Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 18 Kaia
47%

18 Kaia

KAIA

Detuve el coche frente a la cabaña y fruncí el ceño al no ver a River en el jardín.

Cada mañana solía esperarme junto al camino a pesar del frío, aunque ese día las temperaturas habían descendido bastante y el cielo había amanecido blanco.

Tenía pinta de que pronto llegaría la primera nevada del año, casi con toda seguridad esa misma semana; a la siguiente, a más tardar.

Esperé un total de tres segundos antes de abrir la puerta del vehículo, pero no me dio tiempo a bajar; River salió de la cabaña con la bolsa de siempre en una mano y un recipiente en la otra y trotó hacia mí.

El vaho lo acompañó los pocos metros que había de distancia; abrió la puerta del coche y saltó al interior para cerrarla lo más rápido que pudo.

—¿No tienes frío? —murmuré con un escalofrío a pesar de que tenía la calefacción al máximo. Entonces pensé en la chimenea, busqué la línea de humo que debería salir de la cabaña y no la vi—. ¿Por qué no has encendido la chimenea?

—Estoy bien. No todo el mundo es tan sensible al frío. Toma.

Me tendió el recipiente y mi abdomen se contrajo al ver el desayuno que solía hacerme cuando nos despertábamos juntos.

Luché contra las emociones que me invadieron y abrí la tapa para disimular.

El olor hizo gruñir mi estómago, lo que ayudó a mitigar el calor que se había adueñado de mi pecho.

Cogí un trozo de tofu ahumado y me lo llevé a la boca.

—Dios —gemí sin ninguna vergüenza—. ¿Cómo narices consigues que quede así de crujiente? Y con este sabor…

—Son las especias. —Una de sus comisuras se había alzado un milímetro. Su mirada era tan azul y tan intensa que mi abdomen dio otro vuelco, esa vez exagerado.

—Genial, ahora llegaremos tarde y necesito ir a la oficina tras abrir la obra —me quejé.

—Pasa al asiento del copiloto y cómete eso mientras yo conduzco.

No esperó a que respondiera, bajó cerrando la puerta tras él porque sabía que reptaría por dentro del coche para llegar al asiento antes que salir a la intemperie. Lo hice con cierta dificultad porque todavía estaba dormida y el frío agarrotaba mis músculos.

River se acomodó tras el volante, lo adaptó todo a su tamaño enorme y arrancó.

Me llevé otro trozo a la boca mientras lo estudiaba con descaro.

Vestía el uniforme del trabajo, que consistía en unos pantalones oscuros y anchos con mil bolsillos; la chaqueta térmica e impermeable del mismo color y la sudadera con el logo de la empresa asomaba por el cuello abierto.

Y por su piel subían los tatuajes que tenía allí, algunos nuevos y otros ya conocidos.

Tenía la mano izquierda apoyada sobre el volante, la otra, sobre su muslo derecho, y la vista fija en la carretera. A pesar de que llevaba toda esa ropa, algunos de sus músculos se adivinaban bajo ella, como los de los brazos y la espalda.

Me fijé en la barba que adornaba su rostro, idéntica a la que solía llevar tantos años atrás.

No sabía cada cuánto la recortaba, quizá cada siete u ocho días.

Era bastante frondosa, suave y bien cuidada.

Mantenía su pelo más corto por los laterales que por la parte superior, y siempre lo llevaba del mismo tamaño.

Sabía que se lo cortaba él; al menos así había sido antes y dudaba que ahora fuera diferente.

Y luego estaban los pendientes de sus orejas. No los tenía el día que hicimos la entrevista; supongo que no debían permitir que llevaran ese tipo de joyas dentro de la cárcel, así que tuvo que ponérselos a su vuelta, ya que apareció con ellos varios días después.

—Se te va a enfriar.

Parpadeé antes de recordar que tenía el mejor desayuno del mundo en mis manos y que me había distraído tanto con su apariencia que hasta había olvidado comérmelo. Agarré varios trozos y se me escapó otro gemido al masticarlos.

—Deberías dejar de hacer ese sonido —masculló entre dientes.

—¿Te molesta? —pregunté con la boca llena.

—No exactamente.

Se me escapó una sonrisa sin pretenderlo y él frunció el ceño, aunque no me miró. El siguiente bocado fue silencioso; sin embargo, no pude disimular la expresión de placer. Sus dedos se volvieron blancos alrededor del volante, la mano que tenía sobre el muslo formó un puño y su mandíbula se tensó.

—No he dicho nada.

—No ha hecho falta.

Las mariposas, burbujas, mapaches o lo que fuera que River Rake siempre había despertado en mí corretearon por todas partes.

—¿Quieres? —Acerqué un trozo a sus labios y me sorprendió que lo aceptara—. ¿No has desayunado?

—No me ha dado tiempo.

Este hombre.

Llevé otro trozo a su boca, pero negó con la cabeza.

—Es para ti.

—Abre la boca —ordené.

River me miró de reojo, pero obedeció. Sin embargo, un bache provocó que parte del tofu tocara su mejilla antes de entrar en su boca.

Me limpié la mano en la servilleta de tela que encontré en la bolsa de la comida y me incliné sobre él para pasar un dedo por su piel.

Él se volvió y nuestras miradas se encontraron.

Mi mano se congeló en su rostro, los animales invisibles de mi abdomen se pusieron a correr como locos y mi corazón los acompañó.

Sus ojos estaban fijos en los míos y podía sentir sus pulsaciones en el cuello, donde tenía apoyada parte de la mano.

Moví el dedo con lentitud sobre la zona manchada mientras todo se apagaba a nuestro alrededor.

Acaricié su barba cuando no quedó rastro de comida en su mejilla y mis entrañas me gritaron lo que necesitaba en ese momento, lo que siempre había querido con él.

Su expresión se volvió más fiera, como si pudiera entender mi petición silenciosa, esa que le había prometido al firmar el contrato que no ocurriría. Sin embargo, su cuerpo se inclinó sobre el mío, yo aguanté el aliento y un claxon a nuestra espalda rompió el hechizo.

Su rostro reflejó el pánico que sintió al percatarse de lo que había estado a punto de hacer y aceleró de inmediato, dejando el semáforo del pueblo atrás.

El único puñetero semáforo que había en todo Sweet Meadows.

Eché un vistazo atrás y lancé mi mirada más asesina al conductor que teníamos detrás, que no era otra que Val.

La madre que la parió.

Ella se desvió hacia la oficina y nosotros salimos del pueblo. Los diez minutos restantes transcurrieron en silencio mientras yo terminaba el desayuno sin ofrecerle ni un trozo más.

Marco nos saludó al llegar y disimuló la sorpresa que le causó ver a River al volante. Abrí la casa de la señora Bells, me despedí de ellos y me marché a abrir la segunda obra. Tras saludar a los compañeros que se encargaban de ella, volví a Sweet Meadows y entré en la oficina con cara de culo.

—Buenos días, K —canturreó la traidora. Se echó a reír ante mi expresión, me tendió un café humeante y me siguió casi al trote hasta mi despacho—. Te he traído galletas.

—¿Dónde están?

—Aquí tienes una. —Me la ofreció con su mejor sonrisa—. El resto te las daré conforme avances con tus tareas.

—Te odio.

—Me adoras.

—Hoy no —mascullé entre dientes. Encendí el ordenador, tomé el documento que mi gestor había enviado el día anterior y que Val había imprimido para mí porque necesitaba tachar las filas para poder avanzar.

—Hacía rato que el semáforo se había puesto en verde y Loretta estaba a punto de bajar de su coche para ir a ver qué ocurría.

La miré con una ceja enarcada y ella aguantó la compostura. Negué con la cabeza antes de centrar mi atención en el documento.

¿Cómo era posible que tuviera que revisar todas esas facturas todavía?

—¿Hay algo que quieras contarme? —Se sentó en la única silla vacía y yo la ignoré—. Lo digo por ese casi beso.

—No ha habido ningún beso.

—Y yo no he sido la culpable. Lo único que he hecho ha sido crear más tensión sexual para la siguiente vez que os quedéis a solas.

—Eres una bruja —suspiré con un indicio de sonrisa.

—No lo negaré. —Echó un vistazo a la tabla e intentó disimular una mueca—. Hoy sí que vas a necesitar mi ayuda con esto.

—Lo sé.