19 River
RIVER
Kaia no apareció por la obra hasta la hora de comer y lo hizo distraída y preocupada.
Dado que tuve que sentarme con los demás, no pude hablar con ella.
Marco lo intentó, pero ella aseguró que todo estaba bien y disimuló a la perfección.
Me lanzó alguna mirada mientras se comía el estofado que le había preparado y me dio la impresión de que deseaba acercarse; sin embargo, mantuvo las distancias.
Mi maldito comportamiento en el coche debía ser el motivo, aunque me había parecido bastante dispuesta en ese momento.
Había estado a un maldito segundo de besarla, de joderlo todo una vez más.
A pesar de haberme prometido no cruzar esa línea, cada día me resultaba más difícil y ella debía saber tan bien como yo que no era una buena idea.
Ni siquiera sabía cómo era posible que todavía me dejara formar parte de su equipo, que no temiera quedarse a solas conmigo, que sus ojos no emitieran terror al verme. Le había asegurado que había cometido el crimen, ¿por qué seguía sin temerme?
Porque Kaia Brooks era un jodido ángel, la persona más cálida y buena que existía en el mundo, la más leal y atenta.
Por eso no me dejaba tirado, porque sabía que nadie más me daría una oportunidad.
Si hasta había conseguido que su equipo me tratara con educación, incluso Alan.
Larson era otra historia, pero al menos había pasado de increparme a ignorarme, lo cual era un gran avance.
Me centré en mis tareas hasta que finalizó la jornada, y como cada tarde, me entretuve con la limpieza de las herramientas mientras los demás se marchaban. No era un secreto que viajaba con Kaia, pero prefería pasar lo más desapercibido posible y ella parecía estar conforme.
—¿Nos vamos? —me preguntó cuando nos quedamos a solas.
La estudié un instante y controlé las ganas de rozar su mejilla con mi mano ante la preocupación que mostraba su rostro. En su lugar, solo asentí y la seguí hasta la furgoneta. Intenté mantenerme en silencio, pero solo lo conseguí durante dos minutos exactos.
—¿Qué ocurre?
—¿Qué? —Me lanzó una mirada desconcertada. Se encontraba demasiado distraída en sus propios pensamientos como para haberme escuchado.
—¿Qué ha pasado en la oficina? Has estado allí más tiempo del habitual.
—Estamos con las tasas trimestrales y había varias facturas que no cuadraban —suspiró—.
Suelo revisarlas antes de enviar todos los datos al gestor, pero parece que esta vez he hecho un trabajo de mierda porque ayer me devolvió una tabla infinita para volver a revisar.
Y no entiendo ninguna de esas facturas. Y de paso, algunos contratos.
No tenía ni idea de esos temas.
—¿Necesitas ayuda? —inquirí de todas formas. Odiaba verla decaída.
—Lo he revisado todo con Val y he apartado las que no hemos logrado entender para seguir indagando en casa.
Esta noche me espera una velada larga de trabajo.
—Apretó el volante con fuerza—. No lo entiendo, siempre trabajamos con los mismos proveedores y usamos los mismos materiales.
Nos hacen un precio especial; son empresas de confianza con las que llevamos trabajando desde el inicio.
De vez en cuando tenemos que realizar pedidos a otras personas cuando tenemos imprevistos, pero eso no ocurre de forma frecuente.
En cambio, este último trimestre ha sido una locura y hay un descontrol absoluto de documentos.
—¿Qué te ha dicho el gestor?
—No mucho, que necesito enviarle toda la información mañana por la tarde. —Se pasó la mano por la cara—. Te prometo que esta es la parte que menos me gusta de nuestro trabajo.
—Pensaba que era trabajar a la intemperie en invierno —bromeé.
—Creo que esto lo supera. —Sentí un pinchazo en el abdomen cuando sonrió un poco.
—Hablaremos de ello cuando nieve.
Soltó una risita y se detuvo en el mismo semáforo en el que había estado a punto de besarla hacía solo ocho horas. Algo se accionó en mi interior y sentí la necesidad de bajarme del coche.
—Puedes dejarme aquí; necesito hacer unas compras.
Ella enarcó una ceja, pero no discutió. Tomé la bolsa con los recipientes vacíos de la comida y me largué como un cobarde. Ni siquiera la miré cuando pasó por mi lado. Caminé hasta el parque más cercano, me senté en un banco y dejé que el frío eliminara el calor que Kaia provocaba en mi interior.
No sé cuánto rato estuve allí inmóvil, rodeado de mis pensamientos, pero debía haber pasado un par de horas porque había anochecido y sentía el cuerpo agarrotado.
En lugar de dirigirme hacia el camino que me llevaría a la cabaña, mis ojos se fijaron en el cartel del bar al que todavía no había tenido oportunidad de ir.
No tenía ni idea de quién era el dueño ni de qué tipo de establecimiento era, si servirían cena o solo bebida, pero estaba helado y pensar en un café caliente hizo que mis pies se pusieran en marcha.
La calefacción me azotó con fuerza al cruzar la puerta y lo primero que vi fue la barra desierta, a pesar de que el local estaba lleno de gente que conversaba en cada mesa; mesas formadas por barriles y taburetes.
Me acerqué a la barra sin fijarme en los vecinos, ya que me regía por el pensamiento de que, si yo no miraba a nadie, ellos tampoco lo harían, y escogí un taburete para sentarme, aunque no llegué a hacerlo porque algo impactó contra mi cuerpo.
Al bajar la mirada, me encontré con el rostro sonriente de Farren. Sus brazos rodeaban mi cintura como habían hecho ese día e intentaba estrujarme con fuerza mientras me miraba.
—River —dijo a modo de saludo.
—Farren —respondí de forma automática.
Mierda, si la niña estaba allí, significaba que Kaia también. Alcé la vista para buscarla, pero la pequeña me sorprendió con sus palabras.
—¿Qué quieres que te sirva?
—¿Trabajas aquí? —No logré controlar ni mi voz sorprendida ni mi ceño arrugado.
—Trabajo en muchos sitios.
—¿Es eso legal?
Se encogió de hombros y entonces una sombra se cernió sobre ella. Mi mirada se topó con una mujer rubia que recordaba muy bien.
—Supongo que bienvenido a mi bar —soltó Nyla sin una pizca de entusiasmo en su rostro.
Joder. Tenía que entrar en su maldito establecimiento. Eché una mirada hacia la puerta mientras calculaba cuántos pasos tendría que dar para desaparecer, pero los brazos de Farren me apretaron un poco más.
—Dime qué quieres, te lo prepararé y lo llevaré a la mesa. —Separó una mano para señalar hacia atrás.
Ahí estaba Kaia. Su expresión mostraba sorpresa, nerviosismo y algo más que no quise adivinar.
Sujetaba un lápiz en una mano y tenía la otra apoyada sobre varios documentos sobre la mesa.
Junto a ella se encontraba Zion, quien me contemplaba como si quisiera borrarme del mapa.
Al otro lado estaba sentado Reid, cuyo rostro no denotaba tanto odio como el de su amigo; y luego estaban todos los demás, aunque se habían multiplicado con el tiempo.
—He cambiado de opinión —murmuré a la espera de que me soltara, pero no lo hizo.
—Siéntate con nosotros. Tío Crew ha ido a por la cena; solo tenemos que llamarlo para que traiga un plato más.
—No es una buena idea —dijimos Nyla y yo a la vez.
Farren arrugó el ceño y se volvió hacia ella sin soltarme.
—River es el mejor amigo de mamá, así que debería cenar con nosotros.
Nyla miró al cielo como si quisiera pedir ayuda y yo di un paso atrás, pero Farren siguió pegada a mi abdomen. Kaia apareció frente a nosotros.
—Ma, convence a River para que se quede a cenar con nosotros —le pidió la niña.
Los ojos verdes con los que solía soñar cada noche me estudiaron durante varios segundos.
—Ha dicho que ha cambiado de opinión —comentó Nyla. Su voz sonó más suave al dirigirse a la pequeña.
Kaia sacó su teléfono del bolsillo, deslizó el dedo por la pantalla y se lo llevó a la oreja.
—¿Puedes traer un menú más, por favor?
Mi pecho se encogió, tanto por sus palabras como por la determinación que vi en su rostro. También ante el gesto de victoria que hizo Farren. Nyla tensó su mandíbula, pero no dijo nada. Tampoco apartó su mirada gélida de mí.
—No puedo quedarme —aclaré cuando colgó la llamada.
—Cenaremos en diez minutos y te llevaré a casa. Necesito continuar con las facturas. Vamos.
Me tomó de la mano como si repitiéramos ese gesto cada día.
Farren me soltó al fin para adueñarse de la otra y me dejé arrastrar hacia la mesa en la que todos me contemplaban con distintas expresiones.
Zuri se levantó de inmediato para colocar una silla más junto a la de Kaia y Farren hizo mover a Reid y a un hombre que no conocía para sentarse a mi otro lado.
El silencio lo llenó todo durante varios segundos agónicos.
¿Qué narices hacía sentado allí?
Kaia me presentó a las parejas de sus amigos; Nyla me preguntó qué quería beber y Farren me recordó que le debía su tabla de ejercicios. Luego Kaia se volvió hacia Zion.
—¿Podrás ayudarme con esto entonces? —Deslizó los papeles hacia él, que asintió.
—Echaré un vistazo a las empresas y confirmaré que sean reales.
—¿Por qué no iban a serlo? —preguntó ella confundida—. He encontrado sus datos en internet. Son empresas de materiales, la mayoría de ellas situadas en Bartlett.
Ese comentario encendió mis alarmas, aunque no dije nada.
—Deja que las investigue. —Él recopiló los papeles y los dejó a un lado—. ¿Cuándo los necesitas?
—Tengo la cita con mi gestor mañana.
Estábamos sentados tan cerca que noté cómo su pierna se movía con nerviosismo, algo que solo hacía cuando se sentía sobrepasada.
Mi mano llegó hasta ella sin que pudiera hacer nada por evitarlo y sus hombros se relajaron al instante, lo que me generó una oleada de sensaciones demasiado intensas.
Fui a retirar mi mano, pero la suya aterrizó encima antes de que pudiera hacerlo y la mantuvo allí atrapada.
—¿Cuándo realizaremos el primer entrenamiento? —Farren tiró de mi otro brazo y se inclinó hasta apoyar su rodilla en mi muslo.
—Pensaba que solo tenía que darte una tabla de ejercicios —murmuré a la par que ignoraba al resto, que estaban atentos a nuestra conversación.
—Necesito que me enseñes bien cómo hacerlos.
Nyla dejó el café frente a mí y se cruzó de brazos.
—Soy tu entrenadora oficial —soltó con la vista fija en la niña.
—Tú me enseñas artes marciales. Yo quiero ganar músculo.
—También hacemos ese tipo de ejercicios. —La amiga de Kaia se dejó caer en su silla con el ceño fruncido.
—Son otros —aclaró Farren.
—No lo son.
—Tienen que serlo, mira.
No llegué a tiempo de evitar que mostrara mis abdominales a los demás. Me bajé la sudadera de un tirón, aunque mi brazo la rodeó para evitar que perdiera el equilibrio. Ella aprovechó para acomodarse sobre mi regazo y sonreír.
—Está tan fuerte o más que tío Crew —sentenció como si nada.
Intenté disimular la incomodidad que sentía sin mirar a ninguno de ellos. Mantuve la vista fija en el cogote de Farren mientras discutía con Nyla sobre el tipo de ejercicios que hacía.
—Lo siento —murmuró Kaia en mi dirección. Su rostro había enrojecido y el malestar estaba patente en sus ojos—. No suele comportarse tan mal. Ni tener esas confianzas.
—Confianza sí que se toma —comentó Reid frente a mí. No parecía tan frío como aquel día.
—No he hecho nada malo —alegó Farren. Se volvió para mirarme—. ¿Te he avergonzado?
No pude decirle que lo había hecho y su madre me salvó de responder.
—A nadie le gusta que vayan mostrando su cuerpo a desconocidos.
—No son desconocidos, es nuestra familia. Y solo quería demostrar que sus músculos son muy grandes, pero no lo volveré a hacer. —La pequeña colocó su mano diminuta en mi mejilla y sonrió con ternura. Algo oprimió mi pecho con fuerza—. ¿Me perdonas?
Asentí con la cabeza. Crew llegó en ese momento acompañado de su pareja y de otra mujer que, por lo que descubrí, era la prometida de Reid y no sé muy bien cómo, pero terminé compartiendo una velada bastante agradable con Kaia y su familia.