo en el abdomen.
No sabía cuántas pertenencias poseía, pero era consciente de que acababa de quedarse sin nada. Sin su ropa, sin su comida, sin un hogar en el que refugiarse en invierno.
Me mordí el labio inferior para contener unas lágrimas que llevaban años sin salir y conduje en un silencio denso que ni siquiera Farren se atrevió a cortar.
Accioné la puerta de la valla con el mando a distancia, esperé unos segundos con la mirada fija en la casa que nos había acogido a todos a nuestra llegada al pueblo y crucé el jardín hasta aparcar en el garaje.
Fue entonces cuando River se dio cuenta de dónde nos encontrábamos. La desolación y el agotamiento se hicieron visibles en su rostro, aunque intentó disimularlo.
—Tenemos una habitación de invitados —murmuré en el silencio del coche.
Él negó con la cabeza.
—Iré al hostal.
—Es tarde y hace frío —añadió Farren. Su voz era más suave de lo habitual y podía ver que se sentía mal por él.
—Antes la utilizaba Zion cuando venía en Navidad, pero desde que volvió al pueblo nadie ha vuelto a necesitarla —insistí.
—Tiene tu nombre. —Mi hija asomó la cabeza entre ambos asientos y le tocó la mejilla—. Vamos, que tenemos que ver una película antes de irnos a dormir.
Hice una mueca al recordar que yo no dormiría porque tenía un sinfín de facturas que revisar, aunque Zion se hubiera prestado a ayudarme.
—No puedo quedarme aquí. —River bajó del coche decidido y esperó a que nosotras también lo hiciéramos—. Gracias, pero será mejor que me aloje en el hostal.
—¿Mejor para quién? —Farren le cortó el paso antes de que pudiera hacerlo yo.
—Para todos.
—Ve encendiendo la calefacción —le pedí a mi hija. Ella me retó un instante con la mirada, pero vio algo en mi rostro que la instó a obedecerme.
—Os espero dentro. A los dos —puntualizó antes de desaparecer.
Di un paso más hacia River y él se tensó, así que di otro más. Llevé ambas manos a sus mejillas, ignoré el calor que llenó mi pecho ante su mirada clara y me pegué a su cuerpo porque necesitaba sentirlo. Sus brazos me rodearon tras un instante de vacilación y su sien bajó hasta apoyarse en la mía.
—No es buena idea —murmuró.
—Yo creo que es la mejor idea —respondí en el mismo tono.
Llevé mis dedos hacia su nuca y masajeé su cuero cabelludo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, me apretó contra él y enterró la nariz en mi cuello. Mi interior se incendió y varias zonas se llenaron de esas burbujas que no me dejaban tranquila en su presencia.
—No quiero volver a joderlo todo.
Mi abdomen se contrajo y millones de mariposas revolotearon por mi pecho. Deposité un beso junto a su oreja, paseé mis labios por su piel y memoricé de nuevo su olor.
—Confía en mí —le pedí sin aliento.
River se irguió y me miró de una forma que me rompió el corazón. Parecía tan vulnerable y cansado en ese momento, como si no tuviera fuerzas para seguir luchando contra el mundo.
Me puse de puntillas, acaricié una de sus mejillas y tiré de él con suavidad para que me permitiera llegar hasta su rostro. Dudó, aunque fue solo un instante; luego se inclinó y sus labios rozaron los míos.